Siento odio de clase desde que soy consciente de lo que significa, y eso quizá no hace tanto. Han sido los años los que me han permitido observar, acotar, enjuiciar y, finalmente, identificar el blanco de mis prejuicios. Ese, por ejemplo, que tuvo más facilidades que yo. Que vive en la casa que ya era de sus abuelos, que disfruta de una segunda residencia heredada mientras otros hacen cuentas para llegar a fin de mes. Sí, me incomoda profundamente que nunca haya tenido jefe, que no conozca la precariedad laboral y aun así hable de ella, empujado por una cierta inercia progresista.
Supongo que vive en mí esa incomodidad difusa ante ciertas trayectorias vitales: la facilidad heredada, el acceso al tiempo —ese lujo silencioso que permite leer, formarse, cultivar la mente sin que pagar el alquiler o llenar la nevera robe el sueño— y, en última instancia, la naturalidad con la que algunos recorren caminos que para otros están llenos de obstáculos.
Y nada de esto impide que ejerzan una superioridad moral que no nace del esfuerzo, sino del punto de partida: dinero heredado, influencia heredada, contactos heredados. Como se dice en Comanchería, la pobreza es una enfermedad que pasa de madres a hijos, y no afecta a todos por igual, ni entonces ni ahora.
La educación, la salud, el acceso a redes, incluso la confianza en uno mismo: todo está filtrado por ese punto de partida. Y es aquí donde intento que el desprecio se convierta en algo más útil: no tanto dirigido hacia individuos concretos (o sí) como hacia una estructura que se reproduce con notable eficacia. Lo que Pierre Bourdieu llamó capital cultural sigue operando como un mecanismo de continuidad: permite a ciertas clases perpetuarse sin necesidad de declararse como tales. Ese progresismo patrimonialista no es una anomalía, sino una forma más de esa reproducción, que disfraza el estatus bajo discursos emancipadores.
Resulta especialmente revelador cuando ese proceso convive con discursos progresistas. No por una supuesta contradicción moral, sino porque evidencia hasta qué punto los mecanismos de reproducción del privilegio son compatibles con la retórica igualitaria.
Frente a esa forma de progresismo que a veces se limita al discurso, hay autores cuya posición resulta más difícil de reducir a una pose. Sara Mesa es, para mí, uno de esos casos. No solo por lo que escribe, sino por cómo decide estar en el mundo literario: al margen de la exposición constante, ajena a la lógica de la visibilidad, sostenida en una coherencia que no necesita subrayarse.
Silencio administrativo
Sara Mesa, 2018
Editorial: Anagrama
Silencio administrativo funciona como una lección de empatía y, al mismo tiempo, como una bofetada de realidad. Pero sería injusto reducirlo a eso. Lo que hace Sara Mesa aquí es algo más incómodo: mostrar, con una claridad casi quirúrgica, cómo los mecanismos administrativos —en apariencia neutros— terminan por reproducir la desigualdad de partida. No hay estridencias ni voluntad de subrayado. Su escritura se mantiene fiel a esa honestidad que la caracteriza: una prosa contenida, precisa, que no necesita elevar el tono para evidenciar la violencia estructural que describe. Y quizá por eso resulta aún más perturbadora.
Hay, además, algo que me interesa especialmente de Mesa, más allá de lo literario: que no haya en ella rastro de esa mercadotecnia que envuelve a buena parte del circuito editorial. Trabaja, escribe, y deja que el texto se sostenga por sí mismo. Y eso, en estos tiempos, es para mí un gesto político.
Se trata de una lectura breve, pero difícil de abandonar. No por su extensión, sino por lo que revela: que la burocracia no es solo un sistema de gestión, sino un dispositivo que filtra, ralentiza y, en demasiadas ocasiones, excluye.
El proceso
Franz Kafka, 1925
Editorial: Alianza
Traducción: Miguel Sáenz
Atento como siempre a las recomendaciones de mis autoras fetiche, me tomé la de El proceso por parte de Mesa casi como una imposición indiscutible. Razones no me faltaban, habida cuenta de mi condición de funcionario, de profesor acosado por el tejido administrativo, por mi deuda histórica con un autor tan importante como para tener un apellido adjetivado para los restos.
El proceso funciona como una novela de terror en la que los monstruos han mutado, abstraído en forma de maquinaria y procedimientos, presos de una lógica interna que parece funcionar sin intervención humana y que, sin embargo, ha sido creada por manos de carne y hueso.
Me impacta la intensidad a la que eleva Kafka el escenario, esos interiores que pueblan la novela: espacios cerrados, asfixiantes, donde la arquitectura y la burocracia se confunden hasta volverse indistinguibles. Es un thriller extraño en el que no hay resolución posible, solo desplazamientos dentro de un sistema que nunca se revela del todo. Y por eso mismo resultan imperceptibles para quien queda atrapado en él. Pero lo verdaderamente inquietante es que ese sistema no resulta del todo ajeno: reconocemos en esa inercia administrativa una forma de tedio que, llevada al extremo, adquiere tintes de pesadilla. Me maravilla la modernidad de la propuesta; me deja tocado un final tan terrible como deliberadamente contenido.
Supongo que en ese exceso mínimo es donde aparece el horror.


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