5.8.25

Diario XXXVII





Pese a que no ha pasado tanto tiempo, me sorprende la relación que he establecido con el recuerdo de nuestro viaje a Japón. Pocas veces antes me había asaltado un sentimiento de añoranza tan agudo, tan cierto: la sensación abrumadora de haber dejado atrás un lugar al que, de algún modo, pertenece un fragmento de tu alma, por pequeño e irrisorio que sea. Y, como ocurre con todo sentimiento compartido, su verdad se intensifica hasta alcanzar una condición casi sagrada. Sí, mi mujer y yo descansábamos de igual modo nuestro espíritu sobre esa experiencia en el archipiélago, no solo porque fuera nuestra honeymoon. Lo hacíamos porque allí aprendimos y saboreamos aquello que, ahora lo entendemos, necesitábamos para existir y que ahora nos falta: el silencio, la amabilidad, el gesto pleno de significado. La convivencia. La Paz. Esta última, quizá nunca antes experimentada con tanta claridad. Tal vez una de las pruebas más sugestivas de esa ligereza del espíritu se reflejó en el ritmo lector que nos acompañó allí: es cierto que los largos trayectos en tren bala daban para mucho, pero la calma absoluta, la ausencia de distracciones más allá de la magnificencia del paisaje que asomaba por las pequeñas ventanas del Shinkansen, nos hizo devorar a los Mishima, Sōseki y Kawabata que llevábamos en las mochilas.



Lo cierto es que durante bastante tiempo evité esa sensibilidad literaria nipona que asociamos a la pausa, al talante contenido, a la contemplación. Y así ocurrió hasta que Yukio llegó a mi vida con El rumor del oleaje. No sé si era Mishima quien me hablaba con una voz a la que yo, erróneamente, asignaba una occidentalización, o si, al contrario, sus valores encontraron eco en un lector que había cambiado mucho, que sentía sus inquietudes renovadas por una serie de temas y principios que, ahora sí, le apelaban. No puedo desentrañar esta cuestión sin analizar los cambios que, desde 2017, se han operado en mí y que, entre otras cosas, han espoleado mi ritmo lector de una manera extraordinaria. Apartar el foco de todo aquello que me había distraído; de lo superfluo, de esa autocompasión que entendía que me debía a mí mismo, me permitió ahondar en aquello que merece el tiempo invertido y que, a la postre, no es un menú demasiado copioso: la integridad, la lealtad (los demás), el sentido de justicia. Es difícil construir principios morales de cierta altura sin la consecuente autoestima, el conocimiento y la pausa. Las vidas extra que concede la literatura hacen mucho por eso, y creo que era un entusiasmo de lo más placentero pasar las páginas de El pabellón de oro al tiempo que observaba su reflejo desde el otro lado del estanque, allí en Kioto. Mishima habla de un puñado de cosas que siempre son las mismas y que, por mucho que su sesgo ideológico sea peliagudo, no nos parece demasiado arriesgado coincidir en su nostalgia por ciertos valores olvidados, y que querríamos tener de vuelta. Comparto con él mi desprecio por la cobardía, por esa banalidad que nos empapa en este día a día. Y comparto, también, su obsesión por la culpa y la vergüenza, lo que me lleva a la lectura que más disfruté en mientras recorríamos el país del sol naciente: Kokoro, de Natsume Sōseki.



Kokoro 
Natsume Sōseki, 1914  
Editorial: Satori  
Traducción: Carlos Rubio

A menudo pienso en lo mucho que miramos hacia dentro, hacia ese yo que todo lo mancha y que, si tuviésemos siquiera una vaga idea, un mínimo conocimiento útil de lo que somos y cómo encajamos, seríamos mucho más felices interesándonos más por el modo en que nos relacionamos con el mundo, con el prójimo. Es uno de los temas que más frecuento en los últimos tiempos: el ego, la construcción del carácter, la forma del amor propio, la generosidad de quien ofrece su tiempo. Tiempo y dinero, que es casi lo mismo. Así es. Y en ese ofrecimiento desinteresado he situado las coordenadas de mi comportamiento. En Kokoro, esa tensión entre el yo y el otro, entre lo que damos y lo que ocultamos, se convierte en el eje de una historia que, bajo su apariencia contenida, vibra con una fuerza emocional difícil de olvidar.

No imagino una correcta existencia sin la culpa y vergüenza antes mencionadas: es difícil concebir cierto código sin ellas. Del perdón entiendo menos; es un constructo con el que me cuesta empatizar. Quizá el perdón sea, como podría pensar el sensei protagonista de Kokoro, una bagatela útil para los débiles de espíritu. O para quienes buscan olvidar sin comprender. También Jim, el héroe trágico de mi lectura más reciente, parece habitar esa misma frontera donde el perdón se vuelve imposible. Por eso siento que debo establecer algún tipo de conexión entre ambas lecturas.

Sensei vive bajo el peso de un pasado que condiciona cada gesto de su existencia. Sōseki lo presenta como un hombre marcado, alguien que ha elegido una vida retirada, con una desconfianza hacia los vínculos que parece imposible de reconducir. Su relación con el joven discípulo, narrador de buena parte de la historia, es casi un espejismo: parece tender un puente, pero en realidad prepara el escenario de su confesión final. Pese a todo, no es un acto de liberación, sino una sentencia. Al compartir su verdad, Sensei se destruye, porque en el universo moral que habita no hay perdón posible. Esa incapacidad de aceptarse, esa lealtad feroz a una culpa que se ha vuelto identidad, es lo que hace de Kokoro la lectura dolorosa que es. Por otro lado, con un estilo mucho más occidentalizado de lo que se pudiese pensar, y que la hermana con algunos clásicos europeos del S.XIX. Sensei, a través de su autor, me hace vislumbrar de manera clara el porqué de mi dificultad al lidiar con el yo de mi pasado, mi imposibilidad de tolerarlo. Y eso, entre otras tantas cosas, es lo que hizo la lectura de Lord Jim tan emocionante para mí: esa dificultad para reconciliarse con el error, con el defecto. Si en Kokoro el escenario es la intimidad contenida de un Japón en histórica transición, en Conrad el drama se despliega en océanos lejanos, en colonias remotas, en un mundo exótico que rezuma aventura, pero donde la oscuridad es poderosa y el ser humano, en el fondo, poco bienvenido. Jim, como Sensei, es un hombre marcado: su vida queda definida por un solo acto de cobardía, el abandono del Patna, y todo lo que viene después no es más que un intento de redimirse. Conrad construye una narración compleja, de múltiples voces, con ese Marlow que ya conocemos de El corazón de las tinieblas, y donde la figura de Jim se va tejiendo a partir de recuerdos, testimonios y silencios —tantos silencios—. En ambas novelas rebosa la misma pregunta: ¿puede un hombre perdonarse a sí mismo (y por tanto, construirse de nuevo) cuando ha fallado a aquello que consideraba sagrado? 





