7.6.26

Diario LVIII





Tess de los d’Urberville
Thomas Hardy, 1891
Editorial: Alba
Traducción: Catalina Martínez Muñoz  

Siempre fui un mediocre lector de filosofía. Lo que empezó con una formación deficitaria en la escuela continuó más tarde con un desinterés provocado por el muro invisible al que se enfrentan aquellos que, queriendo profundizar en ella, no poseen los mimbres adecuados para sortearlo. Así las cosas, todo mi andamiaje moral, la escala de valores en la que me refugio y sobre la que he construido parte de la fortaleza de mi carácter, no tuvo a Descartes, a Séneca o a Nietzsche como mentores espirituales. Pero eso no significaba que no los hubiera.

Con el paso de los años, he comprendido que aquel espacio vital lo ocuparon en su lugar Fiódor Dostoievski, Charlotte Brontë, Victor Hugo o Lev Tolstói. Es más, pocas cosas existen en mi vida tan inviolables, pocos espacios más blindados que mi relación con la literatura del siglo XIX. Y, como todo espacio seguro que se precie, volver a él es garantía en épocas intempestivas, crisis vitales —u otras más amables: crisis lectoras— y congojas varias. No sé si en esos libros está todo, pero sí es todo lo que está.

Tess de los d’Urberville es una prueba fehaciente del poder de la narrativa en la educación moral de cualquier ciudadano porque, si la empatía se debe ejercitar, esta novela es sin duda el ejercicio que necesita. Thomas Hardy, escritor con una fama de pesimista merecidísima, no tarda muchas páginas en rompernos el corazón, arrojando a su admirable protagonista a las fauces del infortunio, la fatalidad y la desdicha. Podría haber esperanza, claro. Pero a la crueldad del azar que envuelve a Tess se suma algo más terrible todavía: la moral victoriana, cuya hipocresía anquilosada Hardy vapulea sin contemplaciones, aunque sintamos hondamente que sea a costa de maltratar esa alma elevada, pura, abnegada a ratos y plena de arrestos en otros, que es la jovencísima protagonista. Y huelga decir que esa pureza de Tess no es, precisamente, la pureza que su época habría querido reconocer. Tess no es así porque la sociedad la declare intacta, aceptable o digna de ser incorporada al orden moral de su tiempo. Es pura porque nada de lo que le sucede logra destruir del todo su dignidad esencial: La violencia, la pobreza, la culpa heredada, el deseo masculino, la religión mal entendida y la cobardía moral de quienes la juzgan se ciernen sobre ella como una maquinaria sin piedad. 

En contraste poderoso de toda esta miseria, y mediante un recurso profundamente romántico, la prosa de Hardy es magnífica a la hora de elevar el paisaje a justo protagonista. Suya es la magia que permite al lector ver imbuidos todos sus sentidos por las verdes praderas del imaginario Wessex, salpicadas de tejos, fresnos y robles; inundadas por el sol, rebosantes de cereal, atravesadas por el cansancio físico, la leche, la niebla, los animales, la tierra y las estaciones. Pero la belleza del mundo no salva a Tess, más bien la envuelve, es su interlocutora enmudecida. Y hay algo terrible en esa indiferencia: que el mundo pueda seguir siendo hermoso mientras una vida justa se precipita hacia su ruina.

La simbología poderosa acompaña la historia hasta su impactante final, que no es fácil de olvidar, si es que ese momento llega alguna vez. Después de leer Tess de los d’Urberville, las monolíticas piedras de Stonehenge estarán siempre unidas al destino de esta joven inteligente y hermosa que un día unos padres infelices tuvieron a bien concebir. No conviene culparlos de manera simple: en ellos se mezclan la pobreza, la ignorancia, la superstición, la vanidad genealógica y una desesperada fantasía de ascenso social. Pero esa mezcla basta para contaminar a Tess y hacer de esa desafortunada herencia algo congénito.

La pobreza es una enfermedad, y aunque eso no lo dijo Hardy, seguramente estaría de acuerdo. Lectura recomendada por eso mismo, y en estos tiempos aciagos. 


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