La mala costumbre
Alana S. Portero, 2023
Editorial: Seix Barral
Sabía de Alana S. Portero porque, en un momento dado, nuestros poemarios compartieron editorial. Aunque fuese una circunstancia anecdótica, fue lo que propició que nos siguiéramos en aquella red social antes conocida como Twitter, que hace tiempo abandoné. Creo que entonces eran 140 los caracteres disponibles, y pocas personas he leído capaces de explotarlos con tanta brillantez. Quiero decir que cuatro líneas bastaban para intuir a la magnífica escritora que es Alana: su poderosa inventiva, su amplitud cultural, su precisión léxica.
Así las cosas, su éxito no resulta extraño. Yo, prejuicioso por naturaleza —y por elección— ante cualquier fenómeno de hype editorial, sentía, sin embargo, un deseo constante de sumergirme en esa obra de la que todo el mundo hablaba. La excusa llegó sola: fue el primer libro del curso 24/25 propuesto por el Club de Lectura. Y, además, esta vez se organizaba en colaboración con la Unitat de Igualtat, haciendo coincidir la puesta en común con el día de la despatologización trans. Fue una jornada hermosa.
En cuanto al libro, se lee casi de un tirón. Alana tiene esa rara virtud de desplegar una prosa de gran calidad, rica en recursos, lirismo y clarividencia, sin abandonar nunca la narración, los hechos. En esta historia de raíz autobiográfica hay descripciones para guardar como oro en paño, no solo las urbanas —que también, ahora siento más cercano el barrio de San Blas—, sino las de algunas de las figuras que vertebran este relato duro, pero también esperanzado, casi optimista.
Esto, por ejemplo:
Era ágil y briosa como una potra. Llevaba el pelo corto y con reflejos claros. Tenía un rostro bonito y anguloso, de ojos amplios, encapotados y rasgados, nariz importante, con un caballete que se la doblaba hacia la mitad del tabique pero que no se la afeaba. Su boca fue mi mejor herencia, proporcionada y de labios que no llegaban a ser prominentes, pero a los que no les faltaba voluptuosidad. Aún no había cumplido los cuarenta, pero la piel de su rostro apenas aparentaba treinta. Costaba creer que una mujer que desde los doce años no había conocido otra cosa que jornadas de trabajo inhumanas y mala alimentación conservase un aspecto tan airoso. La carcoma de la vida obrera se le manifestaría algunos años después en los huesos, pero mantendría para siempre una piel impoluta y un halo de impermeabilidad a la vejez.
Por otro lado, tengo una debilidad especial por los discursos de clase cuando se sostienen desde la experiencia, sin imposturas. Aquí es poderosísimo y vertebrador. No son pocas las plumas de posibles que han tratado de apropiárselo. Felizmente, eso no lo pueden comprar.

Casas vacíasBrenda Navarro, 2018
Editorial: Sexto Piso
Si La mala costumbre me llevaba a un territorio de afirmación —dolorosa, pero también luminosa—, Casas vacías, de Brenda Navarro, se instala en el extremo opuesto: allí donde el lenguaje no redime, donde la experiencia no encuentra salida. Hay emociones que, sencillamente, no existen hasta ser verbalizadas. O, mejor dicho, existen, pero no pueden ser aceptadas, mucho menos asumidas. Los personajes que habitan estas Casas vacías padecen precisamente esa incapacidad de nombrar, fruto de una precariedad múltiple: no solo económica o social, sino también afectiva, moral, casi estructural. Hay embrutecimiento, incomunicación, violencia.
Para compensar esa imposibilidad de voz, Navarro construye esta novela. Y, por terrible que sea su contenido, la sensación que deja no es tanto de sorpresa ante una realidad poco visibilizada como de confirmación: la sospecha de que la vida alberga espacios de pesadilla, muchas veces alojados en la propia mente.
Reducir este libro a una novela sobre la maternidad resulta, en ese sentido, un error, una lectura empobrecida, casi consecuente con una época que tiende a simplificarlo todo en fórmulas rápidas. Aquí hay mucho más: una exploración de la culpa, del vacío, de la identidad y de la violencia como ecosistema. La maternidad es solo una de sus capas, quizá la más visible, pero no la más profunda.
En lo formal, la narración se apoya a menudo en una intensidad sostenida, casi sin descanso, con esa voluntad de convertir cada frase en una afirmación rotunda. No es un registro con el que suela comulgar —las montañas rusas necesitan también sus valles—, aunque aquí no llega a saturarme como sí me ocurrió, por ejemplo, en El verano que mi madre tuvo los ojos verdes. Tal vez porque, en el fondo, hay una verdad que atraviesa el texto y lo sostiene. En realidad, Navarro dialoga con autoras como Fernanda Melchor o Nona Fernández: una escritura que no rehúye lo incómodo, que no suaviza la violencia, que no ofrece consuelo.
Me creo lo que cuenta. O, más bien, lo sufro. Es un libro profundamente triste, en el que cuesta encontrar espacio para la esperanza. Un recordatorio de que existen realidades monstruosas que resulta más sencillo ignorar mientras no nos toquen de cerca.
Pero eso, en estas Casas vacías, resulta imposible.
Los divagantes
Guadalupe Nettel, 2023
Editorial: Anagrama
A Guadalupe Nettel no tardo en emparentarla con Mariana Enríquez o Samanta Schweblin. Hay en su escritura algo que asocio, quizá de forma intuitiva, con cierta narrativa latinoamericana contemporánea: una voz precisa, funcional, pero no exenta de lirismo. Tampoco sus temas se alejan de esas coordenadas: traumas, miedos, mitología familiar entrelazada con lo social, e incluso incursiones en lo fantástico o la ciencia ficción, aunque aquí en proporciones más contenidas.
Hay, además, una honradez muy reconocible en estos cuentos: una renuncia deliberada al clímax efectista. Nettel no confía la potencia de sus relatos a un giro final ni a una subida abrupta de intensidad. Su escritura funciona de otro modo, más sostenido, más homogéneo: como ese bocadillo en el que cada bocado contiene todos los ingredientes. “La vida en otro lugar”, “La impronta” o “La cofradía de los huérfanos” son buenos ejemplos de ello.
“Los divagantes”, cuento que da nombre al libro, rranca con una declaración de intenciones:
La infancia no acaba de una vez, como nosotros queríamos cuando éramos niños. Sigue ahí, agazapada y silenciosa en nuestros cuerpos maduros y luego marchitos, hasta que un buen día, después de muchos años, cuando creemos que la carga de amargura y desesperanza que llevamos a cuestas nos ha convertido irremediablemente en adultos, reaparece con la velocidad y la fuerza de un relámpago, hiriéndonos con su frescura, con su inocencia, con su dosis infalible de ingenuidad, pero sobre todo con la certeza de que éste sí fue, de verdad, el último atisbo que tuvimos de ella.
En “La puerta rosada” quizá sea donde más claramente se identifican los elementos que Nettel articula con tanta precisión: lo fantástico, la radiografía social, el escrutinio de la familia como institución, o la edad como un filtro que modifica radicalmente la forma de mirar la realidad. En Nettel no cambian solo los personajes: cambia la forma de mirar. Y ahí es donde sus cuentos encuentran su verdadero lugar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario