14.5.26

Diario LV

Me entretiene pensar en cómo llegan las lecturas hasta mí. Me gusta creer que no soy tanto yo como las señales externas las que señalan el próximo libro que ocupará su sitio en la mesita de noche. Esas señales toman muchas formas: se encarnan de diversas maneras, se solapan o, simplemente, deciden manifestarse a través de extrañas coincidencias.

En realidad, un análisis de los libros en cola que descansan junto a mi almohada bastaría para evidenciar esos faros. Mariana Enríquez, por ejemplo, es uno de ellos. Escribió un ensayito sobre su formación lectora, Archipiélago, que leí gracias a que Marina me lo regaló —otro faro, por cierto—. No son pocas las lecturas que he apuntado en la lista de pendientes, y Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, es una de ellas. Que mi amigo Fer me lo recomendara poco después de que yo mismo le echara el ojo en la librería no pudo ser otra cosa que una señal.

Del archipiélago paso al espacio continental, porque también tengo por aquí El mundo de ayer, de Zweig. No hay otro motivo para leerlo que mi tendencia a la obsesión monotemática: tras viajar recientemente a Budapest, se me despertó una fiebre por la decadencia centroeuropea, por lo que fue y ya no es. Por eso también está ahí El gatopardo, de Lampedusa. Las ciudades y los viajes siempre me invitan al buceo literario específico.

Tengo, además, cierta debilidad por quien habla con pasión de sus filias y hace de ellas un llamamiento a los ingenuos y despistados. Así, a través de podcasts o programas de radio, han llegado a mi mesita El día de los trífidos o Claus y Lucas. Otros han avivado mi fervor completista: Nueve cuentos era lo único que me faltaba de Salinger, y Frankenstein aguarda en mi flamante nueva edición de Valdemar.

También me estreno con un imprescindible de la ciencia ficción y el terror: Richard Matheson. Tras leer hace un año La maldición de Hill House, parecía lógico continuar con mansiones encantadas, pero no fue la razón principal. Estoy con La casa infernal porque es uno de los títulos fundamentales del género en mi añorada Cyberdark.

Pero, al final, mis faros principales suelen ser las amistades. La lista es larga: en la recámara está ese Desierto sonoro, de Valeria Luiselli, que me recomendó Emily Roberts, o La hija única, de Guadalupe Nettel, por parte de Gema.

¿Y las circunstancias? También están ahí. La vida, en fin. Carrère publica Koljós y leo que habla de su madre muerta. Me siento apelado, claro. El libro es para mí. Y lo compro.





El señor de las moscas
William Golding, 1954
Editorial: Alianza
Traducción: Carmen Vergara

Pero a veces hay señales más amables que, sin embargo, conducen a libros feroces. A veces basta una pulsión tan sencilla como la añoranza del verano para que se encienda un faro; el mío me empujó a buscar una isla y acabé desembarcando en la de William Golding. Sin embargo, la isla que describe El señor de las moscas dista mucho de cualquier idea de paraíso. Es un escenario donde la belleza de los arrecifes de coral, las aguas turquesas y las pozas donde sumergirse convive, en un contraste casi violento, con la pesadilla que se despliega sobre ella.

El señor de las moscas es un clásico de la literatura del siglo XX, lectura obligatoria en muchos centros educativos estadounidenses —y también en Europa—. Hubo al menos una adaptación cinematográfica, de la que recuerdo imágenes vagas aunque impactantes, relacionadas con algunos de los momentos más crueles de la historia.

El estilo de William Golding combina un gusto minucioso por la descripción del espacio —casi obsesivo por momentos— con una atención igualmente precisa a la degradación moral de los hechos, durante los cuales un halo de irrealidad y locura colectiva envuelve a los protagonistas: una treintena de niños que han ido a parar a una isla desierta tras el aterrizaje forzoso del avión que los transportaba a una academia militar.

No sobrevive ningún adulto, y los niños, con una edad comprendida entre los siete y los catorce años, deberán organizarse para pedir ayuda y sobrevivir hasta un supuesto rescate. A partir de aquí, Golding articula una estructura profundamente simbólica, una parábola sobre las formas del totalitarismo —o, si se prefiere, sobre la fragilidad de cualquier orden social—. Y todos los elementos que intervienen en la configuración de este constructo social están presentes: el enemigo común —real o imaginario; eso da igual, lo importante es su alteridad—, la negación de la verdad —o, en este caso, más bien la amnesia voluntaria y colectiva sobre actos irreparables— y, sobre todo, la fragilidad de la democracia, que da pie con pasmosa facilidad al pensamiento único y a la jerarquización del fuerte sobre el débil. Ralph, Jack, Piggy, Simon, Roger y compañía personifican cada uno de los roles imprescindibles para comprender este drama social.

No hay que olvidar que son niños los protagonistas, la mayoría con poco sentido común y con una visión de la realidad, digamos, limitada. Pasan de la inocencia a la crueldad con rapidez, con el asesinato como resorte principal, pero también el hambre, el desamparo y la soledad.

Es Simon quien, muy pronto, intuye la verdadera naturaleza de ese miedo. No se trata de ningún monstruo exterior. Está dentro. “El infierno son los otros”, escribió Jean-Paul Sartre. Golding parece ir un paso más allá: el infierno somos nosotros mismos. Ese Señor de las Moscas —eco de Belcebú— no es otra cosa que la materialización de esa verdad incómoda.

Y, en ese sentido, la novela no ofrece consuelo alguno.


 

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