22.9.24

Diario XXVI



Entre visillos 
Carmen Martín Gaite, 1958 
Editorial: Austral 

No sé si llamar a esto un reencuentro con la literatura de Martín Gaite, puesto que la última vez que la leí yo iba a bachillerato, y apenas recuerdo nada de aquella experiencia, si es que me dejó algo. Y lo prefiero así. Porque no encuentro nada que pueda empañar la sorpresa de leer por vez primera Entre visillos, y aceptar de buen grado la que sin duda será una de mis novelas preferidas del año. Es que es una maravilla. Y sí, tiene esas cosas que te hacen pensar en Nada, de Laforet (ambas premio Nadal) al igual que un arquear de cejas ante ciertas sutilezas que, quizás por serlo, pudieron esquivar la censura –aquí Emily Roberts me ha arrojado un poco de luz–. Pero de lo que más anda sobrada esta historia de provincias es de corazón; como el que se queda roto ante tanta vida desmenuzada, tanta existencia acotada por una realidad que seguiría siendo negra para la sociedad española durante unos cuantos años más. O como el de unas muchachas casi siempre resignadas, cuya moneda de cambio es el tedio y la falta de expectativas. Martín Gaite proporciona esa dosis de esperanza en el carácter de Natalia, algo así como el caramelo final del que hablaba Wilder, para no dejar demasiado amargado al lector. Y lo agradezco, aunque no me lo crea demasiado. 

Si todos sus libros recrean personajes con tanta maestría y sobriedad, si se saca de la manga estructuras poderosas como aquí, pues supongo que habrá que seguir leyéndola.




H.P. Lovecraft contra el mundo, contra la vida
Michel Houellebecq, 2006
Editorial: Anagrama
Traducción: Encarna Castejón

Leído en menos de 24h, un dato que arroja un poco de luz (¿luz, aquí?) sobre lo que puede encontrar un meridiano lector de la obra de HPL en este ensayo. Breve, ciertamente, pero en el que no falta una coma. Incluso la introducción de Stephen King es deliciosa. Y, bueno, se trata de un libro escrito por Michel Houellebecq hablando de la vida y hallazgos del creador de Cthulhu; no hay alma misántropa que pueda sentirse decepcionada aquí, es sencillamente imposible.

Todas aquellas personas que encontraron en la literatura, y especialmente en la que da la espalda a esta realidad para sumergirse en otras más estimulantes —o terroríficas; en el caso que nos ocupa, viene a ser lo mismo— una vía de escape ineludible, disfrutarán de un análisis y reflexiones sobre la naturaleza de los Mitos y su creador que no admite queja. Lectura brutal, que deja esa semilla de inquietud terrible al sentirse identificado en tantos aspectos con un personaje que despreciaba la propia naturaleza de su especie de forma tan visceral. Pero algo tendría para fascinar a lectores que, irónicamente, ni siquiera lo habían leído aún. El aura de su vástago precedía sus artes. Y cuando se llega por fin a estas, no hay vuelta atrás posible.

Parafraseando una de las líneas del libro, “no sabía que la literatura podía hacer esto, y aún no estoy muy seguro de que pueda”



Los desposeídos
Ursula K. Le Guin, 1974
Editorial: Minotauro
Traducción: Matilde Horne

Me resulta difícil creer que alguien pueda leer de esta novela sin reparar, aunque sea por un segundo, en la enorme altura moral de su autora, Ursula K. Le Guin. Como Charlotte Brontë o Victor Hugo, el suyo era de esos corazones capaces de insuflar tal dosis de dignidad al ser humano, como para dudar seriamente de encontrarla de forma tan prístina fuera de estas páginas, en esta realidad nuestra algo decepcionante.

Los desposeídos es literatura de ciencia ficción, porque no podría ser de otra forma; no hay otro marco que pudiera asimilar las enormes ambiciones que vuelca la autora de esta historia, no existe ningún otro género capaz de aceptar el reto. Porque aquí hay política y filosofía; ciencia y antropología; amores y odios. Y como toda buena escritora, lleva estos asuntos hasta el centro mismo de los personajes, hasta su profundo relato lleno de humanidad, preguntas, anhelos; en resumen, lleno de poesía.

Cuántas veces hemos leído sobre distopías terribles, futuros aciagos y extinciones irresolubles; ingredientes muchas veces inherentes a la ciencia ficción. Cuántas veces hemos visto en esas visiones un sobrecogedor aliento profético. Sin embargo, Le Guin es más esperanzada que todo eso (que no optimista). Y, de algún modo, en su empeño de transmitirnos, explicarnos sobre esa suerte de sociedad anarquista imperfecta, sobre sus deseos de futuro, sobre su búsqueda de un equilibrio imposible entre la libertad individual y la hermandad desinteresada, la autora americana va y escribe una de las mejores novelas del género. De cualquier género. De la literatura.

Hay libros de los que se sale siendo distinto a cuando se entró. Los desposeídos es uno de ellos.