Lord Jim
Joseph Conrad
, 1900  
Editorial: Pre-textos 
Traducción: José Manuel Benítez Ariza

Quizá lo que une a Sensei y a Jim, más allá de los océanos y las épocas, es que ambos se asoman demasiado hacia el abismo de sus almas. Sus vidas están dominadas por una conciencia que no les concede respiro, por un yo que se convierte en cárcel. Me pregunto si esa mirada tan interior, tan cerrada sobre sí, no es en realidad lo que nos aparta de lo esencial: del otro. Y en ambas novelas tenemos muchos de esos otros, que se quedarán.

En fin, que no sé si uno debe buscar la paz a cualquier precio. Habría que preguntarle a los habitantes de ese país ficticio que es Patusan, donde Tuan Jim decide redimirse, de un modo u otro. En cualquier caso, qué dos libros. Qué obras maravillosas. Qué perfecto viaje.





 

29.7.25

Diario XXXVI

Si algo me sorprende al mirar atrás es comprobar que, de un tiempo a esta parte, las cosas me han ido bien. Más que bien, incluso. No lo contaba como posible: durante muchos años se impuso en mí la visión de un fracaso personal, la sensación de que la vida sería siempre esa mala racha. Hubo pequeños triunfos, sí, pero parecían aislados, casi anecdóticos. No lo sabía entonces, por supuesto, pero lo que hacían es dibujar un mapa. Pienso en este poema de Peri Rossi:

Las pocas veces
que he sido feliz
he tenido profundo miedo
      ¿cómo iba a pagar la factura?

     Solo los insensatos
—o los no nacidos—
    son felices sin temor.

Hoy, escasamente insensato, y si acaso temeroso de perder lo muchísimo que tengo. Supongo que es inevitable. Esta época ha estado repleta de la más profunda dicha y, de alguna manera, las circunstancias me empujan a analizar qué ha ocurrido. Acostumbrado como estoy a estratificar la vida, segmentarla, nombrarla para hacerla existir, me veo en el ya lejano 2012 como en una construcción que no sabía bien hacia dónde se dirigía, con qué materiales se sostenía, ni si resistiría el probable desmoronamiento. No fue así.

Sin saberlo, fui colocando cada piedra con torpeza y una determinación que entonces no reconocía. Los años difíciles se diluyeron en pasos que no parecían tener destino, pero me alejaban de aquel yo a lo Lord Jim de Conrad. Vuelvo a verlos de lejos: viajes, ciudades, encuentros, y también la certeza que vino después, cuando aprobé la oposición y descubrí, casi con asombro, que era funcionario de carrera. Ese suelo firme, silencioso pero crucial, me permitió construir todo lo demás. O, quizás, ese éxito fue el resultado de una inesperada resiliencia. Y ocurrió lo improbable: el trabajo dejó de ser solo trabajo, la docencia se volvió lugar de crecimiento. Que yo diseñara un máster oficial y acabara coordinándolo en la misma EASD donde años atrás fui estudiante sigue pareciéndome un pequeño milagro. Más aún sentir el respeto y el afecto de quienes me han acompañado; alumnado, profesorado… como si en esas aulas se hubiera tejido una red invisible que sostiene también a quien la lanzó.



Ahora, al cerrar esta etapa y prepararme para abrir otra en EASD Alcoi, siento una mezcla de vértigo y gratitud. Vuelvo a estar en tránsito, como entonces, pero ahora con certezas. Allí no tendré que montar un Club de Lectura: ya lo hay.  

Todo esto para mencionar que este curso he tenido una alumna chilena que me conmovió. Hay personas que, sin proponérselo, te recuerdan por qué haces lo que haces. Le recomendé a Nona Fernández, también chilena, y verla iluminarse con esos libros fue como devolver algo de todo lo que yo recibí en mi propio camino: Recordar la sed habla de los fantasmas de una dictadura que siguen bebiendo del presente, como heridas que nunca cierran. Space Invaders reconstruye la memoria desde voces adolescentes, con la fragilidad y el espanto de lo que se recuerda a medias. Chilean Electric rescata una historia mínima, casi una anécdota, para convertirla en la radiografía poética de un país entero. Nona es de mis autoras latinoamericanas favoritas, y eso es mucho decir por la cantidad y calidad de lo que se escribe allí últimamente. Tiene un estilo que rezuma inteligencia, contención y poesía, algo que la vuelve única. Su obsesión por la memoria me apela, me hace vibrar.



En breve comenzaremos la mudanza. Una más, sí. Pero siempre con el gusto sereno que proporcionan la verdad y el sosiego. La paz, en resumidas cuentas.

27.7.25

Diario XXXV




Noches blancas  

Fiódor Dostoievski, 1848  
Editorial: Nórdica  
Traducción: Marta Sánchez-Nieves

Si emprendo un ejercicio de nostalgia —algo que, de un tiempo a esta parte, encuentro poco estimulante— y trato de señalar la lectura que considero fundacional en mi imaginario, una de las candidatas indiscutibles sería Noches Blancas, de Dostoyevski. Leída en varias ocasiones desde la adolescencia, degustadas diversas traducciones y ediciones, regalada otras tantas, conforma para mí un microcosmos literario que, en distintos momentos de mi vida, fue necesario preservar para dar a luz otras filias que me han acompañado: los autores rusos en general, y especialmente los tótems del XIX; la novela confesional, la tendencia al drama y la tragedia de baja intensidad, el autoexamen, el autoanálisis, el auto-lo-que-sea… y, por fortuna, el crecimiento personal.

