21.8.26

Diario LXI

Pienso en las crisis vitales como en súbitos, insospechados cambios de paradigma, o en abruptas interrupciones de un paisaje que, de forma fulminante, se vuelve irreconocible allí donde hasta entonces resultaba familiar y rutinario. El camino recorrido ya no lleva hasta el lugar que estaba indicado, y el suelo cede ante nuestros pies.

No pude anticipar la crisis que vino después, como tampoco pude anticipar la muerte de mi madre. Pero tal vez, con algo más de entereza, habría podido relacionar ambos acontecimientos. No para mitigar el dolor, sino para comprender mejor la deriva emocional que estaba atravesando. Durante mucho tiempo creí que mi conflicto pertenecía al cuerpo. Ahora sospecho que era el cuerpo quien intentaba explicarme un conflicto que mi conciencia todavía no había sido capaz de nombrar.

Siempre me he considerado una persona de sólidas convicciones. Sin embargo, las convicciones difícilmente sustituyen a la fe cuando toca enfrentarse a los irrevocables adioses. A pesar de todo, nada cambiaría en el curso de lo acontecido. Se ha operado un cambio en mí, en el que parece inevitable señalar como capítulo principal la extinción definitiva de mi nostalgia, tal y como la he entendido desde que soy adolescente: esa evocación permanente que subordina la vida presente a una forma de estar en el mundo incompatible con la adultez. Porque no hay juventud que sobreviva intacta a la orfandad. 

Comprendí entonces que muchas de las cosas que durante años habían pertenecido al futuro ya estaban detrás de mí. El éxito profesional, el amor, la paternidad… dejaron de ser promesas para convertirse en hechos. Y cuando el futuro empieza a llenarse de pasado, el tiempo cambia de naturaleza. Hay una tangibilidad en los logros que inevitablemente socava la fantasía.

No ha existido terapia de choque, ni cambios radicales en el curso de esta crisis. Mis aliados han sido los previsibles: salir a correr, la terapia, la lectura, la disciplina. No puedo decir que hayan evitado la sensación de desmoronamiento existencial, pero sí que han mantenido el edificio apuntalado. Hay miedo a que se desplome. Sólo es miedo. Pero ¡ah! qué difícil es aprender a convivir con él.

Leí entonces dos libros que hablaban de muerte, de carne doliente: Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk, y Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica.





Sobre los huesos de los muertos
Olga Tokarczuk, 2009
Editorial: Siruela
Traducción: Abel Murcia

Hacía ya unos meses que había leído Sobre los huesos de los muertos cuando descubrí que a la obra le daba título uno de los poemas de William Blake. Este hecho ya da algunas pistas sobre los derroteros por los que va a transitar la historia, una maravilla que recuerda por qué, de vez en cuando, la Academia Sueca acierta de pleno.

La novela arranca como un thriller al uso: un singular cadáver, una investigadora accidental de personalidad arrolladora, y muchas preguntas por responder en las frías montañas de Polonia. Janina Duszejko, que así se llama nuestra protagonista, es uno de esos personajes que justifican por sí solos la lectura de un libro; una sexagenaria excéntrica de manual, cuyo criterio tantas veces se debe a la inteligencia lógica como a la astrología que alumbra sus decisiones, y que parece defender con uñas y dientes. Tokarczuk hace de ella la vocera de un discurso subversivo en el que se mezclan el animalismo, la vejez y su invisibilidad y, sobre todo, la dignidad de quien decide permanecer fiel a una forma de mirar el mundo, aunque resulte despreciable a los ojos de los demás. Y los demás, en esta obra, son mucho menos de fiar si van a dos patas que si van a cuatro.

Sobre los huesos de los muertos está excelentemente escrito, y es fácil pasarse media lectura subrayando con el lápiz. Cada pocas páginas aparece una reflexión que obliga a detener la lectura. Y todas parecen nacer de una inteligencia narrativa extraordinariamente lúcida. Hay que ser una escritora de altura para escribir un libro que trata, básicamente, sobre los límites morales de la ley y la legitimidad de la venganza —¿legítima?— sin caer en argumentaciones pueriles o frívolas. Y Olga jamás cae ahí.

“Crecí en una época maravillosa que por desgracia ya es historia. Una época en la que había una gran disposición a los cambios y existía la capacidad de concebir visiones revolucionarias. Hoy ya nadie tiene el valor de imaginar nada nuevo. Se habla sin cesar de cómo son las cosas y se retoman ideas antiguas. La realidad ha envejecido, se ha anquilosado porque está sometida a las mismas leyes que todo organismo viviente: también envejece.”

