16.7.26

Diario LIX

Tardé mucho, mucho tiempo en desentrañar el aroma de aquella casa, y sólo lo hice espoleado por el deseo de poner nombre a todo lo que ha sido relevante en la vida, deseo que viene con la edad y con cierta melancolía de inventario.

Durante años fue, simplemente, el olor de la casa del pueblo. Lo que significaba, en cierto modo y de manera lógica, que era también el olor del verano. Tanto como lo eran la pinada o el abono, las cigarras a media tarde, los cardos afilados, secos en la vereda, o esa luz aplastante que parecía detener las horas hasta convertirlas en una materia espesa.

Como en la deconstrucción de un perfume, he ido apuntando lo que podía contener. Es, sin duda, el olor de la piedra fresca y el aire retenido; de cal húmeda, polvo antiguo, madera seca y una vaga transpiración de la tierra profunda que se cuela por los muros. Hay en él algo de bodega limpia, de espacio en penumbra, de muebles cerrados; una humedad mineral, sin corromper, templada por décadas de leña y vida doméstica.

Es olor de veranos atravesados por las siestas no deseadas pero inevitables, por el pedaleo incontenible, por las maquetas de barcos y las manualidades de papel. Y los libros, siempre los libros.

El verano infinito que prometía interminables historias, que sublimaba las cálidas semanas de julio y agosto. Hoy como entonces, hay libros de verano, aunque a mi edad los veranos ya no prometan exactamente lo mismo. Hay libros que se leen en una estación concreta y quedan unidos para siempre a su temperatura, a sus horas muertas, a sus casas cerradas para siempre.

Este verano comienza con Una vida, de Guy de Maupassant.





Una vida
Guy de maupassant
, 1883
Editorial: Alba
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia

Ay, Jeanne, pobre Jeanne. Quizás más abnegada que Tess, lo que hace su desgracia menos intensa, pero sin duda más deprimente. Ambas son, en todo caso, criaturas víctimas del mundo mismo que habitan, de sus leyes, normas, juicios y, en resumen, del sistema que las rodea y fagocita. De cómo el mundo reduce a nuestra heroína en un cascarón parcialmente vacío, trata este libro.

Pienso que Una vida tiene, también, algo del Stoner de John Williams. Ambas novelas narran la lenta reducción de una existencia que prometía amplitud. Son historias sobre la distancia entre la vida imaginada y la vida realmente vivida; sobre lo dilatada, cruel y silenciosa que puede llegar a ser esa distancia. Jeanne comprueba con amargura cómo pasan los años y cómo aquello que parecía provisional termina siendo, sencillamente, todo. No una mala racha: la vida misma, consumida mientras aún se esperaba que empezara otra cosa.

Por supuesto, el hueso de todo este asunto, la culpa de las desventuras de Jeanne, Maupassant se preocupa mucho de que no recaiga sólo en su pérfido marido. Que sí, que Julien no es sólo un canalla: es la forma doméstica, legal y socialmente tolerada de una depredación –representa una rapacidad impune que permite al hombre apropiarse del cuerpo, del patrimonio y del porvenir de una mujer sin que ésta pueda hacer gran cosa para impedirlo–. Pero Maupassant señala también a los padres, prescriptores de una educación sentimental falseada. Han criado a Jeanne para anhelar una vida bella, ordenada y afectivamente incólume, pero no para comprender el conflicto, la mentira, el deseo o el interés económico. La ignorancia de Jeanne la incapacitará para el resto de sus días, y la sombra de ese error alcanzará más allá de su propia generación.

Maupassant desmantela sin piedad el espíritu romántico de la protagonista, que durante tantas hermosas páginas escarcea con esa naturaleza que parece prometer plenitud, equilibrio, amor del que no se sabe pero se anhela. Tras el cruel desmontaje de esa conciencia romántica, aparece sin contemplaciones el frío realismo, contra el que Jeanne se da de bruces como si de un muro de granito se tratara. La vida no responde a nuestros deseos, no compone una forma armoniosa y no recompensa la bondad. Tal cual parece la moraleja.

Hay otros personajes arquetípicos con su papel. El abate Tolbiac, por ejemplo, como personificación de una moral religiosa que convierte el deseo en culpa, la compasión en castigo y la autoridad espiritual en violencia. Un fanático cruel que se alimenta del odio al cuerpo y de la voluntad de dominar. O Rosalie, que a lo Sancho Panza impone a Jeanne su inteligencia práctica, nacida desde una clase social inferior y una gestión de la desgracia mucho más resolutiva que la de su señora. También ella ha sufrido la violencia de la sexualidad masculina, pero su manera de permanecer en el mundo no depende de la conservación de ninguna fantasía.

Maupassant, como buen enfant terrible, no deja títere con cabeza, y tampoco la maternidad escapa de su furibundo alegato. Retrata en los años de madurez de Jeanne a una madre cuya única esperanza vital es la existencia de un hijo disoluto, irresponsable, desperdiciado; víctima, como su madre lo fue una vez, de un amor sin límites. Ya no hay ilusiones donde pueda medrar la felicidad, ni siquiera queda el dinero que una vez sustentó a su clase. Dilapidado por aquí y por allá, la novela narra también el agotamiento de una aristocracia provinciana incapaz de administrar su mundo material. La vida sentimental y la ruina económica avanzan en paralelo a lo largo de los capítulos.

Una vida no es solamente el retrato de una mujer desgraciada. Es también una novela sobre la imposibilidad de vivir conforme a una imagen previa de la futura existencia. Jeanne tiene algo quijotesco en ese desengaño progresivo en el que pierde, una tras otra, todas las ficciones que daban sentido a sus ilusiones: el amor, el matrimonio, la familia, la maternidad, la posición social, el porvenir. Y lo más terrible es que sobrevive contra todo pronóstico. Maupassant le regala un consuelo mínimo al lector en el abrupto final; quizás, después de todo, no es tan cruel como había demostrado durante las anteriores trescientas páginas.

Pero mejor no confundirse: no hay redención, ni justicia, ni reparación verdadera. Apenas una forma humilde, casi biológica, de continuidad. Y acaso esa sea la última ironía de Maupassant: que la existencia no necesita ser buena, ni justa, ni hermosa, para imponerse de nuevo sobre quienes la padecen.


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