12.12.21

Diario VII

     Quién podría envidiar el horario que me asignaron a principio de curso, especialmente en este primer cuatrimestre. Tardes ocupadas, desde las tres hasta las nueve de la noche, viernes inclusive. ‘A nadie le podría apetecer estar en el centro a esas horas, en la antesala de un fin de semana, pero lo que te puedo asegurar es absoluta tranquilidad’. Esto es lo que me decía Eli, precisamente la jefa del departamento de comunicación, al que dedico esas tres últimas horas de los viernes.

    Eli me cayó bien desde el principio.  Aunque le adivinaba unos pocos años más que yo, todo lo que proyectaba hacia el exterior dejaba la impronta de una edad mucho más joven; desde la modulación de su voz, hasta su vestimenta, pasando por la gestualidad, la energía vigorosa de su persona, y unos ojos claros en constante sonrisa. Por otro lado, y más allá de filias artísticas compartidas, supongo que el hecho de ser ambos nuevos en el lugar favorecía el establecimiento de una complicidad no declarada, pero aceptada por las dos partes. 

    Nada de esta cuestión es, a pesar de todo, especialmente reseñable. La afabilidad y la diplomacia son aspectos que no he dejado de cultivar a lo largo de los años, sin duda de gran ayuda a la hora de relacionarse con el departamento, el claustro mismo.

    En realidad, fue un detalle absolutamente nimio el que dotó el viernes pasado de un carácter extraordinario. Un viernes en el que, por unas u otras circunstancias, llevaba más de 10 horas en el centro. Igualmente, yo estaba decidido a cumplir el horario establecido hasta las 21h, tiempo restante que dedicaría a la preparación de algunos documentos relacionados con la redacción de un nuevo máster. Cuando llegué a la puerta del departamento a las 19:45, con mi llave en la mano, allí estaba ella saliendo del mismo y cerrándolo con la propia.

—¿¿A dónde se supone vas, P.??

—Aprovecharé para adelantar cosillas hasta las 21h.

    Muestra una sonrisa en sus ojos a medio camino entre la jocosidad y la ternura (las mascarillas así intensifican nuestras percepciones)

—P., no pienso dejarte entrar; llevas desde las 10 por aquí, y hoy es el viernes de un puente. Cierro esto a cal y canto.

    No tarda mucho en convencerme. Bajamos juntos, y en la puerta me agarra del brazo tiernamente, deseándome unos felices días libres.

    Ignoro qué recóndita fibra tocó con su amable gesto, pero en ese momento no quise otra cosa que ponerme a llorar y abrazarla. Por supuesto, mantuve la compostura, preguntándome más tarde hasta qué punto algún tipo de carencia de afecto me ha dejado desarmado ante muestras desinteresadas de este tipo. Que el amor materno me ha sido esquivo no es ningún secreto insondable; sin embargo, no es hasta la llegada de estas escenas inesperadas cuando se es capaz de atisbar el tamaño de un vacío tímidamente doloroso, sorprendentemente profundo. 


26.8.21

Diario VI

De nuevo Mariana Enríquez hablando con pasión, esta vez sobre Charlie Watts, y rescatándome de un letargo.


Lo cierto es que hubo una época en la que la música fue importante en mi vida; una filia protagonista, que casi pudiera hacerme pasar por melómano. Invertía yo, no hace tanto, mucho de mi tiempo y energías en descubrir nuevos álbumes, artistas y sonidos que merecieran un lugar en la discoteca. Esa misma discoteca de poco más o menos 300 discos (los he contado) ocupando un lugar privilegiado en la estantería junto a la biblioteca, pero sin contemplar movimiento alguno, si acaso alguna novedad testimonial. Así pues, la música ha sido relegada de forma natural; lentamente, pero sin pausa, a un vehículo destinado a ocupar espacios residuales de mi día a día. Ni siquiera el componente nostálgico que de forma inherente le otorgamos (componente que siempre le he negado; consideraba demasiado importante una buena canción como para que recuerdo alguno impidiese su escucha) tiene un valor perenne en estos momentos. El acto físico (buscar un álbum, abrirlo, introducir el disco en la minicadena, apretar el botón correspondiente) me inunda de cierta pereza; una liturgia cansada. Y esa otra forma de provisión auditiva que son las plataformas musicales en realidad siempre merecieron mi desconfianza. 


