5.5.26

Diario LIV

Eva Baltasar ha pubicado Peixos, y con esa excusa vuelve a mi cabeza el recuerdo de su escritura. Hay autoras con las que uno establece una afinidad que no es solo literaria, y con Eva sucedió en poquito tiempo: tanto por las historias que cuenta como por la forma en que decide estar en el mundo. Su distancia respecto a la exposición, su rechazo de la presencia constante, esa manera de habitar la palabra sin convertirla en espectáculo, la sitúan en un lugar que me resulta cada vez más raro y, por eso mismo, más valioso. Y sin embargo, basta verla en una entrevista —como la que le hace Librotea— para desmontar cualquier idea de hermetismo: hay en ella una simpática naturalidad, una cercanía que contrasta con la intensidad de su escritura.

Leí su trilogía con esa sensación extraña de proximidad. Permagel, Boulder y, sobre todo, Mamut, me gustan, principalmente, por esa familiaridad inquietante.





Permagel
Eva Baltasar, 2018
Editorial: Club editor

Es curiosa la irregularidad de Permagel. Hay fragmentos en los que parece una reinterpretación nihilista de La campana de cristal, una suerte de pose misántropa que me sitúa a distancia y con la que no conecto del todo. Y, sin embargo, en la página siguiente aparece una voz limpia, poderosa, profundamente emocional; algo propio, casi tangible.

Esa oscilación no parece accidental. Está distribuida con una cadencia extrañamente medida, como si formara parte del propio pulso del libro. Y aun así, la novela no se abandona. Se lee de un tirón. Y al terminarla queda la sensación —no inmediata, pero sí persistente— de haber asistido a algo que, pese a sus aristas, ha dejado poso.




Boulder
Eva Baltasar, 2020
Editorial: Club Editor

Como Permagel, pero mejor. Y no tanto por lo que cuenta como por cómo lo sostiene. Baltasar afina aquí lo que en su primera novela aparecía de forma más irregular: la voz se estabiliza, gana coherencia, y la intensidad deja de depender de picos para convertirse en una presencia constante.

Siempre he tendido a disfrutar más de la forma que del fondo, y en ese sentido Boulder colma cualquier expectativa. El paso de la poesía a la prosa —si es que realmente existe como tal— aquí resulta imperceptible. Su escritura es precisa, cargada de imágenes potentes, pero sin renunciar nunca al hilo narrativo.

Por encima de todo, hay algo que me interesa especialmente: la sensación de autenticidad. No sabría explicarla mejor que así: leo a Baltasar y tengo la impresión de que habla un idioma que reconozco, aunque no siempre sepa de dónde viene.




Mamut
Eva Baltasar, 2022
Editorial: Club Editor

Aquí ya no hay distancia, ni irregularidad, ni siquiera esa necesidad de ajustar el oído a la voz de Baltasar. Todo encaja, todo me interpela.

La protagonista de Mamut no huye exactamente del mundo: huye de la vida tal y como ha sido organizada por otros. De la ciudad, del trabajo precario, de la gente, de esa viscosidad social que erosiona. Quiere ser madre, pero incluso ese deseo aparece formulado fuera de cualquier imaginario amable o doméstico: No hay pareja, ni proyecto sentimental, ni trauma familiar. Hay corporeidad, necesidad, instinto; la voluntad casi arcaica de engendrar sin someterse al molde que haría de ese deseo una narración reconocible.

Por eso su marcha al campo no tiene nada de idilio bucólico. No hay aquí una naturaleza reparadora, ni una fantasía pastoral al modo de tantos relatos contemporáneos de huida. Lo que encuentra es otra intemperie: la casa aislada, animales amenazantes, un pastor que parece pertenecer más al ciclo brutal de la supervivencia que a la compañía humana. Baltasar no contrapone ciudad y campo como suciedad y pureza, sino como dos formas distintas de fricción. La comparación con Un amor, de Sara Mesa, no me parece descabellada. En ambas novelas hay mujeres desplazadas, incómodas en la comunidad, atravesadas por una relación difícil con el deseo, el cuerpo y el territorio.

Mamut ha sido mi favorita de la trilogía. Su voz ya no sólo acompaña a una historia. Y yo, lector de interiores más o menos domesticados, reconocí ahí una parte de mí que también ha querido a veces desaparecer de la escena, apartarse del ruido, vivir con menos mundo encima.


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