30.8.24

Diario XVIII



Zorba el griego
Nikos Kazantzakis, 1946
Editorial: Acantilado
Traducción: Selma Ancira 

Que en la celebración de la vida y su recorrido subyace una indisociable aproximación (y celebración también) de la muerte, es una de las tantas herencias mediterráneas que funcionan en el libro de Nikos Kazantzakis como punto de partida para elaborar el personaje de Zorba: Casi todo en esta novela gira en torno a él y a su magnético, eufórico, y al tiempo reflexivo carácter, en el cual se dan cita muchas de las virtudes y miserias que han confeccionado a lo largo de los siglos la cultura clásica. Así, también estas páginas transitan las caras más truculentas de la herencia patriarcal; los instintos bajos y primitivos ante los cuales los hombres se han sometido y ejercido su voluntad con toda crueldad. Hay dolor aquí, mucho más del que se pudiera pensar ante un supuesto enaltecimiento del hedonismo; en pocas novelas vida y muerte están trenzadas con semejante lucidez. 

Creta, escenario de la acción, funciona como elemento alegórico; síntesis de una supuesta Arcadia bañada por una luz que nos enseña sobre ternura y sabiduría, pero que arroja a su vez larguísimas sombras en forma de superstición religiosa, venganzas y misoginia condescendiente con las que Zorba, con todo su gran corazón, lidia para ser un alma libre. En todo caso, y muy por encima de cualquier otra consideración, Zorba el griego es un hermosísimo canto a la amistad, y a los mecanismos que la forjan. Y yo me pregunto, ¿cuánto hay de esta obra en la producción artística de Paolo Sorrentino o de Hugo Pratt?



La inquilina de Wildfell Hall
Anne Brontë, 1848
Editorial: Alba
Traducción: Waldo Leirós

Y digo yo que la menos gótica de las hermanas Brontë es también la más moderna, al juzgar por los temas que trata en esta novela y que hoy son absolutamente vigentes: la salud mental, la violencia de género y el escarnio público; el acoso, el engaño y la indefensión de la mujer ante la ley, el alcoholismo y sus consecuencias... Anne Brontë tuvo problemas para verla publicada (no por nada la firma en 1848 como Acton Bell, en coherencia con la práctica de las hermanas Brontë de utilizar sobrenombres masculinos para así lograr ver impresas sus obras) y es que el alto nivel de crudeza de los hechos narrados apenas queda mitigado por cierta moralina cristiana y la brillantísima prosa de su autora, perfectamente equiparable a la de Charlotte o Emily. Es cierto que su pulso narrativo no tiene el brío de aquéllas, pero ni siquiera esa cuestión, o la clara simpatía de Anne por los giros efectistas, puede empañar una maravilla así. 



Mientras agonizo
William Faulkner, 1930
Editorial: Anagrama
Traducción: Jesús Zulaika Goicoechea

William Faulkner recibió el Nobel de literatura en 1949, en reconocimiento por su obra. Si esta estuviese formada sola y exclusivamente por el capítulo central de Mientras agonizo —el único narrado por Addie—, temo que nadie se hubiese echado las manos a la cabeza.

Es esta una novela brutal en todos los sentidos, y desde la misma concepción de su tosca poética y de la miseria que impregna lo acontecido: una pobre familia del sur de Estados Unidos debe cumplir el último deseo de la madre muerta, que no es otro que ser enterrada en el condado de Jefferson, a 75 km de distancia. El traslado del féretro visto a través de los ojos de los múltiples narradores resulta en un poliédrico análisis de las mezquindades y egoísmos de los seres humanos. Una aventura épica salpicada de drama, humor negro y tragedia, cuando no del turbio terror, oscurísimo detritus de eso que se ha acostumbrado a llamar american gothic. En una novela tan elaborada, exigente y de técnica depurada como la de Faulkner, es lógico dejarse llevar por la multiplicidad de las interpretaciones, referencias y figuras; pero una vez pasada la última página no se puede obviar un hecho: este es uno de los más demoledores ataques que se hayan escrito contra la familia nuclear como institución. Y no se sirve de consignas efectistas, tampoco de zafiedad o provocaciones. Faulkner hace uso de ese arma poderosa que es la verdad. Y a través de ella desnuda la mentira existente en el mundo, con toda su truculencia moral. Enarbolar esa verdad que se halla entre sus personajes es algo al alcance de unos pocos elegidos.