20.9.24

Diario XXV




La llamada de Cthulhu y otros cuentos
H.P. Lovecraft, 1919-1928
Editorial: Alianza
Traducción: Francisco Torres Oliver, Aurelio Martínez Benito  

El afán revisionista por la obra de Lovecraft me lleva esta vez hasta un singular volumen dentro del catálogo de Alianza Editorial, uno de los principales hogares del genio de Providence para el público hispanohablante. En realidad, esta selección no pertenece a la colección de Lovecraft como tal, sino que responde más bien a una serie de títulos de carácter introductorio, dedicados a diversos autores. Tal vez por eso los cuentos escogidos materialicen una propuesta muy heterogénea, repasando en cierto modo casi todas las fases por las que pasó el autor a excepción, quizás, de su ciclo onírico. Así, hay relatos plenamente deudores de Poe y su interpretación de la expresión gótica como El extraño o policiaca, como Aire frío, y también otros representativos de su fantasía inconmensurable y su capacidad como creador de cultos y atmósferas: el primerizo Dagón, el magnífico La música de Erich Zann (uno de mis relatos favoritos) o el arquetípico La llamada de Cthulhu.
Lovecraft no siempre alcanza la excelencia, como demuestra un predecible Arthur Jermyn, pero difícilmente pierde efectividad incluso en sus historias más prosaicas.

Leyendo de nuevo su obra, es inevitable señalar cómo las fobias y fantasmas que rodearon su infancia y juventud, dan forma a muchos de sus recursos, su mundo personalísimo. "Es posible percibir a Howard Lovecraft como un barómetro insoportablemente sensible del miedo en Estados Unidos", dijo Alan Moore.

Tristemente, esas fobias también se transformaron en un profundo desprecio por lo extranjero, acaso una suerte de racismo endogámico, consecuencia de su nostalgia por Inglaterra y su rechazo a la naturaleza ‘inmigrante’ de Estados Unidos. El propio Lovecraft solía decir que no había sentimiento más poderoso que el miedo a lo desconocido. Sin duda él lo vivió en sus carnes, y este conjunto de relatos da buena muestra de ello, para bien y para mal.




En las montañas de la locura
H.P. Lovecraft, 1936
Editorial: Acantilado
Traducción: Miguel Temprano García 

En las montañas de la locura es, muy probablemente, la primera novela ‘adulta’ que leí, tal vez con 15 o 16 años. Lo hice en la edición de Alianza, que incluía también La casa maldita y Los sueños de la casa de la bruja. No sé muy bien qué me llevó hasta ella. Tal vez fue esa magnética -seductora al tiempo que terrible-, cubierta diseñada por Daniel Gil la que me llamó la atención, la que me invitó a asomarme a un espacio que parecía de algún modo vedado, que supuraba ocultismo sin saber muy bien entonces de qué se trataba eso exactamente; quizás fueron los guiños que tan a menudo dejaron en sus temas un grupo llamado Metallica, y que hablaban de seres innombrables, de miedos atávicos e inconcebibles. Un terror que no se parecía en nada a cualquier otro que uno pudiera imaginar.

Leída tanto tiempo después, apenas recordando ciertas escenas y rigurosas descripciones, mi impresión sigue siendo muy parecida: Qué imaginación desbordante. Qué fascinante poder evocador. Lovecraft, como ya antes lo habían hecho las Brontë, confeccionó un mundo de complejidad y variables superlativas apenas sin salir de sus cuatro paredes. Un espacio, tanto en fondo como en forma, con sus propias reglas. Más que nunca he encontrado en sus ademanes y naturaleza retórica esa semilla pulp, ese anhelo de llevar un paso más allá la materia prima de Poe, anabolizarla hasta el punto de equilibrar las herramientas del terror psicológico con el puro deleite plástico. Si H.P. Lovecraft ha sido y seguirá siendo una fuente de inspiración para cineastas como John Carpenter, diseñadores de juegos de rol o bandas de Thrash Metal, es precisamente porque ningún otro escritor ha tenido la capacidad de convertir en literatura aquello que mucho después difícilmente habríamos siquiera imaginado exportar a dicha disciplina sin su existencia. Recorrer el camino inverso parece del todo imposible. Y sin embargo es a donde pertenece; el verdadero espacio de su mundo es el papel. 

Aunque fue mi primer contacto y me enganchó a su causa hasta los restos, jamás se me ocurriría recomendar En las montañas de la locura como introducción a su obra. Se trata de un relato denso, abarrotado de interminables descripciones; a ratos mutando en un tratado de antropología alucinante, cuando no en ensayo. Inicio y final son vertiginosos, e introducen su buena dosis de body horror, pero en términos generales el autor se muestra exigente con la atención de su audiencia. Bueno, él tampoco fue nunca muy amigo “de venderse”. Así lo explicaba Michel Houellebecq:

«En cuanto a sus obras, no le reportaron prácticamente nada. De todos modos, no le parecía conveniente hacer de la literatura una profesión. Según sus propias palabras: "Un caballero no intenta darse a conocer, lo deja para los egoístas arribistas y mezquinos". Claro, quizá sea difícil apreciar la sinceridad de esta declaración; puede parecernos producto de un enorme tejido de inhibiciones, pero al mismo tiempo hay que considerarla como la aplicación estricta de un código de conducta caduco al que Lovecraft se aferraba con todas sus fuerzas. Siempre quiso verse como un gentilhombre de provincias, que cultiva la literatura como una de las bellas artes, para su propio deleite y el de algunos amigos, sin preocuparse por los gustos del gran público, los temas de moda o cualquier otra cosa por el estilo. Un personaje semejante ya no tiene cabida en nuestras sociedades [...]. En una época de mercantilismo enloquecido, es reconfortante encontrar a alguien que se niega con tal obstinación a “venderse”».

