2.5.26

Diario LII




La ocupación
Annie Ernaux, 2022
Editorial: Cabaret Voltaire
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez

Lo que Annie Ernaux confiesa aquí está contado con tal precisión que desmonta, casi sin esfuerzo, el prejuicio que arrastro hacia cierta literatura confesional: esa en la que todo parece válido mientras roce la pornografía emocional más explícita, una escuela de la cual la autora francesa es máxima responsable. Pero Ernaux no solo parece la primera en hacer algo así; también es, probablemente, la mejor. Y sus herramientas no son fáciles de imitar. Pocas plumas pueden sostener un registro tan seco y vehemente, y al mismo tiempo dejar que convivan esas confesiones impías con una poética de la fragilidad que nunca pierde la delicadeza. Definitivamente, se sale más cuerdo de estas páginas de lo que se era al entrar. 

Por otro lado, el material de La ocupación habría resultado difícilmente publicable hace apenas unas décadas, de no ser la escritora multipremiada y prestigiosa que es. Aquí no hay autocompasión, sino miseria, acaso mezquindad. El drama que atraviesa a la autora es tan universal como, en apariencia, menor en su estatura moral: los celos. Y, más concretamente, su encarnación en esa otra mujer, ese rostro desconocido, que adquiere ese rol de némesis, de antagonista.

Yo, que nunca he sentido una afinidad especial por Otelo, me descubro aquí apelado, casi señalado, en cada una de las obsesiones, fobias y fricciones que se despliegan en estas escasas ochenta y cinco páginas. 

Ninguna de sus palabras me resultaba anodina. En «me he quedado a trabajar en La Sorbona», entendía «han trabajado juntos en La Sorbona». Todas sus frases eran materia de desciframiento constante, de interpretaciones que, al ser imposibles de verificar, se convertían en un auténtico suplicio. Las que, en un principio, me pasaban desapercibidas, surgían por la noche para torturarme con un sentido repentinamente claro y desesperante. La función de intercambio y de comunicación que se atribuye en general al lenguaje pasó a un segundo plano, sustituida por la de significar, y significar solo una cosa, el amor de él por ella.

Es un material tan literario, capaz de arquitecturas del dolor tan enrevesadas y fascinantes, que habría sido una desgracia no trasladarlas al papel. Para Annie Ernaux será una terapia, un modo de explicarse a sí misma, o la sublimación de la propia esencia vital. Para quien lee, la constatación incómoda de que también habitamos ese territorio: el de la miseria emocional y su escasa distancia con el amor.






Hay algo en La ocupación que no termina de abandonarte: esa manera de instalarse en lo incómodo sin concesiones, de explorar zonas que uno preferiría no reconocer como propias. No es un gesto aislado. En otras lecturas recientes he encontrado una incomodidad de naturaleza distinta, pero igualmente persistente.

Ethan Frome
Edith Wharton, 1911
Editorial: Alba
Traducción: Ángela Pérez

No seré yo quien renuncie al placer —quizá culpable— de una historia de amor prohibido, más aún cuando se sitúa en esa Nueva Inglaterra tan literaria que remite a Nathaniel Hawthorne o H. P. Lovecraft.

Lo que me sorprendió en este primer encuentro con Edith Wharton fue otra cosa. Esperaba encontrarme con un eco tardío del relato victoriano, acorde con su ambiente rural y trágico. Pero no. Wharton es ya plenamente moderna: hay en su forma de narrar una contención y una precisión que la acercan más a Henry James o Joseph Conrad que a cualquier herencia decimonónica.

La historia, en apariencia sencilla, se articula en torno a un triángulo amoroso: Ethan, su enfermiza esposa Zeena y la joven Mattie, cuya irrupción introduce una posibilidad —mínima, casi ilusoria— de felicidad al fin. Pero esa posibilidad nunca llega a materializarse del todo. Wharton despliega todos los elementos capaces de impedirlo: el clima, el paisaje, la economía doméstica, la propia inercia moral de los personajes.

Hay en ese sentido un fatalismo muy cercano al de Thomas Hardy, no tanto una tragedia construida a base de grandes decisiones, sino una lenta acumulación de condicionantes que terminan por clausurar cualquier esperanza. Y quizá por eso duele más. Porque no hay estallido, ni redención, ni gesto liberador. Solo una forma de vida que se cierra sobre sí misma, hasta volverse irreversible. Una lectura inolvidable.





Violación (una historia de amor)
Joyce Carol Oates, 2004
Editorial: Contraseña
Traducción: Pepa Linares 

Hay muchas formas de representar la violencia. Algunas terminan por insensibilizar; otras, en cambio, obligan a interiorizar el rechazo. Mientras leía Violación, de Joyce Carol Oates, pensaba en el cine de Michael Haneke: en esa incomodidad sostenida que no permite refugio alguno.

Oates logra algo parecido en muchos pasajes de la novela, no tanto por lo que cuenta como por cómo lo cuenta. No hay recreación gratuita ni exceso truculento; hay oficio, una prosa directa y sobria que transita por distintos géneros —con ecos del noir— sin depender de ellos. Y, sin embargo, lo que permanece no es la trama, sino la sensación. Esa incomodidad persistente que no se resuelve.

Son tres libros, tres formas distintas de aproximarse a lo íntimo: la obsesión, la renuncia, la violencia. Y, en los tres casos, la misma certeza: que hay territorios de la experiencia que la literatura destripa para que podamos, de algún modo, naturalizarlos.



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