28.4.26

Diario L

 


Según la terapeuta, uno debe reconciliarse con todas sus versiones del pasado. Perdonarlas. De todos los debes que me he impuesto, quizá ese sea el que más esfuerzo me exige. Porque ¿cómo perdonar a quien, en realidad, le faltó pedir perdón? O, peor aún, a quien ni siquiera entendió del todo en qué consistía hacerlo.

En realidad, en esa tríada de años —de 2010 a 2012—, el perdón no fue lo único que no supe desentrañar. El dolor educa, que diría Ursula K. Le Guin, pero también opaca; insufla al alma una cierta vanidad, un egoísmo difícil de identificar. Todo acaba orbitando en torno a un deseo que no encuentra acomodo, y la responsabilidad emocional se diluye, se vuelve una entelequia. Por eso cuesta reconocerse en ese tiempo que uno prefirió dejar fuera; ese que ni siquiera consideras digno de formar parte de un proceso de aprendizaje, de una educación que conduzca a un mayor entendimiento de ti mismo, a una forma de estar en el mundo más amable, más atenuada.

Mi lista de agravios, soledades y desencuentros era entonces extensa; muescas en una búsqueda vana, sin un andamiaje que sostuviera de forma digna los lazos afectivos. Energía desperdiciada. El esfuerzo inútil que conduce a la melancolía. Congraciarse es, entonces, aceptar que no había otra forma posible. Que, en última instancia, era el resultado de una carencia y que, por lo general, rara vez se es víctima sin haber pasado alguna vez por verdugo. ¿Y la poesía? Tal vez el único sedimento apreciable. La escritura, al fin.

Quizá por eso definí aquella antología de Idea Vilariño, editada por Lumen, como el contenedor de todo lo que es cierto. Ahí estaba la verdad, diseminada entre sus versos. Salpicaba, a veces, los de Alejandra Pizarnik o Ángel González. Inconscientemente, al encontrar en sus páginas un reflejo fiel de esas certezas, me despojaba a mí mismo de ellas. No hay impostura más gravosa que la inconsciente. Y a ella me plegaba, sin duda.

Entiendo, pues, el abandono, la herida. No albergo resentimientos o rencores, excepto hacia lo propio. Y es imposible no ser agradecido por lo que se quedó conmigo. Todo lo lejano mengua su importancia, que ni siquiera entonces fue tal. Puede que ni siquiera la poesía y su verdad.


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