12.8.26

Diario LX

Capitel de Job - Museo de Navarra


Casi al mismo tiempo que comenzaba un verano tan poco habitual para mí, viajé hasta Pamplona para pasar allí cuatro semanas como miembro de un tribunal de oposición. Mi manera de afrontar aquel viaje —primero desde la anticipación y más tarde desde la propia experiencia— pasó por fases muy distintas. Ahora regresan a mi memoria algo mezcladas entre sí, como si aquellas cuatro semanas hubieran quedado comprimidas en un único recuerdo, dibujando un paisaje que hoy encuentro hermoso y lleno de estímulos que no olvidaré.

Lo cierto es que los primeros días, quizá a causa del calor sofocante, quizá por la incertidumbre propia del trabajo que iba a desempeñar, fueron difíciles. La ansiedad se apoderaba de mí, y de poco servía que el colegio mayor donde nos alojábamos dispusiera de gimnasio. Tampoco ayudaba demasiado la habitación que me habían asignado: pequeña, situada en un entresuelo y con una luz escasa que la hacía poco acogedora. Nunca llegué a sentirla como un refugio y, quizá por eso, aprovechaba cualquier ocasión para salir a la calle. Visto ahora, esa expulsión tuvo algo de regalo. La buena compañía —refugio inesperado en esta ocasión— fue moldeando poco a poco el horizonte hacia formas más amables, y el buen curso del proceso del que éramos protagonistas —salvo incidencias tan sorprendentes como puntuales— terminó de transformar el día a día en una ciudad que apenas había transitado. Me descubrí entonces disfrutando, como pocas veces, junto a Salva, Geno, Pau, Dioni o Víctor, de la gastronomía navarra, de las calles tranquilas de su capital, de magníficas librerías y de museos gratuitos (bueno, el de Oteiza no lo era. Pero mereció cada euro).

Poco a poco fue creciendo en mí una sensación nueva, un estado de ánimo atravesado a la vez por el futuro inmediato, que se iba forjando en cada jornada de trabajo junto al tribunal, y por un pasado que regresaba inesperadamente, materializado en el reencuentro con Uxua después de muchos años sin vernos en persona, y en una escapada rapidísima a Donosti, donde un chapuzón en la Concha resultó sencillamente irresistible. Nunca imaginé que un compromiso al que acudía con tanta aprensión acabaría convirtiéndose en un recuerdo tan cálido.

Eso sí, a pesar de los pintxos y las risas, no habría sido un viaje en condiciones sin las lecturas correspondientes. En la maleta viajaba Cuatro por cuatro, la única obra de Sara Mesa que me quedaba por leer. Y allí, en Walden, una pequeña librería maravillosa que teníamos a tiro de piedra de la residencia, hice mi adquisición de rigor. Fueron, pues, esas las lecturas que hoy encuentro felizmente ligadas a Pamplona y su verano de 35 grados, y que conviven junto a las conversaciones después del tribunal, la cata masiva de pochas y piparras, al lento descubrimiento de un momento y lugar.





Cuatro por cuatro
Sara Mesa, 2012
Editorial: Anagrama

Aunque Mesa es para mí la pura infalibilidad lectora, sabía que atacar una de sus obras primerizas conociendo bien su madurez narrativa, podía resultar frustrante. Y ha sido así, en cierto modo, pero nada grave, que diría Ángel González. Su voz está presente, aunque en un estado larvario, y planea sobre la historia que cuenta esa sensación de búsqueda identitaria, de pulimento, de tanteo estratégico. Aquí ya aparece plenamente instaurado uno de los recursos más jugosos que tiene la autora: la desprovisión total del marco contextual, o más bien su sustitución por uno ficcionado hasta su completa invisibilización. No importa si esto ocurre aquí o allí: Mesa elimina las coordenadas hasta que el escenario deja de pertenecer a un lugar concreto y empieza a parecer un estado mental. Y en Cuatro por cuatro en particular lleva ese efecto un poco más allá, sumergiendo los hechos en distopía de bajo octanaje. También ensaya aquí otra de sus constantes: la frustración deliberada de las expectativas del lector. Porque, ¿cuán profundamente se instala en el cuerpo, la huella del deseo insatisfecho? aquí está rumiando ese final que nunca resulta en un cénit, sino en una conclusión desapasionada, donde las respuestas brillan por su ausencia. Así será en el resto de su obra, donde se conjuga el análisis psicológico, la textura opresiva del entorno, la misteriosa inquietud de lo que no se entiende y, finalmente, un desenlace que no alivia del todo la asfixia.

Cuatro por cuatro es una novela de género como no lo han sido el resto de sus obras, donde coquetea con el thriller de forma menos sutil, utilizando algunos códigos reconocibles del género —el internado aislado, la institución cerrada, la ausencia de vínculos familiares…— pero que sin duda contiene logros que anticipan lo que se nos venía encima con Sara.




Un verdor terrible
Benjamin Labatut, 2020
Editorial: Anagrama

Hace tiempo que tengo por costumbre comprar un libro —o varios— en cada ciudad que visito y, decidido a llevarme uno de Walden, me hice con Un verdor terrible, recomendación que venía esta vez por parte de mi hermano. 

El libro de Labatut es de esos que aceptan la etiqueta de novela sólo porque no sabemos muy bien dónde colocar todo lo demás. Porque hilo narrativo hay, y también puedo suponer que alguna dosis mínima de ficción le ha inyectado entre tanto rigor histórico aparente. De todas formas, nada de esto resulta tan relevante frente al contenido científico que constituye el verdadero corpus de la obra. Quiero decir que es un libro escrito desde una fascinación casi obsesiva por determinados episodios de la historia de la ciencia, y no para todos los públicos, aunque las ventas digan lo contrario. Yo no suelo sentirme expulsado por este tipo de lecturas y, aun con esas, no he podido evitar arrastrarme hasta cierto tedio en la segunda mitad, cuando lo que me cuenta tiene mucho más que ver con la introspección de sus protagonistas y su pugna con fantasmas personales que con lo que prometían los primeros capítulos: una narración divulgativa muy bien construida. Labatut pasa de hablar de descubrimientos extraordinarios e intuiciones imposibles a una especie de disertación sobre la relación entre el genio y la locura, sobre el conocimiento absoluto como enfermedad contagiosa.

Al final, uno sale de Un verdor terrible sabiendo algo más de lo que sabía antes de entrar en él y con un buen puñado de anécdotas lo bastante sórdidas como para arruinar cualquier sobremesa, siempre que los demás no hayan leído el libro antes. Pero está difícil. Labatut parece mucho más interesado en la oscuridad desde la que nace el conocimiento que en la luz que éste termina proyectando sobre el mundo. Y es precisamente ahí donde encuentra lo sublime.


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