En fin, que no sé si he dicho ya que es imprescindible.




El caso de Charles Dexter Ward
H.P. Lovecraft, 1927
Editorial: Acantilado
Traducción: Miguel Temprano García 

«No invoquéis nada que no podáis controlar»

Quizás la menos lovecraftiana de las novelas que escribió o, al menos, una de las más clásicas en su fondo y forma. El caso de Charles Dexter Ward deja de lado (parcialmente) el mundo de los Mitos, y se centra en elaborar una trama puramente detectivesca donde se mezclan la nigromancia, el vampirismo y el ocultismo. A ratos pareciera que el autor de Providence homenajeara aquí a clásicos como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Frankenstein o El retrato de Dorian Gray, retomando el tema del “doble” o de la transgresión de los límites humanos, pero haciéndolo a su manera.

Y su manera es llevar todo a un nivel superior en cuanto a turbación y desasosiego, especialmente en los pasajes que transcurren en ciertas catacumbas. Nunca H.P. Lovecraft se inclinó más por la insinuación, en detrimento de la materialidad que le caracteriza.

De sus mejores obras; más elegantes y pulidas, y una buena elección para estrenarse con el autor. La traducción de Acantilado, magnífica.

18.9.24

Diario XXIV

 



Desayuno em Tiffany's 
Truman Capote, 1958
Editorial: Anagrama
Traducción: Enrique Murillo

Nunca he sido un entusiasta de la adaptación de Edwards, ese clásico de 1961, mitologías totalmente justificadas aparte. Sin duda es de esas películas que se ven con agrado, que resultan al final como un cómodo sillón orejero; amable y romántico. Pero tal vez eso es, precisamente, lo que tengo que reprocharle; esa amabilidad impostada que es inexistente en el cuento de Capote, y por lo que seguramente a partir de ahora me guste un poco menos —la película— Y nada que decir de Hepburn, aunque George Peppard sea un pan sin sal.

La cuestión es que en este cuentito cortísimo todo gira casi de forma exclusiva en torno a Holly Golightly. El escritor, que parecía tener un papel relevante en la película, aquí es un mero narrador que apenas pone un poco de sí mismo en esa mirada melancólica hacia la que fue su vecina del piso de arriba. Holly, personaje construido con una maestría sin igual, es de esos seres humanos cuya naturaleza magnética resulta imposible de domar. ‘Viajera’, reza como profesión en su buzón. Itinerante. Desesclavizada de todo lugar, persona, familia. Capaz de dar de sí misma grandes porciones de candor, pero autónoma a cualquier precio. Aunque el término sea insoportable, se trata de lo que se hace llamar ‘un alma libre’. Y en la película queda traicionada esa naturaleza de la forma más pueril. La coherencia interna de un personaje, esa que hace que creas en él y conocerlo, es granítica en el relato de Truman, y lo que hace de la lectura algo bastante inolvidable.

En fin. Mancini y Givenchy es maravilla, pero lean el cuento.




El fin del «Homo sovieticus»
Svetlana Aleksiévich, 2013
Editorial: Acantilado
Traducción: Jorge Ferrer

La historia del S.XX es, en cierto modo, la historia del auge y caída de la Unión Soviética. Así lo ven estudiosos de la talla de Eric Hobsbawm y otros tantos, y no me parece que anden muy equivocados. Ignoro si Svetlana es de esa opinión, pero el hecho de que la premio Nobel haya dedicado tan titánico esfuerzo a registrar y dar voz a semejante cantidad testimonios, me hace pensar que existe un sentido de reparación, de justicia poética tras su grabadora y su pluma.

El fin del «Homo sovieticus» es, por encima de todo, un fresco del dolor como condición humana. Cientos de esos humillados y ofendidos que anticipó Dostoievski hablan aquí (a veces por vez primera) del drama terrible de su existencia en la URSS: el Gulag y los campos de trabajo en Siberia, las purgas estalinistas; pero también la nostalgia por el comunismo y los logros de una nación desaparecida, el desamparo y desarraigo de una ciudadanía que es incapaz de comprender el mundo capitalista y amaba unos valores inmateriales; los conflictos armados de extraordinaria crueldad en Armenia, Chechenia o Tayikistán que destaparon unas diferencias étnico-religiosas que parecían haber desaparecido bajo el martillo y la hoz... un libro durísimo. Y sin embargo, lo mágico de Aleksiévich es que la principal sensación; la más concluyente que se encuentra tras la lectura de sus obras, es el de un profundo amor por la vida.