Era inevitable, por todo ello, que en su momento me hiciese con la hermosa edición de Nórdica: bellamente ilustrada, traducida con rigor directamente del ruso. Me provocaba cierto sentimiento de infidelidad hacia las ediciones que siempre fueron “las mías”, las de Alianza y Bruguera. Pero no lo viví como una deslealtad, sino como la consecuencia lógica de mi espíritu completista. Sin embargo, a la feliz emoción de descubrir, por fin, esta reivindicación cumplida, se suma ahora un fastidio inesperado y reciente. Hace unas semanas, observé en la portada de la edición de Nórdica uno de esos inefables sellos que anuncian el éxito en ventas: 16ª edición. Bien. Pero, en los tiempos que corren, el éxito no se mide solo en ejemplares despachados. Hay, tras ese éxito, un ingente número de booktubers que la exhiben como el rescate literario del siglo. No es difícil imaginar mi incomodidad: la que se siente cuando manosean tu vaca sagrada, antaño reservada a los creyentes y elegidos. Reconozco que soy víctima de mis propios prejuicios —los admito, aunque no los subsano—, pero ahí están.

Es fácil comprender por qué Noches Blancas encaja en el constructo de las redes sociales: es un relato corto, clásico pero asequible, hermoso, actual a su manera, con ese punto de tragedia, paroxismo y afectación que lo vuelve inolvidable. Así me lo pareció en la relectura que le dediqué hace un par de años. Por fortuna, yo ya no soy el mismo que entonces. Por fortuna también, Noches Blancas sí lo es.  

14.4.25

Diario XXXIV

Fue delante de una de mis alumnas de TFG cuando me asaltó, de manera clara y prístina, una verdad de esas que seguramente no se revela a la mayoría: estaba donde quería estar, haciendo lo que siempre había deseado. El fogonazo, que duró algo más que un momento, no interrumpió la sucesión de folios, croquis, reflexiones y propuestas a las que dan lugar estas tutorías.

Al día siguiente, otra alumna acudía con un libro bajo el brazo, una suerte de ensayo que no me llamó especialmente la atención, pero que dio pie a conversar unos minutos sobre lectura. Me confesó que, de un tiempo a esta parte, está obsesionada con un tema: la muerte. Y, claro, yo me vengo muy arriba, como si hubiese algo que no esté atravesado por ella. A pesar de que la narrativa no es su género favorito, me permití recomendarle algunas de esas que jamás me dejaron en paz. Nada original: La muerte de Iván Ilich. Los rusos, siempre tan existencialistas. Y El extranjero, porque es difícil olvidar su comienzo. Y Pedro Páramo. Por todo.




La muerte de Iván Ilich
Lev Tolstói, 1886
Editorial: Nórdica
Traducción: Víctor Gallego

Leer a los rusos decimonónicos tiene algo de masoquismo. Salvando las distancias, no creo que los principios que me han llevado a su repetida degustación existan en coordenadas muy lejanas de los que me llevan a leer a King, Lovecraft o Clive Barker. Ese gran análisis psicológico al que siempre se alude cuando se habla de Tolstói o Dostoievski es de trago amargo. Tal vez La muerte de Iván Ilich no contenga la angustia exacerbada de Memorias del subsuelo, por decir algo, pero vaya tela. Porque aquí hay algo más cadencioso, letárgico, contundente. La crónica es tan aguda y exacta como la que debe vivir un desahuciado terminal en cuidados paliativos. No encontraremos luces de neón ni sábanas azules, pero el olor a hospital parece inundar la sucesión de revelaciones que, pasito a pasito, conducen al final inexorable. Y a nuestro Iván, la muerte le encuentra solo, asustado, aferrado a una vida falsa. Le da tiempo, eso sí, a fantasear sobre cómo podría haberla vivido. Y para qué, dirán. En fin, una agonía perfecta.





Pedro Páramo
Juan Rulfo, 1955
Editorial: RM

Fui a Comala a buscar a mi padre. Y yo a Sevilla, a hacerme con esta edición que, a la sazón, no era fácil de encontrar. Me da gozo pensar en la historia que lleva imbuida cada libro de mi biblioteca, y no olvido que fue en compañía de mi amiga Marina, y en ese sitio maravilloso que es la librería Caótica (y que pide apoyo para seguir con vida), donde di con la muerte convertida en territorio. Sí. En Pedro Páramo, la guadaña ha ganado. La novela no tiene muertos: está hecha de muertos. Comala es un pueblo sin presente, sin futuro, un purgatorio polvoriento donde la memoria se descompone. Rulfo nos invita a convivir con las voces de ultratumba. No hay moraleja, solo el lamento genealógico. Y esto qué fácil es decirlo ahora. En su momento, su lectura tan solo dejó en mí el hálito de lo deslumbrante, la infalible sensación de saberse ante una maravilla, pues apenas arañé la superficie de su significado. Al tiempo que volteaba su última hoja, lo comencé de nuevo. No hay otro modo de atravesar Comala de parte a parte.





El extranjero
Albert Camus, 1942
Editorial: Random House
Traducción: Amaya García Gallego

No había acabado la Segunda Guerra Mundial cuando Camus escribe esta especie de manifiesto existencialista, y qué bien anticipa el desarraigo del hombre al que daría lugar semejante tragedia. Su indolencia. Su expulsión del paraíso. "Ese personaje escéptico y desapasionado que ha abandonado su condición de sujeto autónomo". No es el asesinato absurdo de aquel árabe en la playa, bajo un sol aplastante, lo que deja tocado. Es otra cosa. Es ese desapego tan radical, tan brutal, que Meursault tiene con el mundo. Su indiferencia frente a la muerte de su madre. Frente al amor, o frente al crimen. El final es tremendo: Meursault, ya condenado, acepta su destino. Pero no lo hace con resignación, ni con esperanza. Lo acepta como quien acepta que el mar es salado.  El caso es que sentí cierta identificación con el personaje. Y eso no deja de dar algo de miedo.  

