26.10.26

Diario LXIV




Crimen y castigo

Fiódor M. Dostoievski, 1866
Editorial: Alba
Traducción: Fernando Otero Macías

Uno, a veces, decide sobre sus filias a base de autoridad. No siempre es el empeño de nuestra naturaleza, ineludible e irrenunciable, el que traza el camino del placer. A veces, decidimos que sea así, y no de otro modo: hay una voluntad muy concreta, espoleada en ocasiones por ese deseo tan propio de la juventud que es apuntalar el carácter, darle brillo y cariz. Y, como cualquier otro placer, el de la lectura no es inmune a esos esfuerzos. En mi caso, al trazar el recorrido de ese empeño literario, siempre resuena el nombre de Dostoievski.

Descubierta Noches blancas, y ante el profundo impacto que me provocó su lectura, asumí como una necesidad imperiosa la lealtad al autor ruso y, por tanto, la obligación de abordar todas sus obras con prontitud. La segunda en mi lista no pudo ser otra que Crimen y castigo, dada su condición de clásico entre los clásicos, no reñida con su fama más allá de los círculos sesudos. La primera lectura, sin embargo, fue frustrante y me dejó con más dudas que hambre. ¿Era este el mismo escritor que hablaba de jóvenes soñadores y damas tímidas a orillas del Nevá? Pero asumí la cuestión con pragmatismo: solo se trataba de un malentendido, de un traspiés inocuo. Volvería a esas páginas con prontitud y haría honor a mi autor favorito.

La oportunidad llegó con una nueva edición de Debolsillo, esta vez pagada de mi bolsillo (risas). El recuerdo de esa segunda acometida está en mi cabeza opacado por un velo traslúcido, provocado por las circunstancias de su lectura, que se dio durante los viajes —largos— en el Bilmanbus, donde la frontera entre la vigilia y el sueño es muy relativa, gracias a la legendaria “comodidad” de los asientos. Le tengo cariño a ese librito, aunque tampoco era la suya una traducción ejemplar, pese a ser directa del ruso. No. Tenía que llegar la mejor de las editoriales para hacer justicia. Y en 2017, Alba Editorial publicó Crimen y castigo en su colección Alba Maior.

El drama de Raskólnikov adquiría ahora, en esas lujosas páginas, otra dimensión. Ya asumida plenamente la faceta psicoanalista de Fiódor gracias a Memorias del subsuelo o El jugador, el conflicto interior alcanzaba ahora niveles de angustia y complejidad llevados al paroxismo. Y el escenario, siempre tenido en cuenta por el escritor, tomaba parte de forma activa en cada digresión y monólogo del protagonista, desde el cuchitril que le sirve de hogar hasta los bajos fondos, pasando por los bares y viviendas y, en general, toda la orografía urbana de San Petersburgo.

Dostoievski se muestra meticuloso, se toma su tiempo. Desea apelar a todos los sentidos del lector, de manera que el hacha de Raskólnikov pese con su acero, que la sangre manche, que la piel transpire y que los espacios se empequeñezcan, atravesados por un olor febril. El piso de madera cruje bajo los pasos, las voces de los protagonistas se quiebran a ratos. El alcohol apesta, a veces tanto como los juicios de valor que salpican las ensoñaciones y reposan en la almohada empapada de sudor.

No sé cuánto de esta reconciliación con Crimen y castigo debo a la magnífica traducción de Alba a mano de Fernando Otero, y cuánto a los años transcurridos entre aquellas primeras lecturas y esta última. Sospecho que ambas cosas han tenido algo que ver. Al fin y al cabo, uno no vuelve nunca al mismo libro, por mucho que se empeñe. Y quizá haya cierta justicia poética en que aquella admiración que me impuse casi por decreto haya terminado convirtiéndose en algo tangible y verdadero. 


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