Los días del abandono
Elena Ferrante, 2002
Editorial: Lumen
Traducción: Nieves Burell López

A Elena Ferrante no parece costarle demasiado escribir bien. Su capacidad de alcanzar sutiles momentos de introspección o impías confesiones; de dejarse arrastrar por barrocos soliloquios y mecerse en el lenguaje, jamás le impide contar una historia. Esa historia puede ser más o menos convencional, como en estos ‘Días del abandono’ que parecen tratar, como tantas otras veces se ha tratado antes en la literatura, del duelo tras la ruptura. Ah, pero qué error fatal cometeríamos al relacionar a Elena Ferrante con nada que pueda ser convencional. Para dejarlo bien claro, en el ecuador de la novela, la autora italiana parece imbuirse del espíritu de toda una Clarice Lispector, y convertir el receptáculo donde transcurre la vida de nuestra protagonista Olga en una despiadada prisión donde cada ángulo parece firme candidato a herir carne y alma. El eco de su sufrimiento retumba en el andamiaje de la propia historia que nos es contada, construyendo verdaderos momentos de tensión marca de la casa, amenazantes como una cuerda de piano a punto de romper. Es esa especie de liturgia del dolor físico lo que la emparenta a ratos con la magnífica ‘La hija oscura’, además del uso de escalpelo para desnudar al ser humano hasta el hueso, y que en el caso de Ferrante es de un filo excelente. A esta mujer hay que leerla siempre.


17.9.24

Diario XXIII


Un amor 
Sara Mesa, 2020
Editorial: Anagrama

Que Sara Mesa tenga en la literatura de terror uno de sus principales referentes queda perfectamente claro al terminar la lectura de Un amor. Pero, a diferencia de Lovecraft, que hablaba de lo desconocido como principal semillero de horrores atávicos, Mesa sabe perfectamente que el verdadero miedo se proyecta desde los semejantes. Desde otro ser humano. Y que nada podrá existir más merecedor de nuestros recelos.

En realidad, esta novela no es muy distinta de Cicatriz o de Cara de pan. Aquí la materia prima es la misma y, como en aquéllas, hay un torrente de inquietud que recorre el subterráneo de todo su andamiaje narrativo, de todo lo contado. Hay que congratularse cada vez que nos damos de bruces con una autora que trata al lector así, que lo dignifica huyendo de cualquier recurso prosaico, cualquier palabra de más; cualquier subrayado innecesario: Sara Mesa transita la sordidez sin caer jamás en sus brazos, y esa es la razón por la que, en sus novelas, hay una asfixiante sensación continuada y malévola de que algo terrible va a ocurrir. Una tensión amenazadora capaz de saltar por los aires en cualquier párrafo. Sara te agarra, te hace sudar, y suerte tenemos de que lo haga en no demasiadas páginas, porque pasar más de estas casi doscientas en el pueblo de La Escapa se antoja demasiado. Un espacio con esa aparente apacibilidad que de forma inconsciente otorgamos al mundo rural, pero que rezuma muda hostilidad y rechazo. Puede que haya amor aquí, pero en ese reverso cuyo residuo sólo contiene incomprensión, desamparo.

Escuchando la voz de Nat, no podía parar de recordar aquel físico bajito y enemigo del conflicto que encarnaba Dustin Hoffman en Perros de paja. Como Peckinpah, Sara Mesa se revela como una absoluta conocedora del alma humana y sus rincones, acaso los más oscuros. Tal vez esa no sea la única razón que la convierte en una magnífica escritora. Pero, desde luego, es de las principales.



La conjura de los necios
John Kennedy Toole, 1980
Editorial: Anagrama
Traducción: José Manuel Álvarez, Ángela Pérez

Tengo la sensación de haber conocido a más de un Ignatius J. Reilly durante mi existencia: pedantes personajes de lengua larga y verbo ágil; auténticos cúmulos de taras afectivas, egolatría mal entendida y frustración, grandes ofendidos que proyectaban sus inseguridades a partes iguales sobre la sociedad que les rodea y sobre sí mismos. Sin duda inteligentes. Sin duda, mucho menos de lo que pensaban. Pero hay algo cierto: aunque dignos de cierta piedad, ninguno de aquellos me pareció nunca especialmente gracioso. Reilly, en su delirante verborrea de vodevil tragicómico, arrastra al lector en innumerables ocasiones hasta la carcajada. Es esta una novela descacharrante, a la par que misericorde, triste incluso. A lo largo de ella, nuestro antihéroe se verá acosado por toda una galería de singulares individuos que tienen en el orondo protagonista su vínculo común; intérpretes en una trama elaborada con precisión de relojero y que darán forma a un sorprendente fresco de la clase media norteamericana, con sus filias, fobias e incongruencias varias. Todo un réquiem a los años 70 que Toole elabora con grandes dosis de ironía.

Tras la última página, al final queda esa sensación de haberse reído mucho, aburrido sólo a ratos, y compadecido sin remedio a sus actores.




Madame Bovary
Gustave Flaubert, 1857
Editorial: Siruela
Traducción: Mauro Armiño

Hay una sensación de universalidad en el drama que protagoniza Emma Bovary de una precisión tal, como para hacer al lector hundirse en una profunda sensación de empatía, lástima y desazón.