A pesar de la crudeza del asunto, esta termina siendo una historia luminosa, sostenida por la obstinación de quien se niega a aceptar el mundo exactamente como le ha sido dado. Quisiera que todas las novelas negras fueran así, con poco celo sobre la autoría y mucho énfasis en el imaginario de una Janina que, siendo esa narradora no fiable, parece comprender el mundo mucho mejor que quienes la consideran una extravagante.





Cadáver exquisito
Agustina Bazterrica, 2017
Editorial: Alfaguara

La empatía se practica leyendo. Al menos eso deseo creer cada vez que agarro un libro, por eso de elevar de algún modo la virtud del lector versado frente a quienes piensan que la lectura es sencillamente un pasatiempo exigente o una fuente de cultura —ambos, por supuesto, grandes atributos—. La prueba de que también puede hacernos un poco más humanos, y un poco menos psicópatas, la siento en mis propias carnes.

Cadáver exquisito me pone a prueba en ese sentido. Hace veinte años habría leído esta novela de otra manera. Hoy no puedo evitar que el sufrimiento que describe me alcance con una intensidad muy distinta. Ya no significa lo mismo leer sobre la muerte, sobre la carne devorada, sobre la industrialización del canibalismo que articula esta obra, no como un simple MacGuffin, sino como el auténtico eje vertebrador de la historia.

La novela me hizo pensar varias veces en ese gran cómic que es Ronson, de mi amigo César Sebastián, ambientado precisamente en el pueblo donde compartimos origen, Sinarcas. Hay una escena que ilustra hasta qué punto el maltrato animal era aceptado como una parte más del divertimento infantil. La compasión —como la crueldad— también tiene mucho de aprendido. El contexto modela ambas cosas. Quiero pensar que buena parte de esa educación sentimental se la debo a los libros que han llenado mi casa desde niño y, antes aún, la de mis padres.

Agustina Bazterrica compone un fresco dolorosísimo precisamente porque resulta veraz. Su distopía funciona porque está atravesada por dilemas morales perfectamente reconocibles, apenas desplazados de nuestra realidad. El estilo, seco y contenido, desprovisto de cualquier elemento accesorio, vuelve la lectura todavía más incómoda y, precisamente por ello, más eficaz.

No hay discurso en Cadáver exquisito que pretenda convencer de nada. Simplemente nos obliga a preguntarnos dónde situamos los límites de nuestra compasión. Y esa pregunta permanece mucho después de cerrar el libro.


12.8.26

Diario LX

Capitel de Job - Museo de Navarra


Casi al mismo tiempo que comenzaba este verano tan poco habitual para mí, viajé hasta Pamplona para pasar allí cuatro semanas como miembro de un tribunal de oposición. Mi manera de afrontar el asunto —primero desde la anticipación y más tarde desde la propia experiencia— pasó por fases muy distintas. Ahora regresan a mi memoria algo mezcladas entre sí, como si esas semanas hubieran quedado comprimidas en un único recuerdo, dibujando un paisaje que hoy encuentro hermoso y lleno de estímulos que no olvidaré.

Lo cierto es que los primeros días, quizá a causa del calor sofocante, quizá por la incertidumbre propia del trabajo que iba a desempeñar, fueron difíciles. La ansiedad se apoderaba de mí, y de poco servía que el colegio mayor donde nos alojábamos dispusiera de gimnasio. Tampoco ayudaba demasiado la habitación que me habían asignado: pequeña, situada en un entresuelo y con una luz escasa que la hacía poco acogedora. Nunca llegué a sentirla como un refugio y, tal vez por eso, aprovechaba cualquier excusa para salir a la calle. Visto ahora, esa expulsión tuvo algo de regalo. La buena compañía —refugio inesperado en esta ocasión— fue moldeando poco a poco el horizonte hacia formas más amables, y el buen curso del proceso del que éramos protagonistas —salvo incidencias tan sorprendentes como puntuales— terminó de transformar el día a día en una ciudad que apenas había transitado. Me descubrí entonces disfrutando, como pocas veces, junto a Salva, Geno, Pau, Dioni o Víctor, de la gastronomía navarra, de las calles tranquilas de su capital, de magníficas librerías y de museos gratuitos (bueno, el de Oteiza no lo era. Pero mereció cada euro).

Poco a poco fue creciendo en mí una sensación nueva, un estado de ánimo atravesado a la vez por el futuro inmediato, que se iba forjando en cada jornada de trabajo junto al tribunal, y por un pasado que regresaba inesperadamente, materializado en el reencuentro con Uxua después de muchos años sin vernos en persona, y en una escapada rapidísima a Donosti, donde un chapuzón en la Concha resultó sencillamente irresistible. Nunca imaginé que un compromiso al que acudía con tanta aprensión acabaría convirtiéndose en un recuerdo cálido.

