Frankenstein, o el moderno Prometeo
Mary Shelley, 1818
Editorial: Valdemar
Traducción: Francisco Torres Oliver
De vuelta a estas páginas inmortales, en la flamante edición de Valdemar, la primera sensación que me invade es la sorpresa al refrendar la enorme distancia que hay —y siempre hubo— entre la obra de Mary Shelley y las innumerables adaptaciones cinematográficas a las que dio lugar. Incluso aquellas que utilizan el nombre de la autora británica como marchamo de fidelidad terminan sucumbiendo, en mayor o menor medida, a una iconografía que pertenece mucho más al cine que a la propia novela.
Porque lo cierto es que el deleite plástico por el body horror es de muy baja intensidad en Frankenstein. Ni siquiera el momento decisivo, aquel alrededor del cual se ha levantado toda una mitología de laboratorios, electricidad, cadáveres y tormentas eléctricas, parece interesarle demasiado a Shelley. La creación de la criatura sucede casi mediante una elipsis: hay instrumentos, estudio, materia muerta… pero todo adquiere cierta vaguedad en sus páginas. No hay concreción. Por mucha inspiración científica y por mucho nombre propio rimbombante —Cornelio Agrippa, Alberto Magno, Paracelso— con que vista las investigaciones de Victor, la jovencísima autora está mucho más obsesionada con la fábula moral que con la especulación técnica. También, desde luego, con el deleite gótico: con esa naturaleza sublime, desmesurada y hostil que acompaña constantemente a los personajes y en la que Shelley vuelca no pocos de los estímulos cosechados durante sus peripecias europeas junto a tan notables compañeros. Pero ese ropaje profano encierra a su vez un asunto extraordinariamente moderno: la creación de vida como apropiación humana de una potestad divina.
De hecho, a poco que uno lo piense, resulta más fácil relacionar Frankenstein con las distopías y los dilemas morales planteados siglo y medio después por Philip K. Dick que con buena parte del horror gótico coetáneo de Shelley. En ese sentido, Frankenstein puede leerse también como una tempranísima advertencia sobre los peligros del conocimiento o, siendo más precisos, sobre los peligros de un conocimiento desligado de cualquier responsabilidad. Hay algo de epitafio prematuro del sueño ilustrado aquí: la sospecha de que el progreso científico puede fracasar en su promesa de salvación. Shelley escribe mucho antes de que el siglo XIX despliegue por completo su fe en la ciencia, la industria y la técnica, y muchísimo antes de que el XX demostrase hasta qué punto esas mismas herramientas podían ponerse al servicio de la destrucción industrializada. La Primera Guerra Mundial convertiría aquella sospecha en una evidencia aterradora.
La mujer que escribió Frankenstein
Esther Cross, 2013
Editorial: Minúscula
Esta dimensión de la novela adquiere un relieve especial después de leer La mujer que escribió Frankenstein, el ensayo de Esther Cross. Que no es que lo diga yo —o quizá ahora sí—: Cross se mueve precisamente alrededor de algunas de estas cuestiones mientras reconstruye la vida de uno de los personajes más sorprendentes del siglo XIX.
Mary Shelley tuvo una existencia de película. Literalmente: hace unos años se le dedicó una, bastante edulcorada en mi opinión. Es además una biografía bien conocida por el fandom: la hija de Mary Wollstonecraft y William Godwin; la relación con Percy Bysshe Shelley; la huida de ambos; Byron; Claire Clairmont; el célebre verano de 1816 en Villa Diodati; los amores, las pérdidas, los escándalos y los excesos de una pandilla de románticos que parecen haberse empeñado en convertir sus propias vidas en una extensión de su literatura. En ese terreno, el libro de Cross difícilmente puede sorprender a quien llegue con la lección aprendida. Y, aun así, es difícil sentir decepción al pasar la última página.
Porque La mujer que escribió Frankenstein no se limita a diseccionar las pasiones de su protagonista —y “diseccionar” parece aquí un verbo especialmente apropiado—, sino que presta mucha atención a las fuentes más macabras de su imaginación. En la privilegiada cabeza de Mary Shelley había médicos, anatomistas, experimentos con electricidad, discusiones sobre el principio de la vida y una sociedad fascinada por las posibilidades de una ciencia que avanzaba a una velocidad desconcertante.
Y había cadáveres.
La medicina moderna necesitaba cuerpos para estudiar anatomía y enseñar cirugía, y la demanda superaba con mucho las vías legales para conseguirlos. Alrededor de las salas de disección prosperó así un comercio clandestino de muertos, tumbas profanadas y cuerpos convertidos literalmente en materia prima del conocimiento. Cross se detiene en ese subsuelo material y macabro de la ciencia de principios del XIX, y ahí está, para mí, la verdadera chicha del asunto. O la carne, por emplear un término más adecuado al contexto.
La extraordinaria posteridad de Frankenstein ha terminado convirtiendo al monstruo en una de las grandes imágenes del terror occidental, pero quizá esa sea también una pequeña injusticia. Porque el verdadero hallazgo de Mary Shelley no fue imaginar un monstruo hecho de pedazos de carne. Fue comprender que algún día seríamos —y ese día ya ha llegado— capaces de crear cosas cuyas consecuencias no sabríamos —o no querríamos— asumir.
Y para escribir eso tenía diecinueve años.