Es este un libro sobre muchas cosas; una sátira de las pretensiones burguesas de las clases de provincias, una descripción realista de la sociedad normanda... pero, sobre todo, es un libro de amor. O más bien, sobre cómo nos enamoramos de la idea del amor. Tan cerca de Anna Karénina como de Don Quijote, el inconformismo de Emma aparece como el origen de toda fatalidad; la distancia insalvable que separa su realidad con la expectativa de una existencia más elevada, avivada por los bailes de salón, por los folletines románticos que devora. Es precisamente de esos anhelos de romanticismo de los que Flaubert se ríe cruelmente, de su decidido empeño para escapar de esa existencia que cree mediocre: atrapada en una vida que observa cómo se esculpe sobre la piedra de lo mundano, aburrida y servil. Obsesionada con el sentimiento de la sublimación, de la pasión como vehículo para evadir su tedio, Emma acaba mezclando sus deseos con el egoísmo, la fantasía y, finalmente, la profunda decepción ante el género humano. Su condición de madre le es ajena, y el sexo adúltero no resulta un fin, sino el medio para conseguir saciar su idea del amor. Pero ésta no puede materializarse. No existe salvo en su cabeza.

Y Flaubert escribe tan bien, es de una delicadeza tan milimétrica, que nos hace sentir a todos los demás un poco Emma. En algún instante, en un suspiro, veleidad o queja; llanto o risa, veremos algo de Madame Bovary en nosotros mismos, en los demás. Y aún con esa tendencia a lo minucioso, aún con esa parsimonia en la narración, nada puede evitar leer las últimas 100 páginas de una sentada.

Poco hay de moralizante aquí, sólo una perfecta descripción de la triste existencia.

13.9.24

Diario XXII



El último encuentro 
Sándor Márai, 1942 
Editorial: Salamandra 
Traducción: Judit Xantus Szarvas

No es raro que me dé por asignar a cada libro que leo su propio recorrido, una suerte de relato paralelo que queda adscrito a su materialidad. A veces, esos recorridos llevan el nombre de los lugares que habito mientras los leo, pero en muchas ocasiones están protagonizados por personas, épocas, o incluso por las dolencias del cuerpo y el alma que atraviesan esos momentos.

En este caso particular, el maltrato evidente de las cubiertas y el ondulado de sus hojas recuerdan una granizada importante que cayó sobre las Montañas Rocosas, allá por Colorado en 2018. Fue un día en que aprendí que las mochilas Kanken, aunque preciosas, no son tan estancas como cabría esperar. Así que este libro, además de lo que cuenta en sus páginas, lleva consigo la memoria de ese viaje por Estados Unidos. Me recuerda también a dos personas: mi hermano, quien me acompañaba en esa aventura, y Marina, que fue quien me lo regaló. Tal es la historia que acompaña a este ejemplar; uno ya no puede separarlo de esas experiencias. El libro, el viaje, las personas, todo está enredado en la misma telaraña de recuerdos.

Y bueno, ahora sí, en cuanto al contenido... Diré que quizá, con solo un poquito más de contención, habría sido una obra maestra absoluta. Pero, ¿acaso importa? Con todas sus pequeñas imperfecciones, sigue siendo maravilloso. La prosa de Sándor Márai, tan elegante, es el vehículo perfecto para una reflexión profunda y delicada sobre la naturaleza de la amistad (o quizá el amor, si es que hay alguna diferencia sustancial entre ambos). Las pasiones que enlazan de manera irremediable a los seres humanos, para bien o para mal, encuentran en estas páginas su forma más pura, como si al leerlo uno desentrañara esos lazos invisibles que nos atan para siempre.

"Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes."

Así es. Y ese es el tipo de verdad que te sacude sin previo aviso. Porque al final, leer no solo se trata de descifrar palabras, sino de confrontar las preguntas más grandes, esas que no te dejan intacto.

Toma ya.




Departamento de especulaciones
Jenny Offill, 2016
Editorial: Libros del Asteroide
Traducción: Eduardo Jordá

Jenny Offill tiene verdadero talento; no hay otra explicación para que esta novela tremendamente fragmentada, repleta de intertextualidad y teorías científicas, no caiga de lleno en la impostura, en el achaque de modernez. Porque resulta todo lo contrario; es una prosa llena de vigor, llena de inteligencia, en la que ni una frase es gratuita. No le sobra nada, te llega todo.

Ninguno de esos kilos y kilos de sofisticación empañan la profunda humanidad de su autora: Esos destellos de vulnerabilidad, de dudas, de las pequeñas victorias y miedos cotidianos contenidos en frases brevísimas. Offill demuestra que no se necesitan ambiciosos despliegues léxicos para llegar al corazoncito. La economía de su lenguaje es lo que hace de esta obra algo tan precioso, tan lleno de vida.

Preciosa.




Stoner
John Williams, 1965
Editorial: Baile del sol
Traducción: Antonio Díez

Stoner resulta de tal modo fascinante, que al terminar su lectura uno no puede evitar pensar que escribir bien es, y sólo es, lo que hace John Williams aquí, y que realmente no hay otra manera de hacerlo tan perfectamente. Es, evidentemente, una sensación errónea, pero representativa del profundo impacto que provoca su lectura. Esta novela es algo así como la sublimación de lo minúsculo: el relato de una vida; una más en el inmenso mapa de almas de la existencia, con su contenido de dramas, anhelos, pequeñas victorias e ilusiones de felicidad (o tal vez la felicidad misma) y todo ello contado de forma magnífica, pasando del lirismo a la sobriedad con una facilidad pasmosa.

Al lector le inunda una especie de pesadumbre al pasar la última página, y la razón es muy clara: Stoner es una novela en la que subyace una enorme amargura, y el hecho de ésta se exponga de forma tan absolutamente natural, de que no parezca ni pretendida ni impostada, es aún más desalentador.

10.9.24

Diario XXI



Moby Dick 
Herman Melville, 1851 
Editorial: Sexto Piso 
Traducción: Andrés Barba

Esta edición de Sexto Piso, al margen de contar con una magnífica traducción por parte de Andrés Barba, presume a su vez de una acertadísima sinopsis en su contraportada; puede ser un detalle carente de importancia, pero nunca resulta sencillo tratar de sintetizar en unas pocas líneas un clásico entre los clásicos de la literatura como es Moby Dick.

Porque sí, esta es una obra intensa, desmesurada, polifónica, fascinante... una novela que por sus pretensiones y alcance aglutina no una, sino muchas otras novelas dentro de ella. En mi primera lectura de hace años recuerdo disfrutar esa parte que evoca su calidad de ensayo marítimo, un torrente de erudición que explora con minuciosidad la cetología, la vida a bordo de un navío del siglo XIX y la intrincada naturaleza de la industria ballenera. Para aquellos lectores que, como yo, se sienten atraídos por el océano y todo lo que lo rodea, es fácil sumergirse en su léxico técnico: gavias, estachas, cangrejas, botavaras y calafateados forman parte de ese universo. Sin embargo, en esta segunda lectura he descubierto con mayor profundidad el drama humano que vertebra la historia. Porque Moby Dick es, ante todo, una novela sacrílega y, por lo tanto, profundamente humanista. Ahab y su tripulación se embarcan en una odisea de proporciones míticas, que además funciona como un reflejo del nacimiento de una identidad cultural, o incluso nacional. No cabe duda de que esta es también una de las grandes novelas estadounidenses.

No es casual que el tema central —ese gran tema sin el cual, según Melville, no puede existir una gran obra— sea la industria ballenera. Esta fue una de las primeras actividades en las que Estados Unidos no solo destacó, sino que llegó a dominar a nivel mundial. Así, Moby Dick se convierte en un testimonio de su tiempo y lugar, pero su extraordinaria calidad literaria trasciende cualquier limitación geográfica o temporal, haciéndola universal. Hay pasajes de una belleza deslumbrante, numerosos momentos donde Melville alcanza una poesía inapelable. Y, por supuesto, nos regala uno de los comienzos más icónicos de la literatura: “Llamadme Ismael”.

Se ha escrito mucho sobre la poderosa simbología de Moby Dick, y no faltan las interpretaciones que la vinculan al mito de Prometeo o la conciben como un desafío del hombre hacia Dios. Sin embargo, la Ballena Blanca, en su materialidad imponente y majestuosa, contiene por sí misma una idea magnética y un poder fascinante, que se alza por encima de cualquier simbolismo teórico. Es la pura esencia de lo sublime: inabarcable, irresistible, y al mismo tiempo, terriblemente humana.



Levantad, carpinteros, la viga sobre el tejado y Seymour: una introducción
J.D. Salinger, 1963
Editorial: Alianza 
Traducción: Carmen Criado Fernández

“Tengo heridas en las manos de tocar a ciertas personas”

Por muy trillada que pueda parecer esta observación, resulta inevitable recalcarlo: los personajes que habitan los cuentos y novelas de Salinger no dejan a nadie indiferente; o los amas, o los odias.

Si los odias, no hay problema, puedes pasar página y seguir con otra lectura. Lo verdaderamente doloroso es amarlos y comprender, con el tiempo, que se trata de un amor condenado al fracaso, un amor no correspondido, porque Franny, Seymour y compañía son personas que siempre sentirás inalcanzables. Son figuras de una luminosidad casi insoportable, personajes cuya brillantez, tanto intelectual como emocional, acaba cegando a aquellos que se atrevan a acercarse demasiado.

En esta obra, compuesta por dos relatos, encontramos al Salinger más puro. El primero, Levantad, carpinteros, la viga del tejado, es una pieza de lucidez, lirismo y humor que fluye con una soltura que solo Jerome sabe manejar. ¿Es posible no imaginar a un resucitado Billy Wilder llevando esta historia a la pantalla? Su capacidad para entrelazar lo mundano con lo trascendental es simplemente magistral. En cambio, el segundo relato, Seymour: una introducción, es otro tipo de experiencia: exasperante, hermético, casi pedante de tal exceso de perspicacia. Pero lo curioso es que sigue siendo Salinger. Quizás, en este relato, simplemente decidió serlo en su forma más pura y deliberada.

Bueno, él que podía.




El corazón es un cazador solitario
Carson McCullers 1940
Editorial: Seix Barral
Traducción: Rosa María Bassols Camarasa

En 1940, una McCullers de 23 años publicaba El corazón es un cazador solitario; y yo no recordaba asistir a tamaño despliegue de candor humano y de dignidad desde Los Miserables de Victor Hugo, cuando la leía por primera vez en el 2018. 

La voz de McCullers es nítida, elevada; un relámpago silencioso de honestidad que ilumina con precisión la oscuridad que rodea a todas esas almas heridas por la vida misma. Su prosa tiene la capacidad de arrojar luz sobre el sufrimiento humano de una manera que resulta tanto conmovedora como universal.

A lo largo de estas maravillosas páginas, Carson nos presenta un amplio abanico de personajes, arrastrados no solo por la miseria y las pasiones, sino también por la fe y la esperanza. El genio narrativo de esta escritora estadounidense nos transporta a una pequeña ciudad industrial del sur de Estados Unidos, justo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Es aquí donde convergen temas tan diversos como el germen de la lucha por los derechos civiles, el despertar de la adolescencia, la homosexualidad y el implacable estigma de la soledad. McCullers aborda estos temas con una brillantez discreta, sin estridencias, dejando que sus personajes respiren y hablen por sí mismos.

La pluma de McCullers es una de esas raras que logran inmortalizar no solo un lugar y un tiempo, sino también el espíritu de una época. Su escritura destila una nostalgia tan poderosa que permanece en el lector mucho después de haber cerrado el libro. Un sentimiento colectivo que, imbuido en la nostalgia, anidará en el lector para no abandonarle. Sublime.




8.9.24

Diario XX



La felicidad conyugal 
Lev Tolstói, 1859 
Editorial: Acantilado 
Traducción: Selma Ancira

Es fácil imaginar la concepción de esta novela como una especie de preámbulo para los temas que Tostói recuperaría años más tarde en Anna Karénina y, de hecho, muchas de las sensaciones –tanto del lector como de los propios personajes– que inundan su lectura trasladan sus ecos a aquélla. La felicidad conyugal trata el ineludible asunto del amor en pareja, bien escrutado a través prisma cirujano de Tolstói; su prosa sobria, eficaz y concisa se aproxima sin ningún tipo de rodeos a las distintas fases de ese relato que es el matrimonio, a saber: la pasión inicial, el deterioro y posterior desengaño y, finalmente, la madurez y delicada mutación de ese amor conyugal en generosidad, resignación y estoicismo, todo ello personificado en el matrimonio de Masha y Serguéi.

La universalidad de los comportamientos que imprime en sus personajes el maestro ruso y su habilidad para traducirlos en brillantes diálogos y soliloquios, convierten el libro es un pequeño objeto melancólico, actual; de un poso amargo y saciante al tiempo. Como la vida misma.




Harriet
Elizabeth Jenkins, 1934 
Editorial: Alba 
Traducción: Catalina Martínez Muñoz

Harriet, una mujer de 32 años con graves trastornos de aprendizaje; adinerada y prácticamente bajo la tutela de su madre, se ve envuelta en una trama de intereses económicos urdida por una galería de personajes de inferior escalafón social. A partir de ahí, Jenkins desata el horror. Uno de esos silenciosos, alejado de cualquier truculencia gratuita; el aire malsano y, sobre todo, el excelente perfilado de los protagonistas es lo que hace de esta novela un poderoso antecedente de eso que ahora llamamos 'true crime'. La actitud criminal que les envuelve no parece avivada por mentes malvadas y calculadoras, muy al contrario, es espeluznante comprobar lo muy humanos que se muestran al alimentar sus lazos afectivos, o en su adhesión al arribismo más impúdico como si de un derecho natural se tratara. Elizabeth Jenkins, que por otro lado tiene un estilo depuradísimo, parece aceptar la mezquindad y la miseria moral como ingredientes inherentes al alma humana. La falta de aprensión y empatía como moneda de cambio.

Una maravilla que además engancha como si de un folletín barato se tratara. Bravo por Alba editorial, que no dejan de dar en el clavo con su colección Rara Avis.




Cara de pan
Sara Mesa, 2018
Editorial: Anagrama

Sara Mesa bordea el lirismo más desatado en esta historia protagonizada por dos 'desperdicios sociales', dos personas heridas y de escasa utilidad para este mundo sometido a la productividad en el que vivimos; el mismo mundo sórdido y cruel contra el que Mesa desliza su alegato. Y lo hace a través de una materia prima que en manos menos hábiles sería un completo desastre, un producto inverosímil. Pero esta autora no es cualquier autora: Sara es capaz de manejarse en esa ambición de baja intensidad que le permite hablar de bullying y de convenciones sociales; del tabú de las enfermedades mentales o de la masculinidad como germen de toda tara emocional, sin salirse de su relato íntimo, obsesivo y casi asfixiante. Como en Cicatriz, aquí hay algo de irrealidad, una sensación de que el espacio narrativo no está anclado cerca del lector, ni en tiempo ni en lugar. No sabemos en qué ciudad transcurre, no hay nombres propios convencionales o noticias de actualidad que nos transmitan indicaciones. Estamos solos ante una historia de soledad, incomprensión y marginación; solos ante esas vidas (futuras, pasadas) llenas de inconfesables oscuridades, para que acompañemos a los pájaros del parque como únicos testigos de una verdad difícil de hallar o asumir.