En el constructo de una persona adulta, el maravilloso descubrimiento de música como la que practican Sharon Van Etten o Lana del Rey pudiera parecer algo reciente, pequeñas concesiones a la juventud del alma. Pero a la primera la escuché en el año 2013, y la segunda en el 2012. Tengo suerte porque ambas siguen en la brecha, y son, como lo fue hace tanto Kurt Cobain, talentos innatos para la melodía. Pero si me diese por establecer cálculos más rigurosos, me atrevería a decir que esa pasión que me empujaba a incorporar músicas que paliaran el hambre de mis pabellones auditivos se apagó en el 2015. 


Y desde entonces poca cosa. Un puñado, quizás media docena de álbumes y otras tantas canciones que han incorporado durante este tiempo a mi imaginario, y que sólo la fortuna me ha permitido descubrir (una emisora, un hilo musical, un algoritmo con pretensiones).


No me siento mayor porque sencillamente lo soy; recuerdo con cierta ternura a una alumna de 2º de Bachillerato Artístico del 2019 que había decorado con pegatinas de Metallica o Iron Maiden su MacBook Air. Sentí un ataque de anacronismo, un estertor de nostálgica época pasada. No por ello mejor.


Dejaré constancia de ese puñadito de canciones que he agradecido descubrir. 



Canción inmensa de Cat Power; por increíble que parezca, de 1996.


Angel Olsen ha compuesto junto a Sharon Van Etten, está todo dicho.
 

No pensé que pudiera hacer algo mejor que 'Summertime sadness'. Por fortuna, me ha quitado la razón.


Hay días (no todos) en los que me parece, simplemente, la canción perfecta.


LP hace llorar, y eso es así.


De cuando Scout Niblett se despoja de su carácter enfurecido.


La voz de Phil Anselmo, qué regalo.


No sé cómo calificar esto. Eso es algo bueno, supongo.


30 años después de Nirvana, Sub Pop sigue descubriendo enormes músicos.


CHVRCHES, y este disco en particular, me parecen la mejor herencia de Depeche Mode nunca concebida. Lo que logran aquí en el 2:10 no es ni normal.


Ghost, al menos por cosas así. 


Parecido outfit que los anteriores, algo más viejunos. Por algún motivo, nunca les presté la debida atención hasta ahora.


Phoebe Bridgers es la primera persona en dignificar la trilladísima 'Nothing else matters' con su versión, eso es un mérito de aúpa.


Intento hacer memoria, pero no recuerdo escuchar gente más cabreada que este dúo gallego.


Prístino ejemplo de que más vale tarde que nunca. 


El crossover definitivo, mal que pese a las cansinas películas de Marvel. Me permito pegar la preciosa letra.

Will the marker stain the skin?
Stole the dress I saw you in
Now nothing comes to mind
Saw a life as override
One more session overdrive
The ceiling is the roof

Change address and draw a line
Show my friends the silver line
Call my family just to know they're there

Sleepin' in late like I used to
Crossing my fingers like I used to
Waiting inside like I used to
Avoiding big crowds like I used to

Crawl the field and let you in
Brand my heart I found you in
To say nothing's more apart
Will my lover be there, stay
Follow them to less the pain
The ceiling must be wrong

Well, my head's gone today
Sell my past for a way
To sing and have something left to say
Pray my hands, pray my voice
Give the reason, take away
Make believe an order for to stay

Lighting one up like I used to
Dancing all alone like I used to
Giving it up like I used to
Falling in love like I used to

Open my heart like I used to
Making out long like I used to
Holding hands openly, rights to
Taking what's mine like I used to




Y eso es todo. Al final no ha estado mal. 

10.1.21

Diario V

No es lo mismo huir que marcharse: El que huye siempre mira atrás mientras lo hace; el que se marcha, dejó de observar a su alrededor hace tiempo, incluso antes de partir; mantiene fija la vista en un espacio a medio camino entre el horizonte y su imaginación. Un lugar feliz, como lo es todo nuevo escenario. Pienso en ello; en paisajes cambiantes, luces inéditas, lenguajes crípticos. Tanto es el miedo paralizador de la incertidumbre cuando ésta nos escoge, que parece una sabia decisión agarrarla por las solapas con algo de antelación, alcanzarla de lleno y tal vez de ese modo transformar la huida en una suerte de marcha.  Leo a Eva Baltasar; escudriño las decisiones de Boulder, la protagonista que da nombre a su última novela. E identifico algo que puede parecer envidia; tal vez admiración. Ambas cosas. La valentía es un asunto muy seductor. Leo también a Dostoievski, Memorias del subsuelo, y trazo rápidamente lazos imaginarios entre ambos protagonistas; identifico el peso de sus decisiones, la fuerza que requieren, la enorme voluntad que exige hacerse dueños del futuro más próximo. Esa lucha interna de ambos personajes es agotadora, y deja incluso exhausto al lector. A mí. 