Una lectura tan agradable como una caricia de esparto o una patada en la espinilla. E inolvidable por ello.


24.8.24

Diario XVII



Buenos días, tristeza 
Françoise Sagan, 1954 
Editorial: Plaza & Janés
Traducción: Noel Clarasó

Las buenas novelas son a menudo difíciles de categorizar, y ésta, que es por derecho propio un perfecto homenaje al hedonismo mediterráneo y a la frágil veleidad adolescente, tan pronto se transforma en ese verano idealizado con el que se sueña y que contadas veces se vive, -salvo en los años jóvenes-, repleto de salitre, oleaje y sudor; como se convierte en un melodrama de intensidad inusitada, sombrío y desangelado. El estilo de Sagan es irreprochable, y a él se le debe la facilidad con la que la narración cambia página tras página de humor; ese humor díscolo de Cécile con el que será muy complicado no identificarse, aunque sea a costa de desenterrar lo que creíamos ya olvidado.




Los miserables
Victor Hugo, 1862
Editorial: Alianza
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia

Son obras así las que justifican haber aprendido a leer. Las que, intuyo, demuestran de forma fehaciente que aquello valió la pena. Cómo no iba a ser así, con semejante despliegue de humanidad, de tanta erudición sin parangón que recorre las 1600 páginas de Los Miserables. Al igual que otras grandes obras de la literatura universal, esta novela es de esas que encierran muchas más; aquí hay un poco de folletín y otro tanto de ensayo histórico, de Nuevo Testamento y de Manifiesto Comunista. Es una aventura apasionada, un estudio social profundísimo, un lienzo que se eleva por encima de la vida misma de sus dramáticos personajes. Y en todos ellos Victor Hugo imprime una fuerza de espíritu que hace imposible no adorarlos; sufrir con ellos si es que sufren, reír con ellos si es que ríen. Contagiarse de la paz y el perdón que ansían.

De poco sirve ahondar en los detalles de una trama adictiva y muy sensible a los spoilers; toda una montaña rusa emocional. Y, claro, cuando el tren llega a la última parada, efectivamente el vacío es considerable. Así son lo grandes libros, dejan a uno con una satisfecha sensación de abandono. Así son estas despedidas: un asunto hermoso y triste al tiempo.

No puedo dejar de mencionar a Gavroche. Qué elemento, qué chaval.




La guerra no tiene rostro de mujer
Svetlana Alexiévich, 1983
Editorial: Debate
Traducción: Ioulia Dobrovolskaia y Zahara García González

“En la pared del Reichstag escribí: Yo, Sofía Kuntsévich, he venido hasta aquí para matar la guerra”

Es difícil imaginar que haya existido en toda la historia un lugar más inhumano y trágico que el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, parece que hasta ahora no hemos tenido a nuestro alcance información verdaderamente completa y veraz; sólo fragmentos sesgados, parciales y, finalmente, interesados. Por un lado el mundo occidental, sus historiadores y cineastas que durante años afrontaron el esfuerzo de endosar la victoria final sobre Alemania en hombros anglosajones. Por otro, el estalinismo y sus lodos, censura mediante, fiel a su idea de que en la Gran Guerra Patria sólo cabía la épica, el honor y el arrojo. El hecho de que este libro de Svetlana Alexiévich se antoje como una crónica definitiva de tal momento en la historia del S.XX no sólo justifica por sí solo todo un premio Nobel (un esfuerzo titánico el de la periodista bielorrusa, recorriendo miles de kilómetros en su país, en las cintas magnetofónicas, para hacer cientos de entrevistas) sino que lo convierte en experiencia inolvidable.

