6.4.26

Diario XLVII

Cuando en el 2001 al fin tuve acceso a internet, lo primero que hice fue descargar Down on the Upside, de Soundgarden. Lo segundo, buscar wallpapers en DeviantArt. Lo tercero, abrir una cuenta en Cyberdark.net, que a la sazón fue mi verdadera mentoría literaria.

Ahora mismo llevo puesta la camiseta conmemorativa que confeccionaron el mismo año en que aquella web tocaba a su fin, al menos tal y como la conocimos entonces: foros en plena efervescencia, docenas de artículos publicándose cada semana, reseñas que aparecían casi a cualquier hora del día. 1999–2005, reza el estampado que, pese a los años y a los pasos por la lavadora, sigue siendo perfectamente legible. Eso habla bien de su calidad.

Han pasado ya más de veinte años desde su cierre. La web, reconvertida en tienda, conserva todavía un archivo de artículos —como aquellos “Fundamentales” que leíamos con devoción—, pero el vacío que dejó la desaparición de los foros, el silencio que siguió a la diáspora de usuarios, no ha sido mitigado de ninguna forma. Mi amplitud de miras literarias no era entonces la que es ahora, pero fue aquella comunidad la que sembró muchas de las semillas que terminarían germinando. No se trataba solo de descubrir Canción de hielo y fuego, sino de algo más amplio: de encontrar un nuevo andamiaje para mis filias, de abrir la puerta a una ciencia ficción y a un terror que hasta entonces apenas intuía. El monje, Los desposeídos, Las estrellas mi destino; autores como Matheson, Angela Carter, Clive Barker o Pilar Pedraza.




Aquel, me parecía, era el modo adecuado de intercambiar información. Había un equilibrio, una armonía que unificaba contenido y velocidad, que ensalzaba lo que se decía y dignificaba tanto al receptor como al emisor. Cuando acabó Cyberdark, Blogger tomó el relevo como aula educativa, y aquello funcionó durante un tiempo: era una concatenación natural, casi lógica.

Nada de eso encuentro hoy en las redes. La imagen se ha devaluado, y también la palabra, sometida a un fervor consumista cuyo ritmo resulta imposible de procesar, y mucho menos de asumir. No es solo una impresión: basta con asomarse a cualquier librería para intuirlo. Hay una cierta planicie instalada en el estilo de muchas obras actuales, y no me refiero únicamente al bestseller de temporada —ese contenedor de arena de playa de Benidorm—, sino también a esa supuesta narrativa de altura, la de Babelia y compañía. Fácil acceso, rápido consumo, mínimo esfuerzo intelectual. Easy comes, easy goes.

Tampoco ayuda la agresividad de ciertas estrategias editoriales: la mercadotecnia de sellos como Asteroide o Blackie Books, las ubicuas fajas con sus rimbombantes sentencias, los booktubers que, con mayor o menor disimulo, actúan como prescriptores al servicio de grandes superficies, convertidos en una suerte de guías espirituales en nombre de Tolstói o Woolf.

Pero quizá lo que peor llevo es la deriva estética de los clásicos: esa fetichización naïf, esas portadas de inspiración adulterada Arts and Crafts que harían a William Morris revolverse en su tumba. A estas alturas, a uno solo le queda refugiarse —aunque sea con cierta ironía— en un esnobismo de resistencia, en un leve alarde de viejunismo cultural, que en mi caso encarnan editoriales como Valdemar, Acantilado, Pre-Textos o Alba.

Quisiera volver atrás y dar de nuevo con un espacio seguro, como lo era para mí Cyberdark. Un lugar con poco ruido, sometido tan solo a la voluntad de sus usuarios, donde éramos capaces de imponer un ritmo sosegado —o el que cada cual necesitara—, como se impone el propio al leer un libro. No quedan muchas opciones más allá de la ausencia voluntaria. La renuncia a la visibilización constante, a la estetización general de la vida cotidiana, a la lógica cruel del consumo rápido, a la exigencia de una identidad siempre expuesta.

Quizá por eso sigo escribiendo aquí. No por nostalgia de lo perdido, sino por fidelidad a una forma de leer, de pensar y de conversar que todavía me parece la única digna, y a la que sigo aferrándome con todas mis fuerzas.


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