Es curioso, pero a veces no es otra cosa que puro miedo el sentimiento que espolea el coraje de una persona, y la empuja con vigor hacia el día siguiente. Decía Ángel González: 


Hay que ser muy valiente para vivir con miedo.

Contra lo que se cree comúnmente,

no es siempre el miedo asunto de cobardes.

Para vivir muerto de miedo,

hace falta, en efecto, muchísimo valor.


Hay poemas que persiguen, y este es uno de ellos. Tal vez perseguir no es la palabra; en ingles tendría más sentido: haunted by.

26.12.20

Diario IV

Hay un poema de Märta Tikkanen que dice así:


 A mi me fue fácil

al principio

bastaba con amar

Era bien fácil

amar

cuando una siempre había estado rodeada

de amor

y cuando había aprendido muy temprano

que el amor era lo más grande

y lo más alegre

y lo mejor que había


Mientras hubo amor

todo fue bien

Pero luego se convirtió en odio

y el odio estaba prohibido

cuando yo era pequeña


¿Cómo proceder

con un odio

que no puede existir?


No se dicen palabras feas

No se blasfema

No se pega

No se grita

No se dan portazos, desde luego

No se deja traslucir nada en la cara

No se tira ninguna cosa

naturalmente


Hay que tratar de ser verdaderamente amable

cuando se odia


Hay que tragarse el odio

comérselo

no manifestarlo

no admitir nunca su existencia


A mí no me fue fácil

odiar

pero lo fatal fue

no hacerlo.



De vez en cuando vuelve a mí, especialmente los últimos versos. Supongo que tampoco yo odié. Si eso fue fatal o no, lo ignoro. Pero es así; desde que recuerdo existe en mí una tendencia natural hacia el perdón implícito. Desde siempre un desconocimiento de sentimientos de rencor o venganza. No sé si ese rasgo tan catalán que es la abnegación, y que poseo en dosis masivas, tiene relación, o si esconde algún tipo de debilidad, una ausencia de amor propio.

Y ofensas hubo, igual que hubo daño. Rara vez perduraron mucho en el corazón; y en cualquier caso la edad me ha hecho apartar a todas aquellas compañías a las que ofrecí mi amistad, y cuya catadura moral era discutible, sino directamente personajes mezquinos, miserables. Mi desprecio hacia ellas nunca fue especialmente intenso ni acaparador, y la distancia impuesta colmó cualquier expectativa de satisfacción. Y aunque siempre disfrutase de esa condición tan humana que es olvidar lo malo, recordar lo bueno, el residuo acumulado a lo largo de la vida acaba desbordando.

Así que no odié, pero me puse a correr. Sólo tras mucho tiempo entendí que al someter a esfuerzos continuados mi cuerpo, éste era capaz de tolerar y canalizar la merma y una rabia que subyacía en el día a día. De repente, pero sin embargo de una forma natural y progresiva, salir a correr se convierte en un espacio propio y tan natural a mi persona, que me resulta extraño pensar que no lo he hecho toda mi vida. Hago cálculos con el kilometraje: ¿A dónde llegaría en un día? ¿en una semana? Esta he hecho unos 30 km., sería suficiente para ir de Tarragona a Reus, y luego volver. El que era mi cuerpo ya no está ahí, ha sido sustituido por otro que reconozco mío como si el anterior fuese un espacio impropio, una casa ajena. Y a cada zancada no se enterraba herida ni humillación alguna; se destruían bajo el peso de un orden nuevo.


Así que no odié, pero parece imposible que eso tenga ya importancia. 




23.11.20

Diario III

 No sólo he dejado de escribir poesía; tampoco la leo. En la estantería aguardan una docena de poemarios que, estoy seguro, encierran versos que valen la pena. Pero no estoy para ello. Hace ya tres años que me he entregado con naturalidad a la novela, y no parece que esa tendencia que se ha instalado en mi costumbre diaria vaya a remitir. Si esto es algo achacable a mi estado de ánimo o a la decepción que me han supuesto los entresijos del mundo poético, lo desconozco.


Pero, como si de melodías viejas, perfumes o sensaciones perdidas se tratara, a menudo vienen a mi cabeza casi de forma recurrente, versos sueltos, fragmentos, musicalidades poéticas que aprendí de memoria. Es la obra de Idea la que ocupa con más frecuencia esos conatos recitativos, y no es para nada extraño; ha sido la poeta que con más frecuencia he leído, y cuya naturaleza he sentido más afín a mi circunstancia. 



