Mi madre adoraba el Concierto de Año Nuevo. Recuerdo bien sus palmas acompañando la Marcha Radetzky, despertándome, sacándome de la cama tras una Nochevieja prolongada. Era la época de la vigilia. La de una renuncia consciente de lo indispensable para abrazar lo superfluo, que al cabo, es la adolescencia y su detritus. En eso pensaba al pasar las páginas de esta novela de título evocador, y que habla de lo perdido. De lo que ha sido, fue. De la desaparición, la extinción de un tiempo que no halla en el futuro su prolongación natural, porque no arraigó la semilla, ni la palabra, ni el afecto a la descendencia de las cosas.
No hay manera de trazar esa línea, de enhebrar el hilo, sin temblor, sin vértigo. El vértigo de la distancia que separa el verbo de madres, padres; hijos, hijas. Y la vida tiene mucho de esto, que es exactamente de lo que habla Roth. O, al menos, de lo más importante. Las generaciones trastabilladas, perdidas en un laberinto propio, de muros demasiado altos como para divisar al otro. La historia de la familia Trotta es consecuencia de su tiempo, pero no exclusiva de él. Y yo siento que vivo en esa pérdida de referentes, de asidero firme. Este ya no es mi tiempo. Mi generación ya no doy forma al mundo, como lo hacía entonces, porque la juventud es hoja de ruta, incluso para los excluidos. Precisamente en esa adolescencia extraña, en el miedo profundo a la incertidumbre, en la impostura, nombrábamos todo lo que existía. A mí me resulta una triste ironía. Qué tarde llega la sinceridad y el amor a las cosas ciertas. Y así se siente, digo yo, Carl Joseph. Y ojalá que también sea el caso de su padre, Franz.
Es curioso cómo una novela escrita en los años treinta sobre la decadencia del Imperio austrohúngaro pueda resonar tan profundamente en alguien que no vivió ni su época ni su geografía. Pero la forma en que las familias y los lazos se disuelven es la misma: no lo hacen con una explosión, sino con una lenta evaporación de sentido, de gestos; de deberes y creencias.
Roth no escribe desde la urgencia. Su narrador observa con distancia, como quien registra una desaparición ya asumida. La historia de Carl Joseph es la de un hombre desplazado, que no entiende su tiempo ni a sí mismo, atrapado en una obediencia vacía. Lo más trágico es que nadie en la novela parece capaz de articular ese fracaso; simplemente lo viven, como se observa el desgaste de un engranaje. La coreografía se quedó sin música. Ya no hay partitura, pero siguen bailando.
Se cierra el libro con la misma sensación que deja una casa deshabitada: las habitaciones aún llenas de muebles, pero sin nadie ya que se siente en ellos. Y, seguido, una búsqueda tristísima de lo que permanece. No de la historia como tal, sino del vértigo al constatar que, tarde o temprano, lo que amamos también dejará de tener nombre.
La Marcha Radetzky
Joseph Roth, 1932
Editorial: Alba
Traducción: Xandru Fernández