Un millón de mujeres combatieron en las filas del ejército rojo: francotiradoras, pilotos, tanquistas, enfermeras, zapadoras... y lo hicieron en Kursk, en Stalingrado, en el paso del río Dniéper, en Leningrado y hasta el asalto final a Berlín. Sus testimonios son únicos: hay que leerlos, por la sencilla razón de que jamás pudieron explicar su guerra anteriormente (llena de miseria, de sacrificio, de sangre; de generosidad, valentía, amor) y porque probablemente no exista retrato más fiel del inmenso horror que se vivió en Europa oriental desde 1941 hasta 1945.

La primera parte del libro es cruda (un detalle de entre tantos que muchas de ellas repiten es cómo se congelaba la sangre en los uniformes, haciéndolos duros como roca); el último tercio, sencillamente estremecedor. 

20.8.24

Diario XVI

Quizás, pensaba, debiera categorizar estas últimas entradas (y las que vendrán) como un diario de lectura. Pero es que no soy capaz de disociar la vida misma de los libros. 




La mucama de Omicunlé
Rita Indiana, 2015
Editorial: Periférica

Siempre que recomiendo Pedro Páramo, lo hago indefectiblemente con este consejo: léanlo dos veces seguidas. Pues bien, La mucama de Omicunlé comparte con la obra de Rulfo esa necesidad de lectura duplicada. Y no sólo eso, hay otra cosa más que las hermana: ambas son magníficas.
Rita Indiana saca músculo con una trama en extremo cuidada; inteligente en su engranaje de líneas temporales que giran, se yuxtaponen, confunden y, finalmente, se consumen al unísono en un final agridulce, brillante. No es fácil poseer una voz propia; aquí la hay, y sale airosa de la ambición que supone tratar temas tan dispares como la herencia cultural extinta, la critica política, el activismo ecológico, la identidad de género o la naturaleza del arte. Y, por si fuera poco, todo ello a través de la ciencia ficción y la distopía, para envidia del mismísimo Neal Stephenson. Homenajes y guiños a la cultura de masas, ya sea Dragon Ball o el pop de Abba, se suceden sin que las páginas pierdan un ápice de integridad. Eso es lo mejor. A Rita Indiana te la crees a pie juntillas, una baza que justifica por sí misma esta lectura.




La hija oscura
Elena Ferrante, 2011
Editorial: Lumen
Traducción: Edgardo Dobry

Elena Ferrante es una magnífica escritora, y es un placer situarla en mi panteón particular junto a nombres como Gornick o De Vigan, porque de hecho lo merece. Su prosa es delicada al tiempo que musculosa, exigente al tiempo que empática; leyéndola da la sensación de ser una autora capaz de enfrentarse a casi cualquier cosa con una seguridad granítica. Y estoy hablando de forma, pero el fondo también estimula. En el caso de La hija oscura, vuelvo a emparentarla con obras como Apegos feroces o Nada se opone a la noche, pues esta historia también trata de mitologías familiares, de arqueología emocional, de confesionario impío: Una madre que experimenta hacia sus hijas una animadversión a priori tan natural como habitualmente tildamos el sentimiento opuesto: amor incondicional hacia ellas. Una expiación de pequeño cosmos, de detalles de humanidad hiriente, y todo estructurado a una escala humilde, esas que sólo funcionan si detrás hay verdadero talento. 

A Elena hay que leerla siempre, y siempre recordaré esta obra como la que me descubrió a una de mis autoras contemporáneas más queridas. 