Todo es tuyo

por ti

va a tu mano tu oído tu mirada

iba

fue

siempre fue

te busca te buscaba

te buscó antes

siempre

desde la misma noche

en que fui concebida.

 

Te lloraba al nacer

te aprendía en la escuela

te amaba en los amores de entonces

y en los otros.

 

Después

todas las cosas

los amigos los libros los fracasos

la angustia los veranos las tareas

enfermedades ocios confidencias

todo estaba marcado

todo iba

encaminado

ciego

rendido

hacia el lugar

donde ibas a pasar

para que lo encontraras

para que lo pisaras.


He vivido tanto tiempo con algunas autoras, que ya no existe asomo de fascinación, de brecha provocada por el impacto de la primera vez. Solo una familiaridad apacible. Por raro que parezca, a menudo me resultan más ajenos mis propios poemas que éstos. 


Hoy hace mucho frío en la oficina, y mi hermano vuela de nuevo a través del atlántico. 

19.11.20

Diario II

 



    Adoro a Mariana Enríquez. Era sencillo que así fuese, por otro lado.


    Fiel a mi carácter obsesivo, nada más acabar ‘Nuestra parte de noche’—puede que incluso faltando algunas páginas—, me empapé de sus entrevistas, ya fuese en radio o televisadas. Yo la veía responder a las preguntas que le formulaba la audiencia con ese semblante taciturno, esa cara de querer estar en cualquier otro lugar antes que promocionando ningún libro, y no hacía más que crecer mi admiración hacia ella. El flechazo definitivo y preciso al centro del corazón se produce cuando, hablando de esas, sus novelas preferidas, menciona a las Brontë. Entonces se arranca con una breve disertación sobre Jane Eyre, sobre lo que supuso para ella y aún supone ese magnífico personaje; ‘esa mujer de recursos que no es linda’, en palabras de la autora porteña. O ese Señor Rochester, consecuente con el perfil que las escritoras de Yorkshire hacían de los protagonistas masculinos; almas en pena destrozadas. Destruidas.

    Quise gritarle a la pantalla en la que estaba Mariana que sí, que yo la entendía y compartía ese amor, y que podemos si así lo desea hablar mucho rato, largo y tendido sobre Jane Eyre, o lo que quisiera. Que ojalá.

    Entonces supe que lo que sentía era también algo de envidia. Esa persona parecía infinitamente fiel a sus pasiones, a aquello que leyó cuando aún no había cumplido ni la mayoría de edad. ‘Aún los leo’, subrayó durante la entrevista.  Ese porte de integridad que alumbraba su discurso me hacía pensar en la ausencia del mío. En una incapacidad comunicadora que tal vez hallaba su origen la falta de costumbre, en la introspección por la que me ha guiado la circunstancia de mi vida. 

    Una de las cosas hermosas de la literatura es que suscita, de algún modo, el autoconocimiento. Sus valores, reflexiones o devenires hallan en el lector una réplica que no siempre creí que resultase intransferible. 

    La voz de Enríquez me quiere decir que estoy equivocado. Que puede no sea esta una sordera permanente.

11.11.20

Diario I



Hace ahora un año, falleció mi abuela. 

La única que en realidad he tenido. Iba a cumplir todo un siglo de vida en unos pocos meses pero, aún con todo, dejó en mí ese imborrable estigma de la pérdida inesperada, sorpresiva. Pasé muchas horas en aquella habitación doble de hospital; no porque se tratase de un deber, sino porque no deseaba estar en ningún otro lugar. Qué unidos estuvimos en esos últimos tiempos, tal vez porque era la única persona cercana que jamás me juzgó, o puede que porque el suyo era el más incondicional de los afectos; ese que sólo puede darse de abuelos a nietos. Mi abuela no dejaba de recordar el verano de 2009, cuando estuvimos solos en el pueblo durante casi un mes, cuando casi nos perdemos en los bosques que separan Cuenca de Valencia. Yo imaginaba, incluso en ese hospital, que aún quedaría espacio para otra de esas excursiones y que, ya que la vida le había permitido vivir lúcida, avispada e inteligente como había sido durante 100 años, por qué no debería permitírselo el cuerpo. No fue así, y lloré mucho por ello. Y aún lloro.

Sin embargo, no escribí. Un torpe poema semanas más tarde no es escribir. 'Nada tengo que decirle a la poesía', pienso a menudo. Y es cierto. Y porque tengo algo de respeto a todo lo que hace años pude reflejar mediante versos más o menos afortunados, considero que no es necesario subyugarse a ninguna imposición creativa. Menos aún con la pornografía emocional por excusa. Esos poemas escritos con cuentagotas durante los últimos años no han sido más que algún tipo de eco, de último estertor. No me preocupa que queden ahí.