20.3.25

Diario XXXIII




El que susurra en la oscuridad y otros relatos del ciclo blasfemo de Cthulhu 
H.P. Lovecraft, 1926 - 1935 
Editorial: Valdemar 
Traducción: Francisco Torres Oliver, Juan Antonio Molina Foix

En mi firme empeño por finiquitar la relectura de las obras completas de Howard Phillips Lovecraft, incluidas sus colaboraciones y textos más periféricos, pocos acontecimientos me parecen más coherentes que ser asaltado, quizá por vez primera, por sueños intensos en los que la cosmogonía del autor de Providence se erige como protagonista o, al menos, en los que sus escenarios más recurrentes se insinúan con una inquietante fidelidad. Dada la importancia que tenía la actividad onírica en la facturación de muchos de sus relatos, me parece importante apuntar esta cuestión, aunque no me despertase en mitad de la noche entre sudores fríos.

Mencionaba la relectura; no del todo cierto. No me importa admitir que, a mi edad, uno de los relatos fundamentales de su producción aún me era inédito. Hablo del que da nombre a esta antología: El que susurra en la oscuridad. El resto de historias que conforman este compacto volumen, excelentemente editado por Valdemar, son, en su mayoría, aquellas que consideramos imprescindibles los creyentes: La llamada de Cthulhu, El horror de Dunwich, Los sueños de la casa de la bruja… Los Mitos en su máxima expresión.

En mi recuerdo, la certeza de que pocas historias me habían inquietado tanto como La sombra sobre Innsmouth, también incluida en este negro librito de marras. Como si se tratara de un autorregalo largamente postergado, en busca de esa hedonista prolongación del instante en que se abre la puerta del placer, esta era la relectura a la que más aspiraba. En La sombra está todo: la visión materialista del terror, el bombardeo sensorial a través de la recargada retórica de Lovecraft, que arrasa con la vista, el olfato y el oído; la tensión perfectamente medida de los acontecimientos, la desesperanza y el miniaturismo de una especie—la nuestra—que no pinta gran cosa en los tejemanejes del universo.

Sí, sigue siendo un cuento inolvidable. Pero donde antes solo quedaba la inquietud, ahora vislumbro con prístina claridad otra de sus virtudes, tantas veces negada por la academia: su calidad como escritor, que es lo único que quiso ser. Outsider de tomo y lomo, quizá su estilo fue una de sus múltiples autoafirmaciones, un manifiesto contra el mundo y contra la vida, del que siempre se enorgulleció (del manifiesto, no de nuestra especie).

En El susurrador en la oscuridad, por otro lado, lo que realmente me vuela la cabeza—una vez más—es su capacidad para dar a luz todo un vocabulario visual sin apenas comparación entre sus coetáneos o predecesores; ese asombro tecnológico que se engarza con precisión en el puro body horror marca de la casa. Un genio, sin más.

Un volumen excelente para darse de bruces por primera vez con el bueno de Howard, aunque la traducción de Juan Antonio Molina Foix me deja algo frío. En ese sentido, sigo considerando insuperable la labor de Alianza Editorial con su antología Los Mitos de Cthulhu y el inmenso trabajo del recientemente fallecido Rafael Llopis. Lástima que la calidad de sus cubiertas difícilmente permita que sus ediciones sobrevivan hasta el resurgimiento de R’lyeh.






La familia 
Sara Mesa, 2022  
Editorial: Anagrama 

Que en esta casa se venera a Sara Mesa lo sabe hasta el tato, lo que hace aún más sorprendente que este librito haya estado tanto tiempo esperando en la estantería. La propia autora, con la publicación reciente de La oposición, nos ha metido prisa. Así que tocaba.

La familia: ese constructo, concepto, penitencia… escrutado por la mirada de quien considero una de las mejores autoras españolas vivas. Ahí es nada. Sé que mi objetividad salta por los aires en cuanto me declaro un auténtico admirador ya no solo de su literatura, sino de su persona: su carácter, su altura moral, su postura granítica, ajena al ruido y al afán presuntuoso. Vamos, que bendito el día que Cicatriz cayó en mis manos.

Dicho esto, y aunque La familia es un placer por lo que dice y por cómo lo dice, deja un regusto de obra inconclusa, de retrato incendiario a medias. Pienso en las imágenes que me han dejado Gornick, De Vigan, Gaite… y no puedo evitar imaginar el voltaje emocional que habría alcanzado esta materia prima en manos de una autora que domina con tanta precisión el sórdido cariz de los espacios y las almas. Pero aquí todo son conatos de un clímax que no termina de llegar. Más sutil, sí. Más contenido, tal vez. Pero a mí —insaciable crónico de su obra— me ha sabido a poco. Lo he leído con interés, incluso con placer, pero no con esa perturbación lúcida que suele dejar Mesa. Es un retrato que promete desgarro, y tal vez se queda en esbozo. 

En nada, eso sí, leeremos Oposición.

23.2.25

Diario XXXII



Drácula
Bram Stoker, 1897 
Editorial: Valdemar
Traducción: Óscar Palmer

Es curioso cómo un libro puede ser por un lado canon, un pilar fundacional del género de terror y, por otro, una obra ambigua y contradictoria hasta la extenuación. (¿la obra o el propio Stoker?). Si se trata de una fábula moral sobre el bien y el mal, o una manifestación de los miedos victorianos; de una historia de dominación y deseo reprimido, o incluso de una advertencia contra el colonialismo, lo cierto es que me interesa muy levemente: las sobreinterpretaciones sesudas de la academia me dan cierta pereza. Por otro lado, sí me fascinan dos cuestiones que no necesitan de deliberación alguna para mostrarse como lo que son: magníficos hallazgos. 

La primera de ellas es su estructura: epistolar, coral, construida a base de diarios, cartas, telegramas y recortes de periódico, que se encadenan para reconstruir la presencia ominosa del conde. Es de una frescura narrativa alucinante, que exige un lector activo, capaz de ensamblar las piezas de un rompecabezas de voces y perspectivas que a buen seguro esconden trampas y triquiñuelas varias. Resulta absolutamente moderno (si acaso de forma literal: la fascinación de Stoker por la tecnología no cesa a lo largo de las páginas: telégrafos, máquinas de escribir, fonógrafos, etc.), y esa modernidad debe conciliarse con el que considero su segundo gran logro: formalizar un goticismo clásico, depurado hasta el paroxismo. El escritor irlandés recurre a los tropos tradicionales del género: el castillo en ruinas, el forastero que se adentra en lo desconocido, las fuerzas del mal que acechan a una sociedad confiada en su propia racionalidad… Pero, a diferencia de Mary Shelley o Poe, que se movían en terrenos difusos entre la ciencia y lo sobrenatural, Stoker deja claro que el vampiro es real y que solo puede ser combatido con una combinación de fe y tecnología moderna. Y ahí es donde Drácula se convierte también en un producto de su tiempo: en la tensa coexistencia entre la tradición y el progreso científico de la época victoriana.

Ignoro si la novela de Stoker es conservadora o subversiva. Quizás, ambas cosas, y ninguna. En sus páginas, Eros choca de lleno con la moral victoriana; la sexualidad que supuran las mujeres víctimas del Conde parece encerrar en sí misma la reprobación, la censura de lo impúdico. Pero, leyéndolo hoy, me parece intuir un deleite, un placer velado que imbuye al lector y lo congracia con un autor que parecía disfrutarlo con hipócrita placer culpable. El mismo que el mío, supongo.





El marino que perdió la gracia del mar
Yukio Mishima, 1963
Editorial: Alianza
Traducción: Jesús Zulaika Goikoetxea

Hay libros que dejan un leve rastro, una impresión fugaz que pronto se diluye en la memoria. Y hay otros que golpean con tal fuerza que parecen incrustarse en el cerebro, volviendo a uno como una marea insistente. El marino que perdió la gracia del mar es de estos últimos. Su lectura me ha dejado en un estado de embriaguez literaria, extasiado por la precisión con la que Mishima logra unir belleza y horror, lirismo y violencia.

Desde sus primeras páginas, la novela establece un tono perturbador. No hay en ella estridencia ni dramatismo desmedido; al contrario, todo avanza con una calma engañosa, como si se tratase de una ceremonia cuidadosamente orquestada. Pero esa calma es solo una máscara. Bajo ella palpita la fatalidad, el peso de un destino ineludible. La historia de Ryuji, Fusako y Noboru no es solo el relato de un triángulo extraño, sino la representación de una lucha más profunda: la de la tradición contra la modernidad, la del heroísmo contra la domesticación, la de un Japón que cambió para siempre tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial.

Ryuji, el marino que durante años ha vivido con la convicción de que su vida está destinada a una grandeza trágica, encuentra en Fusako la tentación de la estabilidad. Pero el sueño de una vida burguesa, de un amor terrenal y concreto, no es más que una traición a su propio mito. Fusako, por su parte, es la encarnación de un Japón que ha abrazado la occidentalización sin reservas: dueña de un negocio de ropa importada y refinada, independiente, simboliza ese país que ha cambiado sus códigos y valores. Y en medio de ellos, Noboru, su hijo, cuya fascinación por la pureza y el sacrificio remite a la propia obsesión de Mishima. En él se condensa la inquietante mirada del autor: la admiración por la violencia como acto de restauración, la convicción de que solo la muerte preserva la esencia incorruptible de un ideal.

Mishima escribe con una precisión embriagadora. Su prosa es refinada hasta el extremo, pero nunca es fría; al contrario, cada descripción es un golpe sensorial; apela ahora al olfato, ahora al tacto o la vista. Lo más inquietante es cómo la belleza mitiga toda esa muda brutalidad. Incluso los momentos más perturbadores se nos presentan con elegancia, como si la violencia fuese, de algún modo, natural.

No volveré a Mishima de inmediato. Hay libros que necesitan reposo, que exigen distancia, tomar aliento. Pero ocurrirá. Porque pocas veces un autor logra capturar con tanta exactitud esa tensión entre lo efímero y lo eterno, entre la gloria y la ruina.

26.12.24

Diario XXXI



Triste tigre 
Neige Sinno, 2023 
Editorial: Anagrama 
Traducción: Neige Sinno

A lo largo del tiempo, impulsado quizá por una inclinación consciente hacia la categorización y la clasificación, he desarrollado una suerte de cartografía personal que organiza mis lecturas en función del impacto que ejercen sobre mí. Esta taxonomía literaria ha ido tomando forma con el transcurrir de los años, enraizada tanto en el ejercicio persistente de la lectura, como en periodos de aridez e introspección en los que apenas leo. De esta sistematización han emergido tres categorías fundamentales, ni excluyentes ni rígidas, que definen el modo en que ciertas obras logran acomodarse en mi fuero interno.

Triste tigre, de Neige Sinno, se inscribe en la tercera de estas categorías, aquella reservada a las obras que avivan en mí el deseo de escribir, que despiertan la necesidad de articular en palabras pensamientos íntimos, reflexiones difusas o relatos personales. La habilidad de Sinno para navegar entre la biografía confesional y el ensayo, tejiendo ambos géneros con una precisión notable, convierte su obra en un detonante inevitable de la empatía, interpelando al lector desde una honestidad desnuda que desarma y conmueve.

La autora reconstruye, desde la adultez y con una lucidez implacable, los abusos sexuales que sufrió durante casi una década a manos de su padrastro. Este relato se despliega desde la perspectiva de una Neige ahora madre, capaz de diseccionar las múltiples capas de su experiencia traumática, revelando las huellas indelebles que este abuso ha inscrito en su vida. Sinno aborda este proceso con el afán de desentrañar, a través del lenguaje, la manera en que se aprende a coexistir con el peso de una tragedia que se resiste a ser silenciada o superada, terminología que la propia autora no duda en despreciar.

Uno de los rasgos más notables de Triste tigre es su rechazo absoluto a la pornografía emocional o a los relatos de victimización exacerbada. Sinno rehúye tanto la autocomplacencia del sufrimiento como las narrativas de resiliencia que, en ocasiones, derivan hacia el pantanoso terreno de la autoayuda. Su prosa, despojada de sentimentalismos, resulta cruda e inteligente, transitando esa rara economía del lenguaje en la que aflora una cualidad poética sutil, deliciosa entre la amargura reinante. 

El texto, como les pasa a lo grandes textos, despliega interrogantes en lugar de ofrecer respuestas cerradas. Esta riqueza reflexiva se ve reforzada por la propia revisión continua que la autora hace de su testimonio, un ejercicio que revela tanto la fragilidad como la fortaleza inherentes al acto de recordar y narrar: no hay aquí certezas inamovibles. En su lugar, Sinno presenta una exploración sin concesiones de la monstruosidad humana, de esa dimensión oscura que rara vez se desvanece por completo. Puede que, en última instancia, es lo que pretenda la magnífica puesta en escena de la lucha entre subjetividad y objetividad de una escritora con semejante carga.




El desierto de los tártaros
Dino Buzzati , 1940
Editorial: Alianza
Traducción: Esther Benítez

A menudo, cuando reflexiono sobre lo que me aporta la lectura, concluyo que me permite vivir muchas vidas, más allá de esta que tengo: física, limitada y temporal; apenas un borrador. Es un motivo tópico y recurrente, pero a mí me sirve. Digo esto porque, seguramente, se trate de una razón íntimamente ligada a la naturaleza de la hermosa obra de Buzzati, una de esas que solemos calificar como especiales o evocadoras. Y es cierto: La atmósfera lisérgica de esos muros levantados en mitad de lejanas montañas, y las vidas monótonas que transcurren entre ellos, invitan a reflexionar sobre el tiempo mismo y la naturaleza de la espera. En cierto modo, la vida que se escapa entre los dedos del protagonista, Giovanni Drogo, es un aviso silencioso al lector: no dejes que la tuya se desvanezca.

Lectura profunda, triste; seguramente, inolvidable.




El infinito en un junco
Irene Vallejo , 2019
Editorial: Siruela

Siento mucha simpatía por Irene Vallejo, vaya por delante, por si acaso este aspecto condiciona mi objetividad al esgrimir una opinión de su libro.

Irene tiene ese carácter –y me detengo en él porque está impreso en cada página– que oscila entre la erudición desenvuelta y una afabilidad sincera. Es de esas profesoras de las que te encariñas porque ama lo que hace. Quizás por eso El infinito en un junco tiene esa pátina divulgativa y accesible, como si quisiera materializar una idea recurrente en muchas de las historias que narra: el conocimiento debe ser un bien democrático. O al menos, el acceso a él.

Lo que tenemos aquí no es exactamente un ensayo, ni un anecdotario, ni una autobiografía sobre la relación de Irene con los libros. Es todo eso a la vez, y ahí está su genialidad. Que lo mejor esté en la primera mitad me parece irrelevante cuando hablamos de un auténtico éxito de ventas en nuestra Españita. ¡Un libro que trata fundamentalmente sobre cultura clásica! A mí me parece un milagro. Que haya generado críticas en ciertos círculos ‘elitistas’ dice también mucho, pero ¿para qué dedicar líneas a un asunto tan mezquino como la envidia?

17.12.24

Diario XXX



Tetralogía Dos amigas 
La amiga estupenda
Un mal nombre
Las deudas del cuerpo
La niña perdida
Elena Ferrante, 2011, 2012, 2013, 2014
Editorial: Lumen
Traducción: Celia Filipetto Isicato

Siempre he considerado un pequeño logro acercarme a ciertos libros sin saber prácticamente nada de ellos. Ha sido el caso de La amiga estupenda, primera parte de esta tetralogía, y de la que intuía poco más que el relato de una amistad entre dos chicas. Pero, ¿en qué puede convertir eso la pluma de Ferrante? Una autora que ya me había ganado para su causa irremediablemente con Los días del abandono y, sobre todo, con La hija oscura. Aquí, además, se coloca en un tono neorrealista, como si antes de acometer las tribulaciones de Lenù y Lila se hubiese empapado del cine de Visconti y De Sica. Ferrante traza con detallismo el pequeño cosmos de un barrio napolitano de posguerra, un escenario sórdido y brutal, donde la violencia –directa, estructural y cultural– es omnipresente y apenas deja resquicio a la esperanza. Son precisamente los anhelos de las dos protagonistas, sus esfuerzos por sobreponerse a un entorno que las maniata, lo que dota de sentido a sus decisiones y a su amor propio. La escritora italiana no duda en deslizar un mensaje poderoso: el acceso a la educación y la cultura es una vía hacia la libertad individual.




Con Un mal nombre, el segundo volumen, la historia no solo mantiene su coherencia, sino que sus ambiciones se expanden sin aparente límite. Como ondas que crecen tras arrojar una piedra en el agua, la historia de Lenù y Lila reverbera en el lector, conquistándolo en cuerpo y alma. Este es, sin duda, el libro que más me ha emocionado de la tetralogía y quizá uno de los mejores que he leído en los últimos años. Bastante con esta subjetivísima opinión tiene que ver la profunda identificación que siento con su narradora; no precisamente en sus logros y triunfos, pues carezco del tesón del que hace gala. Más bien en sus fobias, inseguridades y oscuras reflexiones sobre la culpa, la valía de lo propio o la pérdida.. Hay libros de los que no se sale igual que como se entra; este es uno de ellos. Para empezar, porque sales llorando.




El tercer volumen, Las deudas del cuerpo, resulta al mismo tiempo el más político y el más melodramático de la serie. De repente la voz de Lenù adquiere de forma definitiva una autonomía respecto a todo lo que le rodea, y le sirve a Ferrante para sumergirse en todos aquellos temas que le interesan y que, de hecho, están presentes de una forma u otra en toda su obra; entre los que destacan principalmente la naturaleza de la maternidad y de las construcciones sociales. Por supuesto hay mucho más, pero tal vez mencionarlas significaría destripar la trama. Quizá no deslumbra tanto como la entrega anterior, pero sigue siendo sobresaliente. Ferrante te obliga a reflexionar, a emocionarte y a sostener el vértigo de una ficción que, a estas alturas, ya parece estar viva.

Y así llegamos al final, con La niña perdida; uno de esos libros que parecen saber todo sobre su lector. Leer no es vivir lo leído, pero se parece mucho. Llegar al último capítulo deja un cúmulo de sensaciones encontradas: plenitud, tristeza, un vacío que se instala en el pecho. Paladeé con placer el cierre de esta narración, aunque sentía la necesidad de que todo terminara, de que Lenù, Lila y el mundo que habitan encontraran algo parecido a la paz. Las doscientas últimas páginas son pólvora. Y cuando todo acaba, ¿qué queda? El deseo de olvidar para poder volver al principio. Y eso es lo mejor que puedo decir. Que se puede decir.






24.11.24

Diario XXIX



Eichmann en Jerusalén
Hanna Arendt, 1963
Editorial: Lumen
Traducción: Carlos Ribalta

Adolf Eichmann fue secuestrado por el Mossad 20 de mayo de 1960 y trasladado desde Argentina, donde había vivido oculto bajo el nombre de Ricardo Klement durante diez años, a Israel, para ser juzgado principalmente por los cargos de crímenes contra la humanidad, contra la paz y contra el pueblo judío. Fue ejecutado por ahorcamiento el 1 de junio de 1962.

Hasta aquí la información de la que, a grandes rasgos, tenía conocimiento. El juicio de Eichmann fue un acontecimiento internacional de primer orden por la forma en la que se había producido su secuestro y por estar centrada la acusación, a diferencia de los juicios de Núremberg, especialmente en el perjuicio hacia el pueblo judío. Adolf Eichmann había jugado un papel crucial en la ejecución de la llamada ‘solución final’, especialmente como responsable del transporte, y logística que conllevaba la deportación en masa a los guetos o campos de exterminio.

En mi imaginario, como en el de muchas otras personas, supongo, Eichmann era un villano más de las SS, a la altura de Heydrich, Himmler o Bormann. Sin embargo, y este es uno de los aspectos más relevantes de un ensayo de erudición y rigor sobresalientes, Hanna Arendt nos descubre a través de su investigación y análisis del juicio a un personaje gris, frustrado arribista meridianamente satisfecho de formar parte del gigantesco engranaje que era el sistema burocrático de la Alemania Nazi. Eichmann no muestra gran arrepentimiento por su labor, no puede: estaba recibiendo Órdenes de Estado, y no había mayor orgullo que cumplirlas con minuciosidad, disciplina y efectividad. No hay villano alguno tras el personaje; jamás había visto una ejecución delante de sus narices, mucho menos apretado un gatillo. La sistematización de la muerte (o del ‘reasentamiento’, un eufemismo muy usado por el Tercer Reich) dio lugar a una enorme distancia entre la ejecución de la ley y la aplicación física de ésta, donde reposar cómodamente cualquier dilema moral o escrúpulo.

Este ‘experto en temas judíos’ creyó hacer lo correcto en todo momento, e incluso se autodefine como uno de los principales sionistas (suya fue, al parecer, la idea de convertir Madagascar en la nueva Israel) que sencillamente fue víctima de sus superiores, que vieron en el gris funcionario un perfecto ejecutor.

Hanna Arendt recibió numerosas críticas a la publicación del libro porque parecía justificar la actuación de Eichmann al negarle su carácter ‘malvado’, sin embargo, y como afirma en el epílogo, “Eichmann era culpable, pero no por haber organizado ningún plan maestro, o por haber participado físicamente en la muerte de judíos, sino por no haberse opuesto a los crímenes y por haber colaborado eficientemente en el exterminio, incluso excediendo las órdenes de sus superiores directos.” Más virulentas fueron las acusaciones hacia Arendt por su reflexión al respecto del polémico papel que tuvieron los llamados ‘Consejos Judíos’ formados en los países ocupados por el eje para facilitar el control y la deportación masiva, sin los cuales los alemanes no lo habrían tenido tan fácil.

Ensayo interesantísimo de una mente brillante; imprescindible para obtener una visión más global de las particularidades que rodearon la ejecución de la ‘solución final’ en cada uno de los países europeos, y cómo reaccionó la sociedad en ellos ante tamaño horror.




El rumor del oleaje
Yukio Mishima, 1954
Editorial: Alianza
Traducción: Keiko Takahashi, Jordi Fibla Feito

Esta era, después de las experiencias con Murakami y Kawakami, la tercera oportunidad que le daba a la narrativa japonesa. Hasta ahora no había experimentado afinidad alguna con su sensibilidad de manera que, en cierto modo, esto era una cuestión de cabezonería propiciada por mi librera favorita, Marina, que me regaló esta novelita hace ya años, y que esperaba en la estantería su momento.

Y su momento ha llegado. Me apetecía algún tipo de historia de amor; así, sin más. Esta se supone que lo es. Además, sentía gran curiosidad por adentrarme en la narrativa de Yukio Mishima: ¿cómo trata el amor un escritor ultranacionalista, prácticamente un reaccionario, que acabó practicándose el seppuku ante la perspectiva de un Japón que perdía irremediablemente sus tradiciones? Pues de forma muy particular, con un tacto sorprendentemente sensible. Como un romántico inglés del S.XIX, Mishima sitúa la acción en un escenario natural de fuerza bruta, una pequeña isla japonesa de pescadores y buceadoras en la que el tiempo parece haberse detenido hace mucho. El ímpetu del oleaje obtiene su réplica en el carácter de los habitantes de esta isla, estoicos personajes cuyas vidas parecen estar talladas en roca. Y en las relaciones que se establecen entre esos personajes resultan tener una importancia mayúscula el valor, la fuerza, la integridad o el tesón, todos ellos rasgos capitales para el propio autor. Hay en la novela, de hecho, un deleite carnal; físico, que el propio Mishima reivindicaba a través de su mismo cuerpo.

Dicho todo esto y por extraño que parezca, es la ternura y el sosiego el regusto final tras la última página, y eso es todo un logro, teniendo en cuenta los mimbres. La he disfrutado.




El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad, 1899
Editorial: Austral
Traducción: Eduardo Jordà

Hará ahora un buen puñado de años, en bachiller, nuestro tutor nos leyó un pasaje de El corazón de las tinieblas, probablemente para realizar algún tipo de ejercicio artístico. Por aquel entonces yo tenía conocimiento de la existencia de la novela exclusivamente por la película de Coppola Apocalypse Now, que la adaptaba de forma libre. Intenté leerla después de aquello, pero desistí a las pocas páginas; tal vez fue la traducción, o encontré su narrativa compleja y enrevesada. Quizás simplemente no era el momento, ni yo el lector que soy ahora.