Cara de Pan puede que no sea tan adictiva como otras obras de la autora, pero sin duda es la que mejor demuestra su talento y carácter singular.


5.9.24

Diario XIX



Fahrenheit 451
Ray Bradbury, 1966
Editorial: Minotauro
Traducción: Francisco Abelenda

Leído de nuevo 25 años después, la impresión no puede ser la misma; ni el lector es aquel adolescente que devoraba toda la ciencia ficción que caía en sus manos, ni el mundo en el que vivía un lugar profundamente interconectado. Y en ese sentido, Fahrenheit 451 no sólo no ha envejecido, sino que su poder profético se ha elevado asombrosamente. 

La mayoría conocemos la historia de su protagonista Guy Montag, y del lugar que habita: ese futuro distópico donde los bomberos jamás apagaron fuego alguno, pues su trabajo es -y siempre fue- quemar libros; objetos totalmente vetados por una sociedad que sólo ve en ellos discordia, sufrimiento y disidencia intelectual. El infierno que describe Bradbury en su novela tiene aroma de S.XXI: pantallas gigantes ocupan las paredes de las casas, donde se despliega un constante bombardeo de música, noticias y entretenimiento a la carta de tal efectividad que los ciudadanos ya son incapaces de escucharse a sí mismos, mucho menos al prójimo. La sociedad esclavizada por el conformismo y la resignación, anulada en su capacidad de relacionarse afectivamente. Terrorífico. Real. Fahrenheit 451 sigue pareciéndome la mejor obra de su autor, pues engrana en sus escasas páginas una poderosísima visión futurista con el aliento poético de su prosa, todo ello espoleado por una idea magnífica de relato cuyo poder fascinador ha hecho de este librito clásico entre los clásicos.




Mujercitas
Louisa May Alcott, 1868
Editorial: Austral
Traducción: Gloria Méndez Seijido

Leer de nuevo el clásico de Alcott se antoja una cuestión imperativa, dadas las recientes ediciones que recuperan el texto íntegro, acompañadas en su mayoría por nuevas traducciones, —esfuerzo siempre de agradecer en novelas con cierta edad—. Y, por si eso fuera poco, la última adaptación a la gran pantalla, por eso de no visionarla sin tener el texto fresco. 

Dicho esto, y habiendo disfrutado tanto de las tribulaciones de las hermanas March, como es normal teniendo en cuenta su madera de jugadoras del rol a lo hermanas Brontë, no puedo sino maldecir hasta quedarme afónico a los editores y demás personajes que sometieron a May Alcott a presión suficiente como para modificar una historia para la que, a buen seguro, la escritora tenía preparado un final muy distinto. Es increíble que conversaciones absolutamente modernas como las que protagonizan Jo, Amy y Laurie, coherentes con el diseño de sus caracteres, den paso a semejante colección de relaciones “deus ex machina” con sobredosis de moralina. Indigna un poco.

Hace unos meses leí un artículo en que su autor defendía el importante papel de los editores, poniendo de ejemplo obras como 'Moby Dick' o 'Los Miserables', y cuánto habrían ganado con la tijera. Me pregunto qué pensará de ‘Mujercitas’. O no. El artículo me horrorizó.




La pasión según G.H.
Clarice Lispector, 1964
Editorial: Siruela
Traducción: Alberto Villalba Rodríguez

La pasión según G.H. es, probablemente, la novela más difícil a la que me he enfrentado en los últimos años. Tal es el reto que impone Lispector al lector con este relato, que resulta sencillo imaginar cualquier alusión a su contenido como un acto absolutamente prosaico y superficial, por no decir innecesario. ¿Qué se puede decir ante esta obra? Para empezar, se trata de una prosa altamente sensitiva; sensitiva a la manera de los jardines renacentistas, cuya razón de ser era estimular a través de olores y sonidos; paisajes y texturas. Aquí Lispector construye su jardín particular, no sé si como caos ordenado o con precisión de relojero, pero con el que sin duda logra hostigar los cinco sentidos hasta alcanzar cotas de profundo terror psicológico y angustia material. Bien podría alojarse entre estas páginas tanto la claustrofobia de Repulsión, como las mentes pensantes de Silent Hill. El soliloquio kafkiano de la protagonista es capaz de atraparte ferozmente para expulsarte de la narración acto seguido, en la siguiente página. Es así su complejidad.

La escritora juega constantemente con la dualidad: infierno y paraíso, sol y oscuridad, dentro y fuera, futuro y pasado... y su empeño de verbalizar lo indecible conduce exactamente a un imposible espacio intersticial que pudiese existir entre todos esos polos opuestos; lo que a su vez lleva hasta uno de los conceptos más recurrentes de la obra, 'lo neutro'. Y ahí cabe todo lo que pueda desear Clarice, que se muestra ambiciosa en cada uno de los embates que propone para dar forma al miedo y sus consecuencias más primitivas.

Ni para todo el mundo, ni para cualquier momento. Pero profundamente impactante.

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