Santiago Lorenzo, 2018
Editorial: Blackie books
Los años felices en la EASD València también lo fueron gracias a Eli. Aunque de éxito discreto, el Club de Lectura que ambos organizamos y coordinamos durante cuatro cursos fue una experiencia hermosa, capaz de reunir —aunque fuese con discreto éxito— a parte de la comunidad educativa en torno a una de las grandes pasiones que compartíamos. Nunca éramos mucha gente, pero lo pasamos bien.
El primero de los libros que leímos aquel año inaugural fue Los asquerosos, de Santiago Lorenzo. No sabía muy bien qué esperar. Hasta entonces, me había mantenido bastante indiferente ante el bombardeo publicitario que acompañaba la novela, convertida —al parecer— en uno de esos éxitos que circulan con facilidad. Dicho de otro modo: tenía mis prejuicios.
Pero lo que encuentro me gusta, y me gusta mucho.
Hay en la novela una suerte de denuncia social bastante evidente, que se desliza a través de un peculiar thriller rural. Sin embargo, lo que primero sorprende no es tanto el argumento como la lengua: ese vocabulario que Lorenzo maneja con una libertad casi insolente, a veces vetusto, otras rebuscado, en ocasiones directamente inventado. Mientras leía, me sorprendí más de una vez con el diccionario de la RAE a mano.
Y, sin embargo, lejos de ser un obstáculo, ese exceso verbal se convierte en uno de los grandes aciertos del libro. Hay en él algo entre la pulsión cervantina y una incontinencia verbal muy consciente, muy medida, que no solo sostiene el texto, sino que lo eleva. Me divierte, me descoloca, me obliga a afinar el oído. Y, en más de una ocasión, me descubro apropiándome de ese léxico como quien encuentra una herramienta nueva —o una palabra que ya estaba ahí, esperando ser usada—. Por ejemplo, mochufas, que conozco a pares.
Al final, más allá de la peripecia o de su lectura social, lo que permanece es precisamente eso: una voz. Una forma de mirar y de nombrar el mundo que convierte lo cotidiano en algo ligeramente extraño, y que, por momentos, roza una comicidad tan incómoda como certera.
Y quizá ahí esté su mayor logro.
Hubo otros títulos que se me pasaron por la cabeza en aquel arranque del Club de lectura. La buena letra, de Rafael Chirbes, fue una de mis apuestas. La lectura era reciente, y también muy viva la impresión que me había dejado.
Quizá por eso lo recuerdo como uno de esos textos que, por su brevedad y densidad, habrían encajado especialmente bien en ese contexto.
En este breve relato de Rafael Chirbes, bajo la pátina de sobriedad y crudeza que caracteriza al autor, subyace una delicadeza y una sensibilidad que hieren tanto como las penurias —económicas, pero también emocionales— que Ana describe a su hijo en esos fragmentos de tono casi epistolar.
El escritor trabaja aquí en una escala mínima, casi doméstica, pero lo que construye es de una densidad moral notable. No hay grandes acontecimientos, no hay gestos heroicos: hay desgaste, renuncia, silencios que se acumulan. Y, sin embargo, es precisamente desde esa contención desde donde emerge la violencia verdadera del texto. La de lo que no se dice, la de lo que se asume como inevitable.
El relato funciona como una suerte de excavación íntima en la memoria de una España derruida —no tan lejana como querríamos pensar—, donde las condiciones materiales y afectivas se entrelazan hasta volverse indistinguibles. Chirbes no juzga, no eleva el tono; se limita a mostrar, y en esa distancia radica gran parte de su potencia.
Hay algo profundamente conmovedor en ese gesto de narrar lo invisible, de fijar en palabras una vida que, de otro modo, quedaría absorbida por el olvido. Quizá por eso este texto se siente también como un homenaje: a quienes sostuvieron sin relato, sin épica, sin reconocimiento.
“También pensaba que, en cuanto las cosas quedaban atrás, dejaban de ser verdad o mentira y se convertían sólo en confusos restos a merced de la memoria. No había nada que salvar. El tiempo lo deshacía todo, lo convertía en polvo, y luego soplaba el viento y se llevaba ese polvo.”
Y, sin embargo, escribirlo es ya una forma de resistencia frente a ese polvo.


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