Hace un par de semanas ese mismo tutor, con el que nunca perdí la amistad, visitó la EASD con su grupo de bachillerato artístico, durante las jornadas que organizamos de puertas abiertas para dar a conocer nuestros estudios. Tuvimos oportunidad de charlar largo y tendido, y recordé esta anécdota. Concluimos en que cada libro tenía su momento, y que no siempre se llega en el adecuado a según qué lecturas.

Para esa segunda oportunidad que sabía le llegaría quise seleccionar bien la edición; esta de Austral Singular cuenta con una traducción del 2002 de Eduardo Jordà Forteza, que al parecer es muy notable. No sé, tampoco soy un experto en traducción, así que leí las primeras páginas y encontré la fluidez que otras veces estuvo ausente. Fluidez es un decir, vaya.

El libro es, para empezar a hablar de él ya, una pirueta formal; con narradores solapados, información implícita, profusas descripciones cada vez más oníricas e inmateriales y cualquier cosa de la que se puede valer su autor para descender a un espacio de pesadilla.

Conrad estuvo fuertemente influenciado por las brutalidades colonialistas de Leopoldo II de Bélgica en el Congo, y que él mismo presenció en primera persona. Esa experiencia toma el relato -el guion es algo que puede ser reducido a pocas líneas: el marinero Marlow es enviado por una compañía de comercio de marfil hacia la profundidad de la jungla y a través del río Congo; allí debe relevar a Kurtz, un hombre cuyos ‘métodos erróneos’ han puesto en peligro el buen nombre de la empresa, al tiempo que provocado la envidia de otros comerciantes que ni siquiera se acercan al volumen de marfil que Kurtz envía.- hasta sumergirlo en algo extraordinariamente moderno. De hecho, hay muchos menos cambios de los que creía en la adaptación de Coppola, con diálogos calcados y el alma del relato intacta. Ahora mismo no tengo problema en afirmar que me quedo con el libro, tal es el impacto.

Son muchos los fragmentos que he apuntado, dejo este último:

“Qué cosa más cómica es la vida, esa misteriosa combinación de lógica implacable para un propósito inútil. Lo máximo que uno puede esperar de ella es un cierto conocimiento de uno mismo (que siempre llega demasiado tarde) y una cosecha de inextinguibles remordimientos.”

27.10.24

Diario XXVIII



Agnes Grey
Anne Brontë, 1847
Editorial: Alba
Traducción: Menchu Gutiérrez

Agnes Grey no posee el tenebrismo desbocado de Cumbres Borrascosas, ni tampoco el fervor gótico de Jane Eyre. Incluso parece estar muy lejos del extraordinario logro que, entiendo, es la segunda novela de la pequeña Anne, La inquilina de Wildfell Hall. Pero lo cierto es que estas impresiones superficiales no significan gran cosa cuando se habla de las singulares hermanas de Yorkshire, cuya más mediocre producción sería la mejor de la inmensa mayoría. Además, las aventuras y desventuras de la institutriz protagonista no dejan de mostrar en ningún momento toda esa colección de virtudes que hicieron míticas a las Brontë: un sentido del ritmo innato, una gran sabiduría narrativa, y un perfecto dominio del lenguaje. Y esas sólo son las virtudes, digamos, mundanas: Es su elevadísima categoría humana, —que se mezcla en sus obras en una combinación imposible de espíritu de clase, romanticismo intelectual y evocación religiosa— lo que hace muy estimulante esta lectura epistolar de tan moderadas ambiciones y que, sin embargo, encierra la semilla de su siguiente novela, sorprendentemente subversiva.




Apuntes del subsuelo
Fiódor Dostoyevski , 1864
Editorial: Alianza
Traducción: Juan López-Morillas

Siempre se ha hablado de Dostoyevski como un perfecto conocedor de la psicología humana, de sus entresijos más oscuros y secretos; muy capaz de plasmarlos con toda su crudeza en las páginas de sus novelas. Apuntes del subsuelo no haría más que confirmar esa tesis, ya que se trata de una obra bien sobrada de crudeza y de otro tanto de psicología. Más aun, de inmolación. Y puesto que el bueno de Fiódor sabe muy bien cómo hurgar en la herida y de qué modo lo que cuenta es universal, cualquier atisbo de identificación con el turbio protagonista tiene como inevitable resultado una sensación de angustia en el lector, de desagradable desnudez.

De todos esos entresijos que gusta de analizar, es el miedo el favorito del autor ruso. Y es el miedo atávico que todo ser humano posee en su programación el que hace pasar de un primer discurso que hermana al narrador casi con aquel übermensch de Nietzsche, –con sus disertaciones sobre el libre albedrío o moral–, hasta la cima del patetismo y la mezquindad en la recta final. Sin duda la gestión de la injusticia y los miedos son un asunto complejo, pero en el caso de Apuntes del subsuelo, llevan al ser humano hasta límites insospechados. ¿Es nuestro narrador una prolongación del pérfido protagonista de El gato negro de Poe? La materia prima es la misma, eso seguro. Lectura incómoda donde las haya.




Ficciones
Jorge Luís Borges , 1944
Editorial: Debolsillo

La erudición de Borges pasa por elevar el libro a la categoría de símbolo absoluto, Alfa y Omega de todo aquello que es susceptible de considerarse eterno, y esa es sin duda una de las razones por las que hace de él objeto protagonista de la mayoría de los cuentos que componen estas ficciones. Pero no sólo el libro se eleva por encima de la propia vida, también el tiempo (¿como invención humana? ¿Como realidad ineludible y cambiante?) es excusa vehicular para trazar los laberintos lingüísticos que se suceden por obra y gracia del talento inconmensurable del autor argentino. A veces las exigencias altísimas de su pluma -que no parece hacer otra cosa sino divertirse con la palabra-, establecen una distancia acaso demasiado dilatada con el lector; pero en otras, la mayoría, una dedicada atención a lo que cuenta proporcionará la más sustanciosa de las recompensas: la recreación de mundos nuevos para un disfrute incomparable.

Mención especial para el inolvidable relato La biblioteca de Babel, que nos habla de un lugar donde habitan todos los libros escritos posibles, y que inspiró la biblioteca que imagina Eco para El nombre de la rosa.
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