Sí que hubiese querido dedicar algo hermoso a mi abuela, algo que reflejara todo el amor que subyacía en las visitas que le dedicaba cada semana, en las horas sentados juntos, hablando de sus recuerdos, adentrándome en su memoria siendo yo. Porque era cómodo ser yo mismo a su lado.

Pero me engaño, porque lo hermoso fueron aquellos gestos. La mano elevando el féretro. Unas flores frescas eclipsando la piedra gris.  

Nos abrazaremos de nuevo, tal vez sólo estemos de paso. 

17.4.20

Diario

   Es ahora, aquí en medio de una pandemia que no vivirás, delante del espejo donde ejercito mi cuerpo dolorido, que caigo en la cuenta de que llevaba más años de existencia contigo en mi vida, que fuera de ella. Y yo, que nunca he otorgado importancia a la antigüedad de una amistad cuando se trata de medir sus galones, me sorprendía ante semejante hecho, y rememoraba el día que te conocí, que fue el mismo en el que comenzamos 1º de bachillerato. Y aunque nada de aquella época me merezca apenas concesión alguna a la nostalgia, no puedo obviar el hecho de tu proximidad, de la categorización como amistad a la relación que nos tenia como protagonistas, a la mutua presencia en esos escenarios adolescentes que clavan con toda rotundidad su esencia (ruidos, aromas, sabores) en el córtex cerebral, y que oscilaban estacionalmente entre bares y conciertos, tugurios y partidas de rol, abrazos y risas. 

  Y sin embargo esa argamasa nuestra, a menudo granítica al fraguar, siempre echó en falta el elemento aglutinador por excelencia: la complicidad. En sustitución de ella, sin embargo, aparecía la inercia, que a ratos daba paso a esa extraña lealtad que me caracteriza, a un compromiso antiguo del que ya no recordaba los términos. No nos parecíamos; nuestras conversaciones apenas lograban tocarse cuando se individualizaban, una perplejidad primitiva levantada por tu tremendamente complejo carácter, me mantenía alejado. Y como las obras de un edificio de viviendas eternamente pausadas por la crisis del 2008, que dejan a la vista sus forjados de hormigón cual esqueleto; nuestra amistad, que hacía tiempo anunciaba su deceso, se resistía al derrumbe: ahí estaba; existía, seguía conservando la categoría. Inerte sin embargo, un pecio lleno de recuerdos compartidos. Pocas cosas resultan tan tristes como comprobar que nada tienes que decirte con otro ser humano, tras veinte años conociendo su nombre, compartiendo historia. 

  El pasado 24 de diciembre decidiste quitarte la vida. Mi penitencia parece ser la búsqueda de esa última conversación para reproducirla en mi cabeza, para representar un último acto de celebración que ya no tendrá lugar, entre dos viejos conocidos. Y la duda, la eterna duda en forma de pregunta: ¿tan sola estabas? 

 Hasta siempre, S.

2.12.19

99





Si lo pensaras bien dirías, como yo, que medir el tiempo 
es otra de esas cosas extrañas
que acostumbramos a hacer los humanos. 

Igual que dormir o besar, medir el tiempo así, 
en base al movimiento de los cuerpos celestes, 
de sus rotaciones, órbitas y transiciones
es algo bien raro, 
y bien bonito.

Puede ser que a veces recurramos a otras fórmulas
que también obnubilan con su ingenua magia; quiero decir, hacerlo, por ejemplo
celebrando la caída de los dientes de leche, 
a la espera de que crezcan
los que acompañan para los restos.
Hacerlo midiendo la distancia que separa los grandes amores,
esos de los que habló una vez Peri Rossi, hacerlo
desde la vida de nuestro perro o gato
por eso de sobrevivirles
y quedarnos tan solos.
De medir desde hace cuanto los padres
ya no son los papás.
Hace cuanto olvidaste una voz
y hace cuanto peleas por lo contrario.

Medir el tiempo parece natural e inevitable
aunque no sepa si en realidad significa
que echamos mucho de menos a los muertos. 

14.12.17

life sucks and then you die

ruth orkin, 1950





Estuve ahí también
en los viejos tiempos
en los ancianos
desdentados
y exiguos.

Y no fue más fácil entonces,
tan sólo
que era más profunda
la caricia
anegada de noches.
Tan sólo que entonces
la vida
no nos estaba arrebatando todo
excepto la palabra.

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