Eso sí, a pesar de los pintxos y las risas, no habría sido un viaje en condiciones sin las lecturas correspondientes. En la maleta viajaba Cuatro por cuatro, la única obra de Sara Mesa que me quedaba por leer. Y allí, en Walden, una pequeña librería maravillosa que teníamos a tiro de piedra de la residencia, hice mi adquisición de rigor. Fueron, pues, esas las lecturas que hoy encuentro felizmente ligadas a Pamplona y su verano de 35 grados, y que conviven junto a las conversaciones después del tribunal, la cata masiva de pochas y piparras, al lento descubrimiento de un momento y lugar.





Cuatro por cuatro
Sara Mesa, 2012
Editorial: Anagrama

Aunque Mesa es para mí la pura infalibilidad lectora, sabía que atacar una de sus obras primerizas conociendo bien su madurez narrativa, podía resultar frustrante. Y ha sido así, en cierto modo, pero nada grave, que diría Ángel González. Su voz está presente, aunque en un estado larvario, y planea sobre la historia que cuenta esa sensación de búsqueda identitaria, de pulimento, de tanteo estratégico. Aquí ya aparece plenamente instaurado uno de los recursos más jugosos que tiene la autora: la desprovisión total del marco contextual, o más bien su sustitución por uno ficcionado hasta su completa invisibilización. No importa si esto ocurre aquí o allí: Mesa elimina las coordenadas hasta que el escenario deja de pertenecer a un lugar concreto y empieza a parecer un estado mental. Y en Cuatro por cuatro en particular lleva ese efecto un poco más allá, sumergiendo los hechos en distopía de bajo octanaje. También ensaya aquí otra de sus constantes: la frustración deliberada de las expectativas del lector. Porque, ¿cuán profundamente se instala en el cuerpo, la huella del deseo insatisfecho? aquí está rumiando ese final que nunca resulta en un cénit, sino en una conclusión desapasionada, donde las respuestas brillan por su ausencia. Así será en el resto de su obra, donde se conjuga el análisis psicológico, la textura opresiva del entorno, la misteriosa inquietud de lo que no se entiende y, finalmente, un desenlace que no alivia del todo la asfixia.

Cuatro por cuatro es una novela de género como no lo han sido el resto de sus obras, donde coquetea con el thriller de forma menos sutil, utilizando algunos códigos reconocibles del género —el internado aislado, la institución cerrada, la ausencia de vínculos familiares…— pero que sin duda contiene logros que anticipan lo que se nos venía encima con Sara.




Un verdor terrible
Benjamin Labatut, 2020
Editorial: Anagrama

Hace tiempo que tengo por costumbre comprar un libro —o varios— en cada ciudad que visito y, decidido a llevarme uno de Walden, me hice con Un verdor terrible, recomendación que venía esta vez por parte de mi hermano. 

El libro de Labatut es de esos que aceptan la etiqueta de novela sólo porque no sabemos muy bien dónde colocar todo lo demás. Porque hilo narrativo hay, y también puedo suponer que alguna dosis mínima de ficción le ha inyectado entre tanto rigor histórico aparente. De todas formas, nada de esto resulta tan relevante frente al contenido científico que constituye el verdadero corpus de la obra. Quiero decir que es un libro escrito desde una fascinación casi obsesiva por determinados episodios de la historia de la ciencia, y no para todos los públicos, aunque las ventas digan lo contrario. Yo no suelo sentirme expulsado por este tipo de lecturas y, aun con esas, no he podido evitar arrastrarme hasta cierto tedio en la segunda mitad, cuando lo que me cuenta tiene mucho más que ver con la introspección de sus protagonistas y su pugna con fantasmas personales que con lo que prometían los primeros capítulos: una narración divulgativa muy bien construida. Labatut pasa de hablar de descubrimientos extraordinarios e intuiciones imposibles a una especie de disertación sobre la relación entre el genio y la locura, sobre el conocimiento absoluto como enfermedad contagiosa.

Al final, uno sale de Un verdor terrible sabiendo algo más de lo que sabía antes de entrar en él y con un buen puñado de anécdotas lo bastante sórdidas como para arruinar cualquier sobremesa, siempre que los demás no hayan leído el libro antes. Pero está difícil. Labatut parece mucho más interesado en la oscuridad desde la que nace el conocimiento que en la luz que éste termina proyectando sobre el mundo. Y es precisamente ahí donde encuentra lo sublime.


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