Anna Karénina
Lev N. Tolstói, 1877
Editorial: Alba
Traducción: Víctor Gallego

Si mañana mismo unos extraterrestres se presentaran en la tierra y quisieran entender sobre las pasiones que gobiernan las vidas de los seres humanos, sobre su naturaleza contradictoria y egoísta; si se preguntaran sobre la eterna insatisfacción de nuestros anhelos, sobre nuestra melancolía y sobre esa sombra que proyecta la muerte en nuestras almas, probablemente habría que recomendarles la lectura de Anna Karénina. Porque esa es la razón de ser de la novela: someter la imperfección del ser humano al preciso bisturí de Tolstói, desgajar el retrato psicológico de una galería de personajes perfectamente recreados para goce de la imaginación. Y en ese afán, su autor hace de esta una narración definitivamente inmovilista, cuyos protagonistas parecen ver continuamente coartados sus deseos y planes, dando una sensación cíclica de la acción; una acción contenida que a ratos hace amago de continuidad, pero que no va más allá para frustración de sus personajes y lector.

La prosa de Tolstói puede ser más práctica que elaborada, más económica que poética; sin embargo, docenas de pasajes se elevan sobre esa aparente sencillez: la escena en las carreras de caballos, el encuentro final entre Levin y su hermano, la descripción de los trabajos en el campo... Y por encima de todas ellas destaca la séptima parte por entero, esa disertación catártica de Anna que anticipa a Joyce, verdadero manifiesto de una misantropía que encierra sobre sí toda la fuerza de su personaje. Sólo por llegar a ella, intuyo que valen la pena estas 1000 páginas a ratos tan estancas.

17.8.24

Diario XV




Cicatriz 
Sara Mesa, 2015 
Editorial: Anagrama 

Qué maravilla, los flechazos. Así, inesperados; nunca dos iguales. Me pasó con Cicatriz, la primera obra que leí de Sara Mesa, y con la que supe que la autora sevillana me iría convirtiendo en un San Sebastián de la vida con cada nuevo libro suyo. De Cicatriz amo hasta su imperfección –el titubeante comienzo, los saltos temporales de un efectismo un tanto prosaico, el final anticlimático– porque no sirven sino para ensalzar un ejercicio de narrativa incisivo; desasosegante en la naturaleza de lo acontecido, deprimente en su descarnada (acertada) descripción de una relación tóxica cuya condición condensa toda la veleidad, indolencia, vanidad, dependencia e inseguridad que atenaza la forma en la que nos queremos. La novela transmite una profunda sensación de desamor, materializado de forma aséptica, bruta; reduciendo éste a una atmósfera análoga al edificio que Mesa describe en las primeras hojas. Tal vez esa era su intención, y esa escena su metáfora primigenia. Al pasar la última página aún no sabía que las materias primas de Mesa son precisamente las aquí presentes y que, para mi suerte, las iría esculpiendo con más perseverancia con cada nueva obra. 





Apegos feroces
Vivian Gornick, 1987
Editorial: Sexto Piso
Traducción: Daniel Ramos 

Vivian Gornick posee todos aquellos dones que puede desear una persona que se dedica a escribir libros. Y digo todos: Su prosa es elaboradísima; directa sin perder un ápice de elegancia, con una compostura de granito. Es, también, una narradora nata, dominadora del tempo y los espacios intersticiales que habitan entre las palabras; las reflexiones y los silencios resultantes. Y lo más importante, todo en ella emana autenticidad -piedra filosofal de la narrativa contemporánea, siempre tan afectada-. Además, su estilo intachable permite a la autora trazar una firme línea conductora del relato para apartarse de ella cuando le viene en gana con total naturalidad, sin perder coherencia. Y ahí reside el auténtico tesoro de estos Apegos Feroces, las pequeñas historias periféricas que, como fascinantes y misteriosos suburbios, la cicerone Vivian visita para dar un sentido más poderoso si cabe al eje principal. 

Reducir esta novela a la relación entre una madre y su hija sería de un simplismo imperdonable. Hay más, mucho más.




Las penas del joven Werther
Johann Wolfgang Goethe, 1774
Editorial: Alba
Traducción: Isabel Hernández

Werther encarna uno de esos arquetipos literarios que han nacido para perdurar en el tiempo y mantenerse vigentes, y que no es otro que el antihéroe romántico. Goethe, a medio camino entre la ficción y la autobiografía, sumerge al desventurado protagonista en ese escenario bucólico que apenas ha sufrido el maltrato del hombre, haciéndole pasear ensimismado entre árboles, ríos y animales plenos de esa dignidad que precisamente echa en falta en las estructuras de poder para las que se supone debe trabajar. Más aún, equipara sus pulsos pasionales con la fuerza descontrolada de la naturaleza, con su libertad y caótica inprevisibilidad. 

Llevado por las circunstancias y por su díscolo corazón, llega incluso a hermanarse emocionalmente con locos, vagabundos o presuntos asesinos, en una sublimación de ese espíritu malditista. Tal vez por eso no extraña que el amor imposible de Werther por Lotte, leitmotif de la novela, esa obsesión en apariencia inabarcable, sea también una pasión intransferible y reducida al paroxismo de un alma que, más que amar a otra persona (Lotte además resulta ser un personaje descrito con trazo grueso, plano y figurante), parece enamorada de su propia desgracia. Como un perro de caza que por fin alcanza su presa, no parece que Werther pueda concebir un destino mucho más allá de la improbable consumación amorosa; y así, una serie de símbolos e iconos a modo de mitología particular, (la cinta, los niños, el traje, los nogales...) que comparte con el objeto de sus obsesiones, son los que sostienen en su imaginario el cariño y el deseo, más que la existencia de una relación madura entre dos adultos. Porque sí, este también es un libro de pasión adolescente, para leer como adolescentes. Y quizás no sea mucho más. Pero, en su pretensión romántica elevada hasta el absurdo, es de lo mejor que se ha escrito.



16.8.24

Diario XIV

Ayer hablé de Delphine de Vigan y me supo a poco. Disfruté de ese placer raro que es regodearse en el recuerdo de una lectura imposible de reproducir. Cómo hacerlo, si la impronta inaugural de la palabra no sabe de imposturas. Su tajo es el más honesto de todos. Y qué preciso es a veces. 

Hablaré de esa huella, y de algunas más. (O, dicho de otro modo, el rescate de todo lo que escrito sobre mis lecturas desde el año 2017)




Nada se opone a la noche 
Delphine de Vigan, 2011 
Editorial: Anagrama 
Traducción: Juan Carlos Durán

En un momento dado del relato, Delphine hace alusión al término ‘mitología familiar’, a ese panteón que contiene todo el conjunto de experiencias y hechos que explican la construcción de relaciones y vínculos; del propio carácter de las personas implicadas en unos lazos irrenunciables. En ese relato a ratos terrible, a ratos pleno de luminosidad, —y en el que subyace una inenarrable desazón—, es sencillo verse identificado, ya que la familia de Delphine es un reflejo de todas esas familias cuya idiosincrasia era ubicarse en una Europa por renacer; padres y madres inexpertos en el manejo de los sentimientos y las emociones, generadores de dolores y dramas atávicos. Pero Nada se opone a la noche no es sólo esa novela rebosante de autenticidad, ya de por sí un logro formidable, es también un homenaje a la escritura como único medio para alcanzar la verdad que habita en nosotros. 

Su lectura deja tras de sí a un personaje memorable de carne y hueso como es Lucile, y la profunda sensación de que jamás olvidaremos su historia. Qué huella indeleble.




Cumbres Borrascosas
Emily Brontë, 1847
Editorial: Alba
Traducción: Carmen Martín Gaite

Uno de los grandes enigmas de la literatura yace en torno a la idea que llevó a la extraña categorización de Cumbres Borrascosas como paradigma de la novela romántica. Entendiéndose romántica no como el movimiento cultural al que efectivamente las hermanas Brontë estaban circunscritas, —sin duda bebieron más de una vez de Byron o Mary Shelley— sino como género que hace las veces de receptáculo de historias cuyos equívocos, aventuras y enredos amorosos son las base del caldo. Y, si bien la terrible relación que se establece entre esos dos seres vivos que, en palabras de la narradora 'no parecían pertenecer a mi especie', está motivada por lo que alguien pudiera llamar amor; la naturaleza enfermiza, fantasmal y destructora del pulso que gobierna sus vidas no es otra cosa que asfixiante horror gótico, un torrente de oscuridad que envuelve al lector con la misma avidez que la niebla engulle el brezo y las rocas desnudas de los páramos de Yorkshire. 

Heathcliff encarna, como bien señala Lovecraft en su ensayo sobre literatura de terror, el escalofrío ante lo desconocido; un niño sin pasado, de oscuro aspecto que apenas sí sabe expresarse en una extraña jerga, y con el que Emily juega extraordinariamente la carta de la narradora: ¿Dónde consiguió su riqueza?, ¿qué busca incesantemente en sus escapadas nocturnas?, ¿a qué dedica esas interminables horas encerrado en sus aposentos? Tan sólo podemos elucubrar. Lo sobrenatural invade la novela, y el vehículo con el que alcanza a todos sus protagonistas es el propio Heathcliff, atormentado hasta el paroxismo y la locura. No son pocos los ensayos y análisis que interpretan esta historia como un primerizo cuento sobre vampirismo. Tan vez no estén muy equivocados.

Cumbres Borrascosas es una novela única, fruto de un genio magnífico como fue el de Emily Brontë, cuya pluma de inmensa categoría dibujó a través de unos personajes inolvidables el infierno resultante de la pasión descontrolada y del egoísmo humano, como pocas veces se ha hecho. Y, por si eso fuera poco, tiene algo más: Es de esas que te agarran para no soltarte, sí, tal vez como aquella mano fantasmal a través de la ventana, suplicando entrar...




Las vírgenes suicidas
Jeffrey Eugenides, 1993
Editorial: Anagrama
Traducción: Roger Costa

Hay algo francamente gótico en esta novela; tal vez el misterio de las vidas de las hermanas Lisbon, intuidas, etéreas y carnales al tiempo; tal vez la atmósfera que despide el receptáculo físico de su universo, esa vivienda cuya decadencia material refleja esa otra espiritual, la de sus habitantes. Es posible que sea cosa también del empeño de Eugenides en empapar al lector con el aroma, los colores y sabores de la triste naturaleza que embarga ese exiguo espacio habitable de Michigan. Como ocurre en Nada se opone a la noche, la narración en primera persona nos hace partícipes de unas vidas tan melancólicas como atractivas, de las que apenas hemos podido saciarnos.

En las páginas finales, la novela habla del egoísmo como postrero ímpetu de las hermanas en la consecución de sus muertes; tal vez ese egoísmo también sea el de los espectadores, ávidos de unas existencias que, pese a su brevedad, parecían dotar de contenido a las propias, tan prosaicas y aburridas.


15.8.24

Diario XIII




Leí este libro porque no dejaba de recordar a mi abuela muerta. Acordarme no es en realidad el verbo más exacto y, consciente de ello, pensé que De Vigan podría ayudarme a poner en palabras más adecuadas la naturaleza precisa de mi congoja. Y así ha sido. Además, ya sólo quiero escribir sobre libros. En realidad, dado el carácter holístico de eso que llamamos literatura, suena a un eufemismo premeditado. Y así es. 

Las gratitudes es un libro pequeño, urdido con ese lenguaje en apariencia sencillo de la autora francesa. Pequeño si atendemos al número de páginas, pequeño en sus ambiciones. Me lo habría tomado mal de otro modo, si me hubiese topado con la impostura de lo afectado, del exceso. No, no (le) hace falta. Vejez, memoria. Deudas. Y esa absolución que quién sabe lo terrenal que puede ser. 
La ausencia que resulta de la muerte es irresoluble, pero las lágrimas por ésta pueden ser suaves, si la palabra lo permite. Yo las tuve para ella. Disfruto de esa paz.
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