Pero en mi caso no fue la principal.
Había algo más de fondo: su supuesta vocación de comunidad lectora queda inevitablemente contaminada por la propia naturaleza de su estructura. Goodreads funciona como una red social cosificada, donde la exposición del capital cultural acaba resultando, en gran medida, superficial. Las dinámicas de reseña, el pulso como forma de generar opinión, la repetición casi mecánica de ciertos tropos… todo ello termina empapando las valoraciones de una inercia de masa que rara vez juega a favor del lector.
El esnobismo y su némesis —esa lectura apresurada, casi de consumo— acaban por encontrarse en un mismo punto: el de la irrelevancia. Las valoraciones dejan entonces de ser fiables. Tanto como las de Filmin. Es decir, nada en absoluto.
Babelia o El Cultural no son necesariamente mejores, pero al menos su ámbito no participa de esa exhibición constante.
En cualquier caso, fueron los "retos lectores" los que me expulsaron de allí: la conversión de la lectura en un número. En un reto. En una cuenta atrás. Así que, aquí mejor.
En cualquier caso, fueron los "retos lectores" los que me expulsaron de allí: la conversión de la lectura en un número. En un reto. En una cuenta atrás. Así que, aquí mejor.
Indian Country
Dorothy M. Johnson, 1950
Dorothy M. Johnson, 1950
Editorial: Valdemar
Traducción: José Menéndez-Manjón
Traducción: José Menéndez-Manjón
Sigo con mi reconciliación con el formato. Me refiero a las antologías de relatos, que suelen arrastrar una cierta irregularidad, y su capacidad de seducción depende en gran medida de la eficacia inmediata de cada texto: a menos páginas, más urgente es la necesidad de atrapar al lector.
Pero ese no parece ser el problema de Dorothy M. Johnson. Con apenas unas pinceladas, es capaz de hacerte respirar el polvo de las grandes praderas norteamericanas con una intensidad que poco tiene que envidiar al mejor western de John Ford. Hay en sus relatos una economía de medios muy bien medida, una capacidad notable para sugerir mundo sin necesidad de desplegarlo en exceso.
No todos los cuentos funcionan al mismo nivel, ni todos aspiran a lo mismo —algo, por otra parte, casi inevitable en este tipo de recopilaciones—, pero el conjunto se mantiene siempre por encima de lo meramente correcto. Y en algunos casos alcanza momentos de auténtica brillantez: La frontera en llamas, Viaje al fuerte, Más allá de la frontera o Un hombre llamado caballo destacan por su potencia narrativa, su capacidad de evocación.
Lo interesante de Johnson es que no se limita a reproducir los códigos del western, sino que los habita desde dentro, con una mirada que combina épica y desgaste, mito y desmitificación. Sus personajes no son arquetipos puros, sino figuras atravesadas por la violencia, la necesidad y, en ocasiones, una cierta ambigüedad moral que enriquece el conjunto.
Esta edición de Valdemar viene, en ese sentido, a reivindicar un género que conoció su apogeo hace décadas, pero cuya capacidad de fascinación sigue intacta. Y es una buena noticia: pocas mitologías literarias han sabido construir un imaginario tan persistente con recursos tan primigenios.
Gente normal
Sally Rooney, 2018
Editorial: Random House
Traduccion: Inga Pellisa Díaz
Gente normal
Sally Rooney, 2018
Editorial: Random House
Traduccion: Inga Pellisa Díaz
Me daba cierto reparo leer esta novela. ¿Y por qué no? Siempre me ocurre cuando aparecen etiquetas como “generacional” o “el éxito del año”. Pero lo cierto es que Sally Rooney no tarda muchas páginas en despejar cualquier prejuicio que pudiera arrastrar.
Hay gente con verdadero talento por ahí; gente joven como Rooney, que parece haber vivido mucho más de lo que dicta su DNI, o que, simplemente, posee una intuición poco común para detectar lo esencial en las relaciones humanas. En Gente normal hay un buen puñado de párrafos y frases que lo demuestran. No necesita de efectismos ni de florituras para construir pequeñas cápsulas de honestidad, que son, en última instancia, las que sostienen a unos personajes creíbles, de carne y hueso. Y aquí están.
De Marianne y Connell puedo sentirme más o menos cercano; sus inquietudes, la intensidad de lo que les conmueve —ese supuesto termómetro generacional— me resultan más o menos afines. Pero la empatía hacia ellos surge sin esfuerzo. Y creo que ahí reside el verdadero valor del libro.
Frente a otras novelas donde los personajes no terminan de materializarse —pienso, por ejemplo, en ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, donde no logré asir a ninguno—, Rooney construye aquí dos figuras que, aun en su aparente sencillez, respiran y se contradicen como personas reales. Gente normal.
Es un libro de ambiciones contenidas, casi discretas. Y quizá por eso mismo funciona: porque no pretende deslumbrar, sino observar. Y en esa observación, precisa y honesta, es difícil no encontrar algo propio. No me ha dejado un poso que pueda apelarme pero, sin embargo, recuerdo el instante de su lectura, allí en el Delta del Ebro, en un verano evocador y sereno.
¿Quién te crees que eres?
Alice Munro, 1978
Editorial: Lumen
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
¿Quién te crees que eres?
Alice Munro, 1978
Editorial: Lumen
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
En mi deseo de continuar con el relato corto, me estreno con toda una Nobel, de esas que personifican la excelencia en el formato. Pero en ¿Quién te crees que eres? las protagonistas a lo largo de los capítulos son las mismas, y hay un hilo conductor episódico bastante claro. Conclusión: esto es una novela. Y conforme profundizo en la historia trenzada por Munro, me descubro apelado por un segundo malentendido: la sinopsis de contraportada insiste en la relación entre Flo, la madrastra, y Rose como eje del libro, que es algo que no termina de cumplirse, con la pobre Flo casi olvidada a mitad del libro. Lo cierto es que hay poco rastro de todo lo que parecían prometer las primeras cien páginas, en las que Munro me llevaba a pensar en Ferrante: esa narración de una mujer que reescribe su propia formación desde la distancia y en relación con su entorno más inmediato. Pienso en los posibles paralelismos con la tetralogía de Nápoles: en ambos casos hay una conciencia femenina que vuelve sobre su pasado no para embellecerlo, sino para entender qué la hizo posible y qué la deformó. También la clase social aparece como marca íntima: tanto Rose como Elena cargan con una procedencia que no desaparece del todo, por mucho que haya ascenso cultural, económico o académico.
Pero ese hilo acaba por desvanecerse con el fluir narrativo, que se sumerge de lleno en unas vicisitudes amorosas y sentimentales que me hacen recordar por qué, por ejemplo, no me interesó Pura pasión, de Ernaux. La línea que intuía al principio queda desplazada por esos meandros afectivos que terminan por expulsarme de la historia: las cuestiones que me resultaban más estimulantes se ven sustituidas por otras en las que la conciencia social queda tan fuera como la propia Flo.
El estilo de Munro, eso sí, es intachable, incluso inspirador. Magnetiza, empuja a seguir leyendo sin apenas resistencia. A pesar de que, en último término, lo que me está contando no termina de interesarme